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Meso-Mónica y el mito que cubre al gran repentista (OPINION)

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En las callejuelas empedradas del Santo Domingo de finales del siglo XVIII, allí donde el aroma de corambres curtidos se mezclaba con el salitre del Caribe, habitaba un hombre cuya lengua era más larga y afilada que su lezna de zapatero. Se llamaba Mónica Méndez, pero la historia —ese organismo vivo que a veces confunde los nombres con los deseos— terminó por convertirlo en Mesomónica, una figura envuelta en velos de leyenda que, con el paso de los siglos, el pueblo terminó por imaginar con faldas y voz de mujer.

Sin embargo, el Meso-Mónica real era un «moreno ingenuo», un zapatero remendón de manos callosas que habitó en el corazón de una ciudad colonial rígidamente estratificada. Su proeza no fue solo sobrevivir a la pobreza, sino asaltar los cielos del intelecto sin saber leer ni escribir.

Mientras remendaba calzado para los hombres de alcurnia, su mente vagaba por los pasillos de la Real y Pontificia Universidad Santo Tomás de Aquino. Aunque voces posteriores han procurado dotarlo de grados y títulos, se cuenta que se apostaba cerca de las cátedras, absorbiendo como una esponja las discusiones sobre teología, derecho y métrica española.

Lo que los doctos explicaban en latín y prosa pesada, él lo procesaba en el laboratorio de su ingenio y lo devolvía a la calle convertido en décimas espinelas perfectas. Fue él quien, antes que nadie, «aplatanó» la estructura de Vicente Espinel, dotándola de la malicia, el orgullo racial y la agudeza que hoy consideramos el ADN del pensamiento dominicano.

Su fama, que nos llega a través del rescate histórico de figuras como Federico Henríquez y Carvajal y José Gabriel García, nos permite comprender cómo este hombre común logró saltar las barreras de las castas que imperaban en la época. Aquellas jerarquías sociales se derretían ante su imponente lucidez.

El Brigadier Joaquín García, Gobernador de la colonia, no solo lo conocía, sino que lo sentaba a su mesa. Meso-Mónica era el invitado que no necesitaba títulos nobiliarios porque poseía la única aristocracia que no se hereda: la de la inteligencia natural.

Su ingenio no solo servía para el esparcimiento, sino que se convirtió en un baluarte de patriotismo frente a la incertidumbre política. Ante el Tratado de Basilea y la cesión de la isla a Francia en 1795, Meso-Mónica elaboró una poesía urbana cargada de simbolismo. Sus versos, que hoy se conservan en el Archivo General de Indias, funcionaron como un lamento colectivo por la orfandad de la tierra:

«España, madre querida,
¿cómo nos dejas así?
Si por ti diera la vida,
¿por qué te olvidas de mí?
Francia nos viene a mandar
con leyes que no entiendo,
y el alma me está doliendo
de solo verte marchar.»

Su capacidad de abstracción era tal que en una ocasión, frente a los hombres más connotados de la época, alguien intentó ponerlo a prueba preguntándole qué era Dios. El zapatero respondió con una imagen geométrica que aún hoy estremece por su precisión:

«Es un círculo que se entiende, que en todas partes se halla, cuyo centro a nadie atiende y cuya circunferencia a nadie falta».

Con el tiempo, la figura de Mónica Méndez sufrió una metamorfosis fascinante. El nombre «Mónica» y la valentía de sus respuestas frente al poder provocaron que la memoria colectiva lo feminizara. El mito devoró al hombre para crear una heroína del repentismo, una mujer negra que desafiaba al patriarcado y a la Iglesia. Pero rescatar al Meso-Mónica zapatero no le resta mérito a la leyenda; al contrario, lo engrandece. Nos habla de un precursor que, desde su humilde banco de trabajo, fue capaz de elevar el habla popular a la categoría de arte.

Hoy, cuando escuchamos a un decimero en cualquier rincón de nuestra geografía o celebramos la rapidez mental de un compatriota, estamos escuchando el eco de aquel hombre que murió a principios del siglo XIX.

Meso-Mónica sigue vivo, recordándonos que el ingenio es la herramienta más poderosa para que los «nadie» de la historia terminen siendo, por derecho propio, los dueños de la palabra. Él fue, sin duda alguna, la piedra angular sobre la cual se edificó la tradición de la décima popular dominicana; esa misma pradera donde, décadas más tarde, galoparía libremente el ingenio de Juan Antonio Alix, su heredero más directo y por qué no, el más glorioso.

jpm-am

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