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Opinion

Judíos, musulmanes y cristianos conviven sin conflictos en Jerusalén

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Jerusalén, la Tierra Santa, la Ciudad Sagrada del pueblo de Israel, la Tierra Prometida, hoy no es solo lugar sagrado del judaísmo, sino que también es sede religiosa de Musulmanes y del Cristianismo, los tres dogmas con más seguidores en el mundo.

Miles de personas llegan cada día a rezar frente al Muro de las Lamentaciones, a llorar en la Iglesia del Santo Sepulcro o a contemplar el brillo dorado del Domo de la Roca. Tres lugares sagrados, tres versiones de lo divino… convertidas en destino turístico global.

Pero hay algo que incomoda en Jerusalén. No es solo la historia, ni la política, ni siquiera la religión. Es la sensación de que, en esa ciudad, la verdad importa menos de lo que se proclama… y mucho menos de lo que se cobra.

Ahí están a pocos metros unos de otros, los íconos de estos tres dogmas: La iglesia del Santo Sepulcro (Cristianismo), se localiza a sólo unos cuantos metros del Domo de La Roca, también llamado Mezquita de Umar (Islamismo), el cual está a espaldas del Muro Occidental de lo que alguna vez fue parte de la Muralla del Templo o La Casa de DIOS, conocido también como Muro de las Lamentaciones (Judaísmo).

Inclusive, la ciudad antigua, como se le conoce, está hoy dividida en barrios: Barrio musulmán, barrio cristiano y barrio judío.

Lo irónico es que existiendo entre ellos infinidad de disputas y críticas sobre los principios que los rigen y los objetivos que persiguen, paradójicamente no exista objeción por compartir un mismo territorio con un objetivo cien por ciento lucrativo.

Ciudad vieja de Jerusalén

Y es que resulta increíble ver cómo Israel y algunos países árabes se mantienen en constantes conflictos. Sin embargo, en Jerusalén conviven musulmanes, judíos y cristianos, sin que se generen crisis que puedan causar temor entre habitantes y, principalmente, al turismo.

La pregunta incómoda no es si estos sitios son importantes. Lo son. La pregunta es otra: ¿qué pasa cuando lo sagrado también es rentable?

Dentro del Domo de la Roca, santuario islámico, hay una “roca” que, según la tradición judía, esa es la roca donde Abraham estuvo dispuesto a sacrificar a su hijo Isacc para Dios (Génesis 22:1-12).

Pero los islamitas sostienen que fue desde esa “roca” que el profeta Mahoma fue ascendido a los cielos a los pies de ALÁH, para recibir los Mandamientos que debían ser enseñados a la humanidad. Pero el lugar sigue siendo sagrado. Como si el sitio importara más que la coherencia del relato.

A unos pasos, la Iglesia del Santo Sepulcro recibe a millones que creen estar frente al lugar donde fue sepultado Jesús de Nazaret. Y, sin embargo, ni siquiera dentro del propio cristianismo existe consenso absoluto de que en esa ubicación fue puesto el cuerpo de Jesús. Y tampoco ningún texto bíblico lo asegura,

Aun así, todo funciona. Y es ahí donde Jerusalén revela su verdad más cruda: la fe no necesita certeza para sostenerse. Y el sistema que la rodea tampoco.

Jerusalén no es solo una ciudad sagrada. Es un ambiente donde la fe, la identidad y la economía han aprendido a coexistir sin necesidad de ponerse de acuerdo. No hay acuerdo sobre los hechos, ni sobre los protagonistas, ni siquiera, sobre los lugares exactos.

Pero si algo hay de cierto, es que la historia y la arqueología nos describen que los acontecimientos que tuvieron lugar en Jerusalén sí son verídicos.

Lamentablemente, el hecho de que los dogmas citados ven en esos lugares un fin de lucro, tira por completo la credibilidad de que con certezas esos con los lugares precisos donde Mahoma, Abrahám y Jesús estuvieron presentes físicamente por los motivos que se les atribuyen.

jpm-am

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