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Opinion

Acuerdo nuclear entre EE.UU. y Arabia Saudita

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Por Alfredo de la Cruz Rijo

La decisión de Estados Unidos de impulsar un acuerdo de cooperación nuclear con Arabia Saudita ha reavivado el debate internacional sobre el equilibrio estratégico en Oriente Medio. La controversia es aún mayor si se compara con la política que Washington ha mantenido hacia Irán, país contra el que ha impuesto sanciones e incluso ha recurrido a la fuerza militar con el argumento de impedir que desarrolle un arma nuclear.

Esta diferencia de trato plantea una pregunta inevitable: ¿Por qué Estados Unidos combate el programa nuclear iraní mientras facilita el desarrollo de la infraestructura nuclear saudí?

Aunque el texto definitivo del acuerdo aún no se ha publicado y necesita la aprobación del Congreso estadounidense, la información conocida hasta ahora ha despertado preocupación entre expertos en seguridad internacional. El principal motivo es que Arabia Saudita podría desarrollar un amplio programa nuclear civil sin asumir algunos de los compromisos de control que tradicionalmente acompañan este tipo de acuerdos.

Como lo es la ausencia del Protocolo Adicional del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), que permite inspecciones más rigurosas e intrusivas por parte del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), o la posibilidad de Arabia Saudita enriquecer uranio dentro de su propio territorio, donde precisamente el enriquecimiento de uranio ha sido uno de los principales argumentos utilizados por Estados Unidos e Israel para justificar su presión sobre Irán.

Es preciso aclarar que enriquecer uranio no está prohibido por el Tratado de No Proliferación. Los Estados firmantes pueden hacerlo con fines civiles, bajo supervisión internacional del OIEA. El problema radica en que la misma tecnología utilizada para producir combustible para centrales nucleares puede servir, con mayores niveles de enriquecimiento, para fabricar material apto para armas nucleares.

Países como Corea del Sur, Canadá, Suecia, Finlandia, España o Emiratos Árabes Unidos utilizan energía nuclear, pero no enriquecen uranio, ni cuentan con instalaciones para estos fines, por lo que dependen de servicios internacionales proporcionados por un grupo reducido de corporaciones, como el internacional grupo URENCO, el grupo francés ORANO, la Corporación Estatal de Energía Nuclear Rosátom de Rusia y la Corporación Nuclear Nacional de China (CNNC).

Esta capacidad altamente centralizada reduce considerablemente la posibilidad de desarrollar armamento nuclear. En cambio, disponer de plantas propias de enriquecimiento proporciona capacidades tecnológicas que, dependiendo del contexto político futuro, podrían facilitar la fabricación de un arma nuclear.

El acuerdo además alimenta el temor de que otros países de Oriente Medio quieran obtener condiciones similares. Turquía y Egipto desarrollan programas nucleares con fines energéticos, mientras que Emiratos Árabes Unidos ya opera un programa civil considerado durante años como el modelo de referencia por sus estrictos mecanismos de control.

Si ahora, Arabia Saudita obtiene mayores libertades para desarrollar su infraestructura nuclear, otros gobiernos podrían reclamar el mismo tratamiento, aumentando el riesgo de una carrera armamentística en una de las regiones más inestables del planeta.

Uno de los aspectos más discutidos del acuerdo es el contraste con la estrategia aplicada contra Irán. Vimos más atrás que cualquier Estado firmante del Tratado de No Proliferación puede enriquecer uranio con fines pacíficos bajo supervisión de la OIEA. También recordemos que, Irán ya había firmado en 2015 un acuerdo nuclear (el Plan de Acción Integral Conjunto) con el grupo P5+1 (Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Rusia, China y Alemania) que limitaba severamente su programa atómico a cambio del levantamiento de sanciones.

Sin embargo, la retirada de Estados Unidos del pacto en 2018 deterioró la confianza entre ambas partes y reactivó el desarrollo del programa nuclear por parte de Irán.

Si ahora, Arabia Saudita recibe autorización para enriquecer uranio bajo un nuevo acuerdo con Washington, Teherán podría reclamar exactamente el mismo derecho como firmante del TNP.

La relación entre Estados Unidos y Arabia Saudita desde el final de la Segunda Guerra Mundial, se ha basado en un intercambio estratégico de tres pilares: Estados Unidos le proporciona protección militar a cambio de estabilidad en el suministro energético y cooperación política regional.

Por eso, más allá de la cooperación energética que se informa, el acuerdo podría responder a intereses económicos y geopolíticos. En razón de que empresas estadounidenses del sector nuclear podrían obtener contratos de decenas de miles de millones de dólares durante los próximos treinta años. Al mismo tiempo, Washington podría estar tratando de evitar que Arabia Saudita recurra a China o Rusia para desarrollar su industria nuclear, para consolidar así su influencia sobre uno de sus principales aliados en Oriente Medio.

Sin embargo, Israel sigue con atención la evolución del acuerdo entre Estados Unidos y Arabia Saudita. Si bien, Israel mantiene una política de ambigüedad sobre su arsenal nuclear y nunca ha reconocido oficialmente poseer armas atómicas, es ampliamente considerado la única potencia nuclear de Oriente Medio.

Entonces, desde la perspectiva israelí, cualquier avance que permita a otro país acercarse a capacidades nucleares representa un desafío estratégico, especialmente si en el futuro ese precedente beneficia también a Irán.

Verdadero problema

El verdadero problema aquí es el debilitamiento progresivo del sistema internacional de control nuclear. Las últimas conferencias de revisión del Tratado de No Proliferación han concluido sin acuerdos relevantes, mientras varias potencias continúan modernizando y ampliando sus arsenales. China incrementa rápidamente su número de ojivas nucleares, mientras otras potencias mantienen programas de modernización que dificultan los esfuerzos globales de desarme.

Este acuerdo nuclear pone de manifiesto las contradicciones de la política internacional frente a la proliferación nuclear. Mientras Washington sostiene que busca impedir que Irán desarrolle capacidades militares, está dispuesto a facilitar el desarrollo de un programa nuclear saudí cuyas condiciones aún generan numerosas incógnitas.

Aunque el objetivo declarado del acuerdo es producir electricidad y diversificar la matriz energética saudí, la posibilidad de que el reino desarrolle capacidades de enriquecimiento de uranio sin controles reforzados es muy preocupante.

Además, en una región marcada por conflictos, rivalidades geopolíticas y profundas tensiones, cualquier modificación del equilibrio nuclear puede tener consecuencias que trasciendan Oriente Medio y afecten a la seguridad internacional durante las próximas décadas.

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