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Por fin salimos a votar por los nuestros (OPINION)

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Salimos. Por fin salimos. Y cuando la diáspora dominicana sale a votar, Estados Unidos lo siente.

Lo que pasó este 3 de noviembre no fue una casualidad estadística. No fue el azar de un distrito competitivo en Colorado o de una primaria cerrada en el Alto Manhattan. Fue la consecuencia lógica de una comunidad que dejó de pedir permiso para ser representada y decidió representarse a sí misma.

Por primera vez en la historia, tres dominicanos ocuparán al mismo tiempo una curul en el Congreso federal. Manny Rutinel en Colorado, Darializa Ávila Chevalier en Nueva York y Analilia Mejía en Nueva Jersey. Tres estados, tres historias distintas, un mismo apellido colectivo: dominicano.

Durante décadas nos dijeron que éramos demasiados para ignorarnos, pero muy pocos para decidir. Que servíamos para llenar restaurantes, barberías, bodegas, caravanas y mítines, pero no para escribir las leyes. Nos invitaron a la foto, no a la mesa. Esa etapa se acabó.

EL VOTO QUE DEJÓ DE SER SIMBÓLICO

Hay una vieja costumbre entre nosotros: quejarnos en la sala de nuestra casa de lo que pasa en Washington, pero no aparecer el día de las elecciones. El martes rompimos esa costumbre.

En el Distrito 8 de Colorado, el más peleado del país, un hijo de una madre soltera dominicana le ganó a un congresista republicano en funciones. No ganó por ser dominicano. Ganó porque la comunidad dominicana y latina de Adams, Weld y Larimer salió, tocó puertas, llamó a sus primos, llevó a su abuela a votar y convirtió una candidatura testimonial en una mayoría de 56%.

El autor es periodista, jefe de redacción de ALMOMENTO.NET. Reside en Nueva York

En el Distrito 13 de Nueva York, el corazón de nuestra diáspora, pasó algo aún más profundo. Darializa Ávila Chevalier no le ganó a un republicano. Le ganó al sistema. Le ganó a Adriano Espaillat, el primer dominicano en llegar al Congreso, el hombre que abrió la puerta. Y eso duele, pero también habla de madurez. No estamos para homenajes eternos. Estamos para exigir resultados. Darializa representa a una generación que no quiere ser solo el voto cautivo, sino la agenda. Vivienda asequible en Washington Heights, defensa real a los inmigrantes sin papeles, educación que no endeude a nuestros hijos.

Y en Nueva Jersey, Analilia Mejía no improvisó. Esa mujer ya había ganado una elección especial en abril y ahora fue a buscar su mandato completo. Hija de dominicano y colombiana, organizadora sindical, exdirectora política de Bernie Sanders. ¿Entienden lo que eso significa? Que una dominicana pasó de organizar piquetes a organizar leyes en el país más poderoso del mundo.

NO ES IDENTIDAD, ES PODER

A los que nos acusan de votar por identidad les respondo: claro que votamos por identidad. ¿Por qué no lo haríamos? Los irlandeses lo hicieron, los italianos lo hicieron, los cubanos en Miami lo hicieron durante cuarenta años sin que nadie les diera lecciones de civismo.

Votar por los nuestros no es tribalismo. Es inteligencia política. Es entender que nadie va a defender al inmigrante con más convicción que el hijo de una inmigrante. Nadie va a pelear por el acceso a la salud para los trabajadores de restaurantes como la hija de una trabajadora. Nadie va a entender lo que cuesta una residencia, una petición, una espera de diez años, como quien lo vivió en su familia.

Cuando Manny, Darializa y Analilia juren en enero, no jurarán solo por su distrito. Jurarán por la señora que limpia oficinas en Queens y todavía no puede votar, por el muchacho de Santiago que llegó con una visa de estudiante a Colorado y hoy maneja un camión, por la madre en Elizabeth que tiene tres trabajos y aún así encontró tiempo para votar.

LO QUE VIENE

Que nadie se confunda. Tres escaños no son una mayoría. No vamos a controlar la Cámara con tres votos. Pero tres escaños son una delegación. Y una delegación dominicana, por primera vez, puede sentarse junta, coordinar, negociar en bloque, decirle al liderazgo demócrata: si quieres nuestros votos, tienes que hablar de nuestros temas.

Reforma migratoria con camino a la ciudadanía, no parches. Protección para los soñadores dominicanos que llegaron niños y hoy tienen hijos ciudadanos. Inversión federal en nuestras escuelas, donde nuestros niños son mayoría y los recursos minoría. Y respeto. Respeto a una comunidad que aporta más de 12 mil millones de dólares al año en impuestos y que todavía es tratada como sospechosa cada vez que quiere registrarse para votar, como vimos esta semana con los casos de Berks y Nueva Jersey.

El mensaje que mandamos el martes es doble: hacia adentro y hacia afuera.

Hacia afuera, a los dos partidos: no nos den por sentado. Somos 2.4 millones de dominicanos en Estados Unidos. En Pensilvania, en Nueva York, en Nueva Jersey, en Rhode Island y en Colorado, decidimos elecciones.

Hacia adentro, a nosotros mismos: dejemos de pelearnos por quién es más dominicano. El que tiene acento, el que no lo tiene, el que nació aquí, el que llegó ayer. Si lleva la bandera en el pecho y la lucha de nuestra gente en la cabeza, es de los nuestros.

Salimos a votar y ganamos. No fue Trump, no fue el Partido Demócrata, no fue una ola nacional. Fuimos nosotros. Con nuestras chancletas, nuestro motoconcho mental, nuestra bulla y nuestra esperanza.

Y esta es solo la primera vez.

jt-am

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