POR YANET GIRON
Hay una generación que no le ha fallado al sacrificio. Madruga, estudia y se forma con disciplina. En los barrios y comunidades vulnerables, muchos jóvenes han apostado al estudio como salida. Sin embargo, la respuesta que reciben es una espera larga. Una espera que, poco a poco, se convierte en silencio.
Hoy, tener un título ya no garantiza un empleo. Pero tampoco debería significar frustración constante. Lo preocupante es el estancamiento: puertas que no abren y procesos que no avanzan. Muchos jóvenes trabajan en áreas que no corresponden a lo que estudiaron. Y aun así, siguen intentando.
La desigualdad se hace evidente al comparar trayectorias. Algunos acceden a oportunidades sin haber recorrido ese camino de esfuerzo. Mientras otros, con preparación y disciplina, siguen tocando puertas. Esa realidad debilita la confianza. Y deja la sensación de que el mérito ya no es suficiente.
A esto se suma la presión del entorno. Familias que esperan resultados y una realidad económica que no da tregua. No es solo una lucha individual. Es una carga social que muchos jóvenes llevan en silencio. Aun así, no se rinden.
La juventud no está detenida, está resistiendo. Busca alternativas, emprende y se adapta. Pero también está cansada. Y ese cansancio se transforma en desencanto. Aun así, persiste.
No se trata de señalar culpables. Se trata de reconocer una realidad que afecta a muchos. Si el esfuerzo deja de ser una vía confiable, el país pierde. Porque cuando el talento espera demasiado, no se detiene. Simplemente, se va.
jpm
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