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El nuevo rostro del sueño dominicano: entre la exclusión y el poder político

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Durante décadas, la ruta migratoria del dominicano hacia Estados Unidos tenía un destino predecible: el Alto Manhattan o el Bronx. Sin embargo, en este 2026, el mapa de la diáspora ha mutado de forma irreversible.

Lo que antes era un camino lineal hacia la estabilidad, hoy se ha convertido en un complejo tablero de ajedrez donde el costo de la vida, el endurecimiento de las políticas migratorias y el peso del voto en el exterior están redefiniendo lo que significa «ser dominicano fuera de la isla».

La realidad es contundente: el éxodo desde Nueva York hacia estados como Pensilvania o Florida no es una elección estética, es una medida de supervivencia. Pero este desplazamiento ocurre bajo una sombra cada vez más alargada: la de las repatriaciones.

DEPORTADOS

El incremento en las cifras de dominicanos deportados durante el último año —superando los 4,000 casos— nos recuerda que el sistema migratorio en Washington ha dejado de ser un espacio de acogida para convertirse en un filtro de seguridad inflexible. Esta presión no solo rompe familias, sino que devuelve a la isla a ciudadanos que se encuentran en un limbo social y económico.

EL AUTOR es periodista, jefe de redacción de ALMOMENTO.NET. Reside en Nueva York.

Sin embargo, frente a la vulnerabilidad legal, surge una fuerza imparable: el poder electoral. Con un padrón en el exterior que ya supera los 900,000 inscritos, la diáspora no es solo el sostén económico que envía US$12,000 millones en remesas; es ahora el «quinto poder» político.

EL VOTO

El voto dominicano en el extranjero tiene hoy la capacidad de decidir elecciones presidenciales. Por eso, las quejas sobre la ineficacia en los procesos de cedulación en ciudades como Lawrence o el Bronx no deben verse como meros problemas logísticos, sino como una amenaza directa a la democracia transnacional dominicana.

El desafío para el Estado en 2026 es doble. Por un lado, debe proteger la dignidad de quienes enfrentan la amenaza de la deportación, exigiendo procesos justos y humanos. Por el otro, debe garantizar que el derecho al voto de quienes sostienen la economía nacional no sea obstruido por burocracias ambiguas.

Si somos una nación que exporta esperanza para importar estabilidad, lo mínimo que podemos ofrecer a cambio es seguridad jurídica y facilidades para que sigan siendo parte activa de nuestro destino político.

Migrar sigue siendo un derecho, pero en este nuevo orden global, el éxito ya no se mide solo por llegar a la frontera. Se mide por la capacidad de mantener la voz y el voto en un sistema que, mientras exige el flujo constante de nuestros dólares, pone cada vez más obstáculos a nuestra permanencia y a nuestra identidad.

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