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Opinion

Juan Bosch rechazó uso banda presidencial 

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En sus siete meses como presidente de la República, Juan Bosch nunca usó en el país la banda presidencial y la única vez que se la ciñó, y a regañadientes, fue en ocasión de una visita oficial a México, su única al exterior como jefe de Estado.

La cinta fue confeccionada por los mejicanos porque Bosch debía figurar en un acto público junto al presidente Adolfo López Mateos y así lo exigía el protocolo azteca. Pero bajó a la tumba con ella puesta.

La banda fue traída por su esposa Carmen al regreso al país, quien luego la entregara a la señora Zaida de Lovatón, antes de la partida al exilio de Bosch, días después de su derrocamiento, el 25 de septiembre de 1963. “Doña Zaida guardó ese símbolo con respeto”, me dijo años después por carta  el arquitecto Mariano Sanz. ”Antes de morir nos (la) entregó a mi esposa y a mí para conservarla y usarla a nuestra discreción”.

Frente al palacio del Congreso: 27 de febrero de 1963

Sanz revela en su carta que antes de que Bosch muriera entregaron la banda a Diómedes Núñez, secretario del expresidente. “Posteriormente recordamos haberla visto colocada al pecho de don Juan en ocasión de su entierro”, añade la carta. El destino de esa banda, confeccionada a toda prisa por los mejicanos, permaneció sin conocerse durante 55 años.

Mientras se intensificaban las actividades en su contra, Bosch tomó la decisión de aceptar la invitación oficial para visitar México. Lo informó primero al embajador de Estados Unidos, John Bartlow Martin, que a la nación. El viaje tendría lugar a finales de la primera quincena de septiembre, entre el 13 y el 14.

Presiones

Martin le preguntó sobre las presiones que el general Miguel Atila Luna ejercía para que el Gobierno adquiriera en Gran Bretaña varios aviones a reacción Hawker Hunter, después que el Presidente le dijera que el jefe de la Fuerza Aérea iría con él en el viaje.

El embajador se oponía a la compra de esos aviones. Tal vez lo motivaran algunas razones. Pero en su libro “Overtaken by Events”, traducido al español con el título “El destino Dominicano”, él mismo confiesa que esa adquisición disminuiría la influencia de sus asesores militares en las Fuerzas Armadas. Bosch lucía inquieto cuando le confió a Martin que el general Luna le había dicho que los pilotos tenían “baja moral” debido a que necesitaban nuevos aparatos ante el envejecimiento de los Vampiros, que eran, con los antiguos P-51, Mustang, los aparatos más modernos de la Fuerza Aérea.

Según el embajador norteamericano, Bosch le habría dicho que desconfiaba de Luna, porque le creía un “negociante” y que pensaba hablar seriamente con él camino de México. Entonces le comentó que una inversión de cinco millones de dólares en Hawker Hunter podía tranquilizar a unos cuantos pilotos, pero siempre sería una mejor decisión utilizarlos en obras públicas, para dar trabajo a miles de desempleados.

Bosch habla en la toma de posesión

“Yo encontraba difícil el conseguir dinero de Washington (para el Gobierno) y el asunto de los Hawker Hunters no serviría de nada”, escribió Martin sobre esa entrevista con Bosch. “Si compraba aviones ingleses no tendría sentido que hubiese una misión importante norteamericana de la MAAG”.

Para entonces, Imbert, a quien Martin fue a ver inmediatamente después de su reunión con Bosch, prestaba creciente interés a las versiones de descontento entre los militares. Imbert, le dijo al embajador que el secretario de las Fuerzas Armadas, general Elvis Viñas, y el jefe del Ejército, Renato Hungría Morel, le habían dicho que era necesario quitarle el mando a Bosch. No se trataba propiamente de un golpe, sino neutralizarlo, despojarlo del poder real y convertirlo en una marioneta de los mandos castrenses.

Imbert, a la respuesta de que un golpe le haría el juego a los “castro-comunistas” le habló del coronel Wessin; “es duro contra los comunistas” y, además, “valiente”. Imbert no pensaba, sin embargo, que Wessin se propusiera actuar por el momento.

Le habló de las “estafas” en el ejército. “Era como si todo el mundo intentase”, escribió Martin, “sacar lo suyo antes de que todo se viniese abajo”.

Visita a San Isidro

Bosch realizó una nueva visita a la base aérea de San Isidro a comienzos de agosto. Era la primera desde el áspero incidente en que había rechazado el intento de ultimátum que culminó con la separación del capellán Marcial Silva y el mayor abogado Rolando Haché, consultor jurídico de las Fuerzas Armadas. La inesperada aparición en la base se relacionaba con su proyectado viaje a México.

Llamó la atención del Presidente un viejo y destartalado DC-4 en desuso y le anunció al general Luna que haría el viaje en ese aparato. El oficial estaba informado de que él también formaría parte de la comitiva oficial. Como experimentado piloto, Luna sabía que el avión seleccionado por el Presidente no estaba en condiciones de hacer la travesía. Estaba fuera de servicio y pasado de horas de vuelo.

Bosch y Adolfo López Mateo

Luna hizo llamar ante el Presidente al coronel Pedro Bartolomé Benoit, jefe del Comando de Mantenimiento de la Fuerza Aérea. Benoit tenía bajo su dirección a 400 hombres, y de su comando dependía todo el movimiento de los equipos bélicos del cuerpo, especialmente los aviones. Benoit confirmó la explicación del general Luna de que el DC-4 era un avión fatigado.

En este antiguo aparato de Cubana de Aviación, el general Fulgencio Batista había salido de Cuba, el 31 de diciembre de 1958, ante el triunfo de las guerrillas de Fidel Castro. Partes esenciales del metal del avión estaban debilitadas por las vibraciones causadas por el exceso de uso. El fuselaje había sufrido mucho por la enorme cantidad de aterrizajes realizados. Una reparación debía evitar que esto causara fallas estructurales que accidentaran en pleno vuelo el aparato.

Las observaciones bastaban para disuadir a cualquiera. Luna insistió ante Bosch que el viaje se hiciera en un aparato en mejores condiciones de Dominicana de Aviación. Pero Bosch preguntó a Benoit si finalmente creía que el DC-4 podía realizar el viaje y regresar sin contratiempos, en caso de que se reparara el motor. El oficial contestó afirmativamente y el Presidente decidió que haría en ese aparato su viaje a México.

La reparación duró todo el mes de agosto y los primeros días de septiembre. La Fuerza Aérea solicitó la compra de dos motores. Bosch autorizó sólo la de uno. Finalmente, sin embargo, a finales de la primera semana del mes de septiembre, todo estaba listo para el viaje presidencial.

Acompañado del ministro Viñas Román, del general Luna, de su asistente militar, el coronel Calderón y de otros altos oficiales, Bosch emprendió su primera y única misión en el exterior como jefe del Estado. La travesía se cumplió con una escala en Kingston, donde Bosch celebró una reunión con el primer ministro Alexander Bustamante. A la mañana siguiente, emprendió vuelo de nuevo para una escala técnica en Belice.

En México

El Presidente llegó a Ciudad México, como tenía previsto, exactamente al mediodía del 14 de septiembre. En la entrevista que concediera a la prensa mexicana e internacional, al final de su visita oficial a la nación azteca, Bosch daría declaraciones proféticas.

A una pregunta acerca de la posibilidad de un restablecimiento de relaciones entre República Dominicana y Cuba, Bosch eludió una contestación directa y se adentró en el análisis de los problemas que conllevan dirigir un gobierno democrático en la América Latina de esos días.

“El problema es el siguiente”, dijo Bosch. “Es muy difícil entenderse sobre Cuba, como sobre cualquier otro, cuando se vive en situaciones históricas, sociales y económicas tan diferentes como la que viven en los Estados Unidos y las que vivimos en la República Dominicana”.

El periodista que le había formulado la pregunta era un corresponsal norteamericano. El Presidente se dirigió directamente a él: “Para ustedes no hay problemas en cuanto afirmar o no afirmar la democracia; no hay norteamericano con hambre. Ningún Presidente norteamericano tiene que temer un golpe de estado militar. Sabe que inicia su período y lo terminará”. En cambio, para un pueblo como el suyo, el dominicano, continuó Bosch, “la democracia tiene que ser un régimen que garantice los derechos de los ciudadanos y su derecho a comer, a trabajar y a pensar y a moverse, dentro del estricto apego a la ley”.

El hecho consistía en que su país vivía un momento político histórico, siguió diciendo Bosch, “la política se manipula, pero la historia se crea. No puede verse el caso de la República Dominicana desde el ángulo de la democracia norteamericana, ni desde el ángulo del régimen mejicano sino desde el ángulo de la República Dominicana. El pueblo dominicano le teme a la palabra democracia porque con ella se le mató, se le explotó y tenemos que enseñarle qué es la democracia”.

Más adelante expresaba su fe en el pueblo en la creencia de que la América Latina tenía dos principios cardinales que gobiernan la vida nacional. Uno era el amor a los derechos humanos y el otro el amor a la independencia. “Estas dos cosas no hay que fomentarlas en la República Dominicana, sino permitir que crezcan naturalmente, quitándole de encima el temor a Fidel Castro y el temor a la democracia disfrazada de Trujillo”.

En la América Latina, gobiernos como el suyo, dijo, siempre estaban bajo la permanente amenaza de un golpe de estado. Y en su lejana tierra, en medio del proceloso mar Caribe, sus enemigos trabajaban para no desmentirle.

Desacuerdo

La personalidad de Bosch cautivó a la prensa mejicana. Era la primera visita de un jefe de Estado extranjero a la celebración del Grito de Dolores. Pero los festejos del 153 aniversario de la Independencia de México estuvieron a punto de ser estropeados por un desacuerdo respecto al protocolo.

El presidente dominicano se resistió en principio a colocarse la banda que ya había rechazado en el acto de su propia juramentación. Bosch rechazó también la condecoración del Águila Azteca en la creencia de que al pueblo dominicano no le gustaban las condecoraciones porque Trujillo había abusado de ellas.

Bosch no dio su brazo a torcer respecto a la con-decoración. Pero debió someterse al protocolo en lo concerniente a la banda cuando apareció junto a López Mateos en El Zócalo, la plaza principal de la capital mejicana que esa noche estaba atestada de gente.

Bosch y López Mateos intercambiaron regalos en el Palacio de Los Pinos, la residencia oficial del Presidente. El mejicano le entregó a Bosch un estuche con dos gallos de pelea labrados en oro, plata y cobre y una réplica de la campana de Dolores. Bosch le entregó una caja de puros fabricados en el país, una caja de arroz, trigo, granos de cacao y pequeñas porciones de dos tipos de café. Había, además, un par de gallinas de Guinea vivas en una jaula rústica de madera y fibras, que motivaron comentarios en la prensa azteca.

El enviado especial del Listín Diario, Federico Henríquez Gratereaux, reportó que la negativa del mandatario a “usar los signos exteriores del poder, como es una banda presidencial” había dado lugar a una “batalla diplomática” que Bosch reconoció haber perdido.

Todo el viaje estuvo lleno de expectación. En la escala previa en Kingston, el Presidente dio órdenes de mantener los equipajes en el avión. Debido a esa extraña disposición, muchos de sus acompañantes, incluyendo los corresponsales de la prensa dominicana, llegaron a Ciudad México sin afeitarse y sin cambiarse de ropas.

De regreso, al hacer escala en Mérida, Bosch descendió del avión para visitar lugares históricos. Se detuvo frente al Instituto Yucateco de Antropología e Historia. Pero no pudo entrar porque ya estaba cerrado y ninguno de los porteros tenía las llaves de la puerta. Inmediatamente regresó al aeropuerto en medio de un fuerte aguacero.

Jpm-am

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