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Haciendo un símil con la emblemática Puerta de Alcalá, localizada en la rotonda de la plaza de la Independencia, en Madrid, resaltada en la hermosura de las tonadas de una canción que nos regalaron Víctor Manuel y Ana Belén, enmarco este articulo para rememorar los vínculos que nos unen con el Teatro Caupolicán, enclavado en la calle San Diego de Santiago de Chile. Salvando el tiempo y la distancia con el monumento español de referencia, este también permanece ahí: “viendo pasar el tiempo”.
Este cuasi centenario teatro, mandado a construir a mediados de la década de 1930 por la Caja de Crédito Hipotecario y diseñado por el célebre arquitecto e ingeniero Brescia Camilo Carani, inaugurado en 1936. Desde entonces, este coloso ha sido testigo mudo de grandes y memorables historias.
Su imponente arquitectura, es un fiel exponente del Art Déco –aquel estilo de diseño arquitectónico que imperó en París entre las décadas de 1920 y 1940 del pasado siglo– y el racionalismo moderno, evocando a los viejos anfiteatros romanos donde las graderías circulares abrazan con intimidad el escenario.
Mirarlo ahí, guardando secretos, despierta en la sensibilidad interior de cualquier humano una curiosidad indescriptible. Y entre todas sus leyendas, hay una: la de aquella noche en que este monumento arquitectónico se convirtió en el epicentro de la dignidad del Caribe. Fue el jueves 27 de mayo de 1965, cuando la naturaleza se hizo cómplice para evaporar de golpe el frío otoñal santiaguino.
En su vientre se anidaron más de mil almas que desbordaron sus arcos y pasillos. No se habían reunido para un espectáculo de diversión; el motivo que los convocaba era una nación ubicada en el Caribe insular que, cruelmente herida, sangraba a miles de kilómetros de distancia: la República Dominicana.
Invasión EE.UU
Apenas unas semanas antes de esta multitudinaria convocatoria, habían desembarcado en Santo Domingo 42,000 marines de la armada norteamericana. La premisa dictada y repetida por los teletipos de prensa de la época era categórica: había que frenar un «complot comunista» y evitar «otro enclave en el área». Sin embargo, la fisonomía de la tribuna principal del Caupolicán convocada para esa noche bastaba para derrumbar, por su propio peso, la propaganda que por todos los confines circulaba.

Al centro del anfiteatro se erguía, con la impetuosidad de sus bríos juveniles, Caonabo Javier Castillo (1926-2012), delegado político del gobierno constitucionalista del coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó. Junto a él estaba José Gómez Cerda (1939), un líder obrero venido directamente de las barricadas de Ciudad Nueva en representación de la Confederación Autónoma de Sindicatos Cristianos (CASC). Ninguno de los dos encajaba en el manual del comisario marxista. Eran hombres formados en la doctrina social de la Iglesia, demócratas que reclamaban el retorno a la legalidad de la Constitución de 1963.
El respaldo de la Democracia Cristiana chilena —el partido de gobierno del presidente Eduardo Frei Montalva— fue la columna vertebral que desarmó la tesis de la conjura comunista ante la opinión pública sudamericana.
Bajo el techo del Caupolicán se configuró un mosaico de indignación civil donde figuras como Héctor Alarcón, de la Unión de Campesinos Cristianos; Alfredo Di Pacce, líder de la Central Latinoamericana de Sindicalistas Cristianos (CLASC); Santiago Pereyra, diputado y presidente del Comando Nacional de Trabajadores; Luis Quiroga, y Pedro Felipe Ramírez, presidente de la poderosa Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECH), encarnaron el fervor de la clase obrera, de la dirección política y de una juventud universitaria que ya recolectaba medicamentos para enviar a la isla.
Cuando Caonabo Javier Castillo tomó la palabra, el Caupolicán guardó un silencio sepulcral. Con una elocuencia jurídica impecable, explicó a los chilenos que las armas en Santo Domingo estaban en manos de comandos civiles integrados por médicos, abogados, estudiantes y obreros católicos. Gómez Cerda, por su parte, relató la crudeza del combate en los callejones coloniales, donde los sindicalistas cristianos peleaban hombro con hombro con el pueblo.
La vibración del Caupolicán llegó de inmediato al Palacio de La Moneda. Presionado por sus propias bases y por el clamor de la calle, el presidente Eduardo Frei Montalva recibió formalmente a la delegación dominicana en el palacio presidencial, al tiempo que Chile se opuso firmemente en el seno de la OEA a la Fuerza Interamericana de Paz que se aprestaba para ser enviada a Santo Domingo.
En estos días conversamos con don José Gómez Cerda, testigo de excepción de este acontecimiento histórico. La firmeza de su voz y la hidalguía con que, a pesar de los años idos, levanta su figura con la lanza en ristre, entran en franca complicidad con el Teatro Caupolicán, que sigue allí, en la calle San Diego, viendo pasar el tiempo y la modernidad.
En la memoria de uno y en las paredes de concreto del otro, aún resuena con fuerza el eco de la noche en que Santiago de Chile desmintió un fantasma caribeño y abrazó con fervor la verdad resplandeciente enarbolada en la República Dominicana.
jpm-am
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