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Opinion

Antonio Abad Méndez, poeta sancristobalense olvidado

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I. Semblanza de un cronista del tiempo

El nombre completo del poeta era Ramón Antonio Abad Méndez. Nacido el 31 de agosto de 1898 en la hidalga villa de San Cristóbal, su tránsito terreno culminó en Santo Domingo el 12 de enero de 1989, tras alcanzar la venerable edad de noventa años.

San Cristóbal ha sido, históricamente, un epicentro de intelectualidad, un semillero de conciencias que han labrado el pensamiento nacional. No obstante, el tiempo, con su manto de olvido, suele confinar a muchas de estas figuras a las sombras, mientras permite que voces más estridentes o vinculadas a las coyunturas del poder ocupen el primer plano de la historia. Abad Méndez pertenece a esa estirpe de elegidos que cultivaron la sensibilidad local con una maestría que exigía, por derecho propio, trascender las fronteras provinciales.

II. La injusticia del canon y la mística del verbo

Su olvido no es una deficiencia de su obra, sino una injusticia del canon. La calidad técnica de su lírica y la profundidad mística de su voz superan lo regional para instalarse en lo universal. Su rigurosidad métrica —evidente en la exquisitez de su Florilegio de sonetos— y su capacidad para elevar lo cotidiano a la categoría de lo sagrado, lo posicionan como un artífice que aguarda, con paciencia de siglos, un lugar de honor en nuestra antología nacional.

Parque central de San Cristóbal.

No debemos contemplar a Abad Méndez meramente como un poeta de la nostalgia; fue, ante todo, un intelectual de fe inquebrantable, un hombre que utilizó el verbo como crisol para destilar la «linfa pura» de la verdad. Fiel adherente a la Iglesia Adventista del Séptimo Día, su devoción no era un acto ritual, sino el eje gravitacional de su existencia. Cada sábado, con una puntualidad que desafiaba el devenir de los días, asistía al templo de la Avenida Mella, transformando su vida en un poema de orden y entrega.

III. Memorias de un encuentro

Mi memoria lo guarda con nitidez: lo conocí siendo yo niño. En sus visitas a San Cristóbal, nunca omitía el rito de pasar por mi casa paterna para saludar a mis padres. Mi madre, con la intuición de quien reconoce a los seres de luz, solía decir de él: «Siempre está inspirado». Antonio Abad Méndez encarna la quintaesencia de la identidad sancristobalense; su poesía es una amalgama perfecta de devoción, civismo y amor telúrico.

Entre su producción bibliográfica, destaca Ofrenda (1943), su obra cumbre, prologada por Lázaro Manuel Monteagudo —una pieza crítica fundamental que validó su altura intelectual—. A esta se suman sus esfuerzos por dar voz al alma, desde el Florilegio de sonetos hasta Rosa a mis hijos y otros poemas, donde las flechas de Eros se entrelazan con la búsqueda espiritual.

Antigua iglesia Sagrado Corazón de Jesús.

IV. La nostalgia ante el espejo del cambio

En el ocaso de su vida, nos legó San Cristóbal del recuerdo, un poema que estremece por su carga existencial. En sus versos, la memoria confronta a la realidad con una elegancia desgarradora:

“San Cristóbal del recuerdo / hoy que por esto suspiras, / que por aquello mañana / quizá por lo que tuvieras / tal vez por lo que dejaras […] Dejé contigo perdidos muchos jirones del alma. […] Hoy te miro con orgullo, / tal vez mis sueños se rebasan, / pero siento una profunda / una infinita nostalgia. / Al mirarte me parece ver una ciudad extraña…”

Es este un ejercicio de nostalgia pura que narra el choque entre el hogar perdido y la modernidad transformadora. Testigo de casi todo el siglo XX, Abad Méndez vio cómo su «tacita de porcelana» se metamorfoseaba ante sus ojos, dejando en él la impronta de una infinita melancolía.

V. La poesía como clarividencia

Sin embargo, su legado alcanza su cenit cuando reflexiona sobre el oficio de escribir, ese puente tendido entre el hombre y lo trascendente:

“No tengo el don divino del profeta / que capta la visión de lo futuro, / pero si nada auguro, / soy su hermano menor, soy el poeta, / ante quien la Verdad, zagala esquiva / […] se muestra pura y sugestiva / como una diosa helénica, desnuda”.

Aquí reside la clave de su clarividencia: mientras el profeta escruta el porvenir, el poeta despoja a la Verdad de sus vestiduras mundanas para revelarla en su desnudez esencial. Con una pluma que sostiene la Lira, Abad Méndez nos enseña que la belleza no es solo una búsqueda, sino una revelación que el arte es capaz de filtrar.

VI. El legado más allá del asfalto

Hoy, una calle en Madre Vieja Sur lleva su nombre, rindiéndole el tributo cívico que merece. Mas, la verdadera inmortalidad de un poeta no se cimenta en el asfalto, sino en la perennidad de sus versos. Su obra aguarda, latente y lúcida, a ser redescubierta por las nuevas generaciones, para que la memoria histórica de San Cristóbal y de la República Dominicana recupere, finalmente, una de sus voces más luminosas.

JPM

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