POR E. MARGARITA EVE
Hay espacios cuya dimensión geográfica contrasta con su impacto global. El Estrecho de Ormuz es uno de ellos. Por sus aguas transita cerca del 20% del petróleo mundial. No se trata de una condición nueva, sino estructural. La diferencia hoy es la forma en que esa realidad se hace visible e inevitable.
A diferencia de rutas como el Canal de Suez o el Estrecho de Malaca, Ormuz carece de sustitutos reales en el corto plazo. Su relevancia no está solo en el volumen, sino en la dependencia que genera. Esa dependencia condiciona decisiones económicas y políticas. Es una fragilidad asumida por el sistema global y, al mismo tiempo, difícil de revertir.
Conviene precisar que el término “cierre” rara vez describe con exactitud lo que ocurre en Ormuz. En el Estrecho de Ormuz, su uso ha estado más vinculado a declaraciones políticas y percepciones del mercado. En la práctica, predominan restricciones, controles y episodios de alto riesgo. Esta distinción es clave. Permite comprender su dinámica sin simplificaciones.

La historia reciente confirma esa lectura. Durante la Guerra Irán-Irak, el tránsito continuó pese a ataques a buques, en la llamada “guerra de los petroleros”. En 2011-2012, Irán amenazó con bloquear el paso en respuesta a sanciones. Entre 2019 y 2020, incidentes con petroleros elevaron nuevamente la tensión. Más que cierres, han sido ciclos de restricción.
Hoy, más que abierto o cerrado, el estrecho opera bajo una condición de tránsito condicionado. Funciona, pero bajo vigilancia constante. Se mantiene, pero con márgenes de incertidumbre. Esta ambigüedad explica su impacto global. No hay interrupción total, pero tampoco normalidad plena.
Esa tensión se refleja en los mercados. El comportamiento del petróleo responde a factores que trascienden lo económico. Las expectativas se ajustan con rapidez. El comercio global incorpora el riesgo como parte de su dinámica. No es una anomalía. Es parte del funcionamiento actual.
Para la República Dominicana, esta realidad adquiere una dimensión concreta. El costo de los combustibles responde a estas variaciones. Cada cambio externo tiene una repercusión directa en la economía nacional. Esto impacta en la vida cotidiana. Y en sectores productivos clave.
Desde una perspectiva estratégica, el estrecho sigue siendo un punto de equilibrio. Irán ocupa una posición central, pero también enfrenta límites. Un cierre total tendría consecuencias amplias, incluso para sus propios intereses. Esto configura una tensión contenida. Un riesgo que no desaparece, pero se gestiona.
La presencia militar internacional forma parte de ese equilibrio. No elimina la incertidumbre, pero intenta encauzarla. Su permanencia refleja la importancia del tránsito marítimo. También evidencia la fragilidad del sistema. La estabilidad no es espontánea.
En el plano jurídico, las normas internacionales sostienen la libre navegación. Sin embargo, su aplicación depende del contexto político. En escenarios de tensión, esa garantía puede debilitarse. Esto introduce complejidad adicional. La legalidad convive con la incertidumbre.
En este contexto, el tema ha llegado al debate público. Durante un encuentro con la prensa, una periodista preguntó al presidente Luis Abinader: “Presidente, abrieron el estrecho de Ormuz, ¿qué representa esto para la República Dominicana?” La interrogante refleja una preocupación concreta. No es lejana. Es inmediata.
El mandatario saludó cordialmente sin detenerse, en medio de su agenda. El momento coincidía con el anuncio del congelamiento de los combustibles. Más allá de esa escena, el trasfondo permanece. El Estrecho de Ormuz vuelve a operar bajo restricciones. Y con ello, se reafirma una realidad más amplia: la estabilidad energética global no es un estado permanente, sino un equilibrio frágil que el mundo administra día a día.
jpm-am
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