Escuchar artículo
Una reflexión sobre la dignidad humana, la compasión y la esperanza
El pasado 27 de agosto, una amiga muy querida me sugirió que observara el eclipse lunar que comenzaría poco después de las nueve de la noche. No fue hasta cerca de las doce y media de la madrugada cuando pude contemplar la luna casi completamente cubierta por la sombra de la Tierra.
Aquella imagen me llevó a pensar en los acontecimientos preocupantes que suceden en el mundo, como si también la humanidad comenzara a ensombrecerse.
Al día siguiente, salí temprano a cumplir con mi acostumbrada caminata. Eran cerca de las seis de la mañana y, antes de que apareciera el sol, la luna aún permanecía suspendida en el cielo con una claridad extraordinaria. Después de haber alcanzado su plenitud y atravesado, apenas unas horas antes, la sombra de la Tierra, allí estaba de nuevo: serena y luminosa, como si la oscuridad de la noche se resistiera a despedirse.
Caminé mientras la contemplaba. Al terminar mi recorrido, la escena había cambiado: la luna se había acostado detrás del horizonte y, por el lado contrario, el sol comenzaba a resplandecer. No hubo lucha entre ambos. Uno simplemente cedió su lugar al otro. Y entonces pensé que quizás la naturaleza, en su lenguaje silencioso, estaba tratando de recordarnos algo.
También las épocas oscuras terminan.

Vivimos días inquietantes. En distintas partes del mundo reaparecen los tambores de guerra; la intolerancia ocupa espacios que creíamos conquistados por la razón; la indiferencia nos acostumbra al dolor ajeno y, demasiadas veces, miramos el sufrimiento de otros como si ocurriera en un planeta distinto al nuestro. Nos hace falta empatía. Nos hace falta compasión. Nos hace falta recordar que, antes de cualquier nacionalidad, raza, religión, ideología o condición económica, pertenecemos a una misma humanidad.
Pero, así como la luna termina por descender y el sol vuelve a levantarse, quiero creer que esta etapa también pasará. No porque la historia avance automáticamente hacia el bien, sino porque cada generación, cuando llega a sus límites, se ve obligada a preguntarse qué clase de mundo desea dejar a la siguiente. La sociedad tendrá que reinventarse. Tendremos que recuperar la convivencia como valor, el respeto como principio y la compasión como una forma superior de inteligencia.
Hace unos días recordaba en un artículo aquel grito extraordinario pronunciado en Santo Domingo por fray Antón de Montesinos en 1511. Frente al abuso cometido contra los habitantes originarios de esta isla, el fraile lanzó preguntas que atravesaron los siglos: «¿Éstos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales?». No estaba hablando únicamente de los indígenas sometidos. Estaba formulando una pregunta universal acerca de la dignidad humana.
Pregunta
Más de cinco siglos después, la pregunta continúa vigente. Cada vez que un ser humano es reducido a una raza, una bandera, una frontera, una religión, una ideología o una estadística de guerra, vuelve a ser necesario escuchar a Montesinos: ¿no es también un ser humano? ¿No siente miedo? ¿No ama? ¿No sueña? ¿No merece vivir con dignidad?
Esa misma pregunta reaparece, con una fuerza conmovedora, en una escena de La misión, película dirigida por Roland Joffé, protagonizada por Robert De Niro y Jeremy Irons y acompañada por la inolvidable música de Ennio Morricone. En ella vi por primera vez a Liam Neeson en un papel destacado. Un niño guaraní canta ante las autoridades. Su voz debería bastar para revelar la sensibilidad y la humanidad de aquel pequeño. Sin embargo, uno de los representantes del poder colonial responde despectivamente que un ruiseñor canta mejor que el niño.
La frase pretende disminuir al niño, pero termina revelando la pobreza espiritual de quien la pronuncia.
Porque cuando aquel niño canta, canta un ser humano que comienza a descubrir y expresar la inmensidad que lleva dentro. Pero cuando canta el ave —sea un loro, un ruiseñor o cualquier otra criatura— tampoco estamos ante algo inferior. Estamos escuchando otra manifestación del misterio de la vida.
Y aquí nace una reflexión que trasciende aquella escena: quizá nuestro gran error ha sido creer que para reconocer la dignidad del ser humano tenemos que disminuir al resto de la creación.

Yo prefiero verlo de otra manera
Cuando canta el niño, canta la creación consciente de sí misma. Cuando canta el ruiseñor, canta la naturaleza. Cuando corre el río, cuando el viento mueve las hojas, cuando el mar golpea las costas y cuando una luna llena permanece en el cielo esperando la llegada del amanecer, hay una misma fuerza vital manifestándose de distintas maneras.
Para quienes creemos en Dios, esa unidad adquiere una dimensión todavía más profunda: Dios no tiene por qué estar únicamente más allá del universo; podemos reconocer su huella en todo cuanto existe. En el ser humano, en el animal, en el árbol, en el agua, en la tierra y en ese cielo que cada mañana vuelve a enseñarnos que ninguna oscuridad es definitiva.
Sentirnos parte de esa creación debería hacernos más humildes. Si comprendiéramos verdaderamente que no somos dueños absolutos de la naturaleza, sino parte de ella; que el sufrimiento de otro ser humano de alguna manera empobrece nuestra propia humanidad; y que destruir aquello que nos rodea significa destruir también una parte de nosotros mismos, quizás actuaríamos de otra manera.
Seríamos más justos sin necesidad de que una ley nos obligara. Más compasivos sin preguntar primero de qué lado está quien sufre. Más cuidadosos con la naturaleza sin calcular únicamente cuánto dinero podemos extraer de ella. Más tolerantes con las diferencias porque comprenderíamos que la diversidad no amenaza la creación: la completa.
Montesinos gritó desde un púlpito hace más de quinientos años para despertar conciencias. El niño de La misión cantó para demostrar una humanidad que jamás debió necesitar demostración. Y esta mañana, mientras caminaba, la luna no dijo una palabra. Simplemente se fue acostando mientras el sol comenzaba a levantarse.
Tal vez las tres escenas hablan de lo mismo: De la necesidad de despertar.
De comprender que ninguna época de oscuridad está condenada a ser eterna, pero también que ningún amanecer llega a la conciencia humana sin nuestra participación. El sol puede salir todos los días por sí mismo; la luz moral de una sociedad, en cambio, tenemos que encenderla nosotros.
El mundo que vendrá dependerá de nuestra capacidad para volver a mirar al otro y reconocerlo como parte de nosotros. Dependerá de que sustituyamos la arrogancia por la empatía, la violencia por el diálogo, la indiferencia por la compasión y la explotación de la naturaleza por una convivencia respetuosa con ella.
Esta mañana vi acostarse la luna y levantarse el sol. Y quise interpretar aquel instante como una promesa: por muy larga que parezca la noche, siempre existe la posibilidad de un nuevo amanecer.
Pero esta vez no basta con esperarlo. Tenemos que merecerlo.
Nota de referencia: El sermón de fray Antón de Montesinos fue pronunciado en La Española en diciembre de 1511. En La misión (1986), la respuesta despectiva de Don Cabeza se refiere específicamente a un loro, no a un ruiseñor.
jpm-am
Compártelo en tus redes:

