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La diáspora no necesita que le tengan pena (OPINION)

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La pena es la coartada perfecta del Estado que incumple. Nos tienen pena en diciembre, cuando montan el operativo de bienvenida en el aeropuerto con música, abrazos y cámaras. Nos tienen pena cuando el presidente viene a la 181 y promete un consulado «más humano». Nos tienen pena cuando nos llaman «héroes» por las remesas.

Pero la pena no paga abogados cuando te detiene ICE. La pena no repatria a los 150 engañados en Rusia. La pena no te devuelve los dos días de trabajo perdidos en la fila para sacar un acta que en Santo Domingo sale en cinco minutos.

La pena es inútil cuando se necesita Estado.

LA PENA ES CARIDAD, Y LA CARIDAD ES DISCRECIONAL

Lo que nos dan por pena, nos lo pueden quitar cuando quieran. Por eso hoy nos dan un operativo y mañana nos suben el precio del pasaporte sin explicación. Hoy nos ponen una alfombra roja en AILA y mañana nos cobran 120 dólares por un poder notarial que en el país cuesta 800 pesos.

La caridad depende del humor del cónsul, de la cercanía de las elecciones, del presupuesto que sobre. Es discrecional, es clientelar, es humillante.

El autor es periodista, jefe de redacción de Almomento.net. Reside en Nueva York.

Los derechos, no. Los derechos no se quitan. No dependen de si caemos bien o mal. Están escritos. Están en los artículos 15, 18, 39 y 75 de la Constitución dominicana. Dicen que la diáspora es parte esencial de la Nación. Dicen que no puede haber discriminación. Dicen que la nacionalidad no se pierde. No son negociables. No son un favor.

Durante décadas nos conformamos con la pena porque no conocíamos el texto. Ya lo conocemos.

LO QUE NECESITAMOS NO ES COMPASIÓN, ES CONTRATO

No necesitamos operativos, necesitamos servicios digitales. Que un acta de nacimiento, de matrimonio o de defunción no dependa de la caridad del cónsul de turno, sino de un clic, como lo hace cualquier país decente. Estonia, con 1.3 millones de habitantes, vota por internet desde hace 20 años. Nosotros, con 3 millones fuera, todavía obligamos a una madre soltera en El Bronx a perder dos días de trabajo para buscar un papel.

No necesitamos que nos llamen héroes, necesitamos que nos cobren lo justo. Que el Tribunal Constitucional anule de una vez la tarifa discriminatoria en los consulados. Un dominicano es un dominicano aquí y en Pekín. Mismo precio. La Constitución no dice «dominicano de primera en la isla y dominicano de segunda en el exterior». Dice dominicano. Punto. Cobrarnos el triple es inconstitucional, es abusivo y es un impuesto disfrazado a la nostalgia.

No necesitamos fotos en tarima, necesitamos protección real. Un Abogado del Dominicano en el Exterior, con presupuesto propio, con autonomía, con capacidad legal para demandar al propio Estado dominicano cuando nos deja abandonados. Que no sea una oficina más de la Cancillería, que sea un contrapeso. Que pueda litigar contra ICE, que pueda repatriar, que pueda acompañar a la familia del muchacho asesinado en Conchalí, al engañado en Moscú, a la mujer que durmió en la acera de la embajada en España.

SOMOS EL SOSTÉN, NO LA LIMOSNA

Que nadie se confunda. La diáspora no es pobre. Envió 10,400 millones de dólares el año pasado. Sostiene a un tercio del país. Paga la luz, la comida y la universidad de medio barrio. Sin esa remesa, no hay estabilidad cambiaria ni paz social. No somos una carga, somos el banco central de las familias.

La diáspora no es débil. Vota y ya aprendió a demandar. Aprendió en cortes extranjeras lo que no le enseñaron en su país: que el Estado se demanda y se le gana.

Lo que no necesita es pena.

Necesita que la Constitución que la declaró «parte esencial de la Nación» deje de ser un poema para los discursos del 27 de febrero y se convierta en una factura que el Estado tenga que pagar todos los días, en cada consulado, en cada clic y en cada derecho.

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