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La Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), la más antigua del Nuevo Mundo, ha recorrido una historia marcada por profundas transformaciones. Cada etapa ha dejado huellas en su vida académica, administrativa e institucional, reflejando, en buena medida, la evolución de la propia sociedad dominicana.
Desde el Movimiento Renovador, surgido tras la desaparición de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, la academia inició un proceso orientado a democratizar el acceso a la educación superior y a modernizar su concepción universitaria.
Aquel movimiento, objeto de críticas y controversias por algunas de sus decisiones, perseguía un propósito esencial: abrir las puertas del conocimiento a miles de jóvenes que, por razones económicas o sociales, encontraban prácticamente imposible acceder a una formación universitaria.
Desde entonces, numerosas rectorías han pasado por la Primada de América. Cada una ha enfrentado desafíos distintos y ha dejado su propia impronta. Sin embargo, puede afirmarse que durante los últimos años la universidad ha transitado por un proceso de mayor institucionalidad, fortalecimiento democrático y atención a los retos que impone una educación superior cada vez más exigente y competitiva.

Recuerdo que, hace un tiempo, asistí a un encuentro realizado en una finca en las afueras de Santo Domingo. Eran tiempos de campaña para la Rectoría de la UASD. Allí conocí a Editrudis Beltrán. No era una actividad formal, pero la asistencia de profesores, empleados y estudiantes permitía percibir que aquel aspirante despertaba un respaldo significativo dentro de la comunidad universitaria.
Escuché con atención sus planteamientos. No prometía una revolución ni discursos grandilocuentes. Más bien hablaba de institucionalidad, modernización, calidad académica, descentralización, investigación y fortalecimiento de la infraestructura universitaria.
Aquellas ideas despertaron mi interés, no porque constituyeran promesas novedosas, sino porque parecían responder a necesidades reales de una universidad que requería consolidar procesos más que iniciar aventuras.
El paso del tiempo ofrece siempre la mejor oportunidad para evaluar una gestión pública. Las campañas se miden por las expectativas; los gobiernos y las administraciones, por los resultados. Y es precisamente al concluir un período cuando resulta posible comparar las propuestas con los hechos.
En el caso de la gestión encabezada por Editrudis Beltrán, el énfasis pareció concentrarse en fortalecer la capacidad institucional de la universidad para responder a las demandas de una educación superior moderna.
Ese enfoque se expresó en el impulso a la acreditación y evaluación académica, la expansión de programas de posgrado, el fortalecimiento de la investigación científica, la incorporación de nuevas tecnologías en los procesos docentes, la mejora de la infraestructura física, la ampliación de servicios para estudiantes y el desarrollo de los recintos y centros regionales, acercando aún más la universidad a las distintas provincias del país.
Naturalmente, como ocurre en toda institución pública de grandes dimensiones, no todas las metas pudieron alcanzarse ni desaparecieron los problemas estructurales que durante décadas han acompañado a la academia estatal. Persisten desafíos relacionados con el financiamiento, la actualización curricular permanente, la investigación, la internacionalización y la necesidad de continuar elevando la calidad docente.
Pero sería injusto desconocer que la universidad cerró este período mostrando mayores niveles de organización institucional y una visión más enfocada en preparar a la UASD para competir académicamente en un entorno cada vez más globalizado.
Las instituciones no avanzan únicamente por las personas que las dirigen, sino por la capacidad de cada administración para dejar bases sólidas sobre las cuales puedan construir quienes les suceden. Esa quizás sea la principal enseñanza que deja esta gestión.
Al final, la historia será quien otorgue la valoración definitiva. Sin embargo, vista con la perspectiva que da el tiempo, la gestión de Editrudis Beltrán parece haber apostado menos por el protagonismo personal y más por fortalecer una institución que, por su significado histórico y social, continúa siendo el principal instrumento de movilidad social para miles de familias dominicanas.
JPM
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