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Politica

David Collado tercero en la base del PRM (OPINION)

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David Collado aparece primero en muchas encuestas nacionales, pero cuando se baja al subsuelo político del Partido Revolucionario Moderno, la realidad cambia. Y no es por falta de dinero, ni de publicidad, ni de posicionamiento mediático. El problema parece ser otro: su personalidad poco afectiva e identitaria emocionalmente con la base.

En el país, la política no es un laboratorio empresarial ni una oficina corporativa. Aquí la política es humana: anímica, filial, casi tribal; hay que abrazar gente, coger llamadas o devolverlas, escuchar situaciones personales, ser consejero de pleitos hogareños y partidario, oír chismes de compañeros, incluso de infidelidad, y hacer sentir importante al más pequeño dirigente de una mesa electoral.

Muchos tecnócratas creen que eso es populismo barato o pérdida de tiempo. Pero pensar así es un grave error. Precisamente esa es la gasolina de la política. Porque en este país el dirigente no solamente vota por propuestas; vota por cercanía. El militante quiere sentir que el líder lo escucha, que lo reconoce, que sabe quién es, que lo llama por su nombre y que se preocupa por él, aunque sea por apariencia. El político exitoso entiende algo elemental: la gente no sigue solamente ideas, sino también afectos.

Cuando uno observa a David Collado y a otros aspirantes con perfil parecido, se percibe una dificultad evidente para conectar con ese tipo de dinámica humana. Son figuras preparadas para “administrar” y proyectar “eficiencia”, pero la política no se mueve únicamente por eficiencia —Luis Julián Pérez, Mario Read Vittini, entre otros, lo fueron, aspiraron y qué?—.

Aquí el liderazgo también se construye pasando horas escuchando problemas ajenos, cargando frustraciones colectivas, mezclándose con las miserias emocionales de la gente en la estructura partidaria. Eso es empatía.

Pero usted me dirá: “ha sido diputado y síndico”. Entonces le recordaré que el dinero de sus patrocinadores y la traición del partido opositor a su candidato lo empujó para que él llegue. Con la presidencia es distinto

David Collado

Los dirigentes, y los que aspiran, tienen que ser capaces de estar conscientes de que en esta brega política se averigua quién tiene problemas familiares y financieros, quién ha quebrado, quién perdió dinero en un casino, quién pelea con su esposa, quién está enfermo o resentido porque no lo saludaron en una actividad. Y aunque muchos se burlen de eso, así es que se amarran las lealtades electorales.

El Dr. José Francisco Peña Gómez dominaba ese arte como pocos. Tenía la capacidad de hacer sentir importante a cualquiera. Escuchaba, preguntaba, abrazaba y conectaba emocionalmente con la gente. Y resolvía problemas diarios, podía sentarse detrás de un escritorio a las 9 a. m. para terminar a las 10 p. m., oyendo de todo. No era solamente un hombre de discurso político elocuente; era una relación humana permanente y afectiva con las bases.

Otro ejemplo es el de una figura aparentemente distante, como Joaquín Balaguer, quien entendía el valor de conocer profundamente el comportamiento humano. Una vez, conversando sobre Balaguer con Ramón Fond Bernal, aunque él se hacía el desentendido, se notaba que comprendía perfectamente cómo el poder se alimenta de informaciones personales, relaciones y conocimientos íntimos de quienes los rodeaban como líder. Eso pude aprender en esa breve charla de una persona que lo conoció muy bien.

Esto deja una enseñanza clara: ningún aspirante que viva en un “Olimpo político” llega fácilmente a la Presidencia de la República.

Tenemos ejemplos muy pedagógicos

El caso de Jacobo Majluta es una referencia importante. Era inteligente, agradable y con presencia pública, pero siempre se habló de una debilidad en el contacto cotidiano con las bases. Pocos lo veían. Y con ello no digo que no tuviera buen trato, que lo recibí en lo personal, sino que pocos le llegaban. Y en política, esa distancia termina pasando factura.

En cambio, Hipólito Mejía, este sí es un león afeita’o, construyó poder hablando de todo y con todo el mundo, llamando gente, relajando y entrando en contacto directo con la militancia. Ha llegado al extremo de ser tremendo anfitrión y Chef.

Luis Abinader, aunque con un estilo distinto, ha desarrollado una relación constante con sectores internos y dirigentes medios, y aunque está prohibida la reelección, cuidado, porque engancha y conecta. Ha logrado algo digno de estudio psicosocial, que los errores del gobierno no se les pegan.

Leonel Fernández, en su primera etapa, entendió la importancia del vínculo emocional con las estructuras políticas, —si logra hablar con él—, recibe savia de fluido para que circule por tu mente. Y de Danilo Medina, ni se diga; era el carpintero de ese partido, conocía cada circulista o miembro dirigente de cualquier intermedio, llevó esa práctica al máximo, ejerciendo un modelo de cercanía territorial y control directo que ni Norge Botello, en su momento. En definitiva, era el mejor de todo en el PLD.

Al analizar y reflexionar sobre estas diferencias alrededor de David Collado, vemos que existen dudas que ya comienzan a sentirse dentro de sectores de base del PRM. Y no se trata de simples “dudas razonables”, sino de algo que se está convirtiendo en una tendencia irreversible.

Se le conoce como el que no recibe, no coge llamadas, a excepción de sus amos; luce desconectado de la base y muy abrazado con los sectores empresariales poderosos y depredadores. No es una persona que se preocupe o se identifique con el que sufre la miseria del día a día. La gente lo ve con temor; tiene miedo de que le entregue el gobierno de forma descarada a Don Juan Vicini, como hizo Ulises —Lilís— Heureaux con uno de ellos.

Sus adversarios internos lo saben y han comenzado a explotar especialmente la idea de que representa intereses de élites oscuras y responde políticamente, no al pueblo, sino a grupos oligárquicos económicos tradicionales.

En política, la percepción muchas veces pesa más que la realidad. Y cuando esa percepción comienza a caminar dentro de un partido, se convierte en un problema serio.

Porque las primarias o convenciones internas no funcionan igual que las encuestas nacionales. Una encuesta mide la intención —subjetividad— pública. En cambio la convención confirma relaciones humanas acumuladas, favores, cercanía, contacto y capacidad de movilización afectiva.

Ese es probablemente el mayor desafío estratégico del proyecto de David Collado: demostrar que no es solamente una “figura mediática eficiente”, sino un dirigente capaz de bajar del “Olimpo”, ensuciarse los zapatos en la base y conectar emocionalmente con los desamparados. El cómo hacerlo, es un asunto de sus estrategas, no mío.

Porque en República Dominicana ningún candidato llega al Palacio Nacional únicamente desde la administración o la publicidad.

Aquí todavía hay que sudar… con el pueblo. ¡Pendejo!

jpm-am

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