Connect with us

Opinion

Trump y la inmigración: la batalla demográfica por el futuro de EE.UU. (2 de 2)

Published

on

Escuchar artículo

En la primera entrega analizamos cómo la caída de la natalidad, el envejecimiento acelerado y la pérdida de mayoría blanca están transformando la estructura demográfica de Estados Unidos, creando una presión creciente sobre la economía y sobre la capacidad del país para sostener su población activa.

En esta segunda parte examinaremos cómo esa transformación impacta la fuerza laboral, la reindustrialización, la política migratoria y el futuro político de la nación.

Porque para ningún observador socioeconómico y político es de extrañar que el discurso central de Donald Trump era hacer “América Grande otra vez” usando presión política para intentar recuperar la manufactura, y fortalecer la estructura industrial, con nuevas cadenas de suministro para competir con China, pero, él está olvidadando o mejor dicho olvidó que una fábrica no funciona solamente con capital: necesita personas.

Para tener una idea de lo que estamos tratando de explicar: El Bureau of Labor Statistics proyecta casi un millón de aperturas anuales en ocupaciones de producción entre 2024 y 2034, principalmente por jubilaciones y rotación laboral. En manufactura, los empleos de mecánicos industriales aumentarán en 41,200 puestos durante esa década, y para mecánicos en general, trabajadores de mantenimiento y millwrights, el organismo proyecta 54,200 aperturas anuales. La contradicción es evidente: la economía necesita más trabajadores justo cuando la política migratoria busca reducirlos.

Este nos presenta una aparente y extraordinaria contradicción si no vemos la parte racial y demográfica

En 2025, los trabajadores nacidos en el extranjero representaron 19.1% de toda la fuerza laboral civil estadounidense, una proporción que refleja la importancia estructural de la inmigración en el mercado laboral. Su participación laboral fue de 66.3%, frente a 61.6% entre los nacidos en Estados Unidos, lo que indica que los inmigrantes participan más activamente en la economía.

Esto no significa que todos los inmigrantes sean trabajadores calificados ni que la inmigración sea automáticamente una solución a todos los problemas laborales, pero sí significa que una quinta parte de la fuerza laboral estadounidense tiene origen extranjero. Reducir este componente tiene consecuencias económicas inevitables, especialmente en sectores donde la demanda de mano de obra es constante.

Donald Trump

Ahora tenemos que entender que no es solamente cuántos inmigrantes pueden ser deportados, sino quién ocupará los puestos que quedarán vacantes y cuánto costará sustituirlos.

La economía estadounidense depende de trabajadores que no aparecen por decreto.

La Casa Blanca quiere traer de regreso las fábricas, producir más dentro del país y reducir la dependencia de cadenas de suministro extranjeras, pero producir en Estados Unidos es más costoso que en economías con otras estructuras de costos. Una fábrica necesita tres cosas fundamentales: capital, tecnología y fuerza de trabajo (sea especializada, intelectualizada, etc..) y mientras el capital puede regresar y la tecnología puede comprarse o desarrollarse, pero los trabajadores no pueden fabricarse artificialmente ni tampoco la mecatrónica sustituirlos por así.

Atrapado

Por consiguiente la demografía vuelve a entrar por la puerta principal, dado que sin trabajadores suficientes la reindustrialización se convierte en un objetivo difícil de alcanzar. Estados Unidos está atrapado en una contradicción: tiene menos nacimientos, con una población que envejece, una necesidad creciente de trabajadores y una política migratoria que reduce una de sus principales fuentes de crecimiento en lo poblacional y laboral.

La población económicamente activa del futuro depende de las generaciones que nacen hoy, y esas generaciones están disminuyendo.

Por eso el debate migratorio no puede separarse de la realidad demográfica.

El inmigrante no es solamente el adulto que cruza una frontera, sino también su hijo y el hijo de ese hijo, que nacen en Estados Unidos y se convierten en ciudadanos estadounidenses. Millones de personas nacidas en Estados Unidos de familias inmigrantes forman parte del futuro del país y no pueden ser eliminadas mediante deportaciones o la negociación de su ciudadanía.

Esa población tiene derecho y votará aquí, y con ese voto entra el componente racial, trabajará, pagará impuestos, consumirá, servirá en las Fuerzas Armadas y ocupará posiciones de poder, influyendo en la definición de lo que será la nación.

Es por ello que, la demografía es también poder diferido, porque los cambios poblacionales de hoy se convierten en cambios políticos mañana.

Aunque sería de mi parte irresponsable afirmar, sin evidencia directa, que Donald Trump ejecuta una política migratoria exclusivamente para conservar la mayoría o supremacía blanca, pero sería ingenuo ignorar el contexto demográfico en el que esa política ocurre.

La población blanca no hispana podría representar menos de la mitad del país para 2060, lo que implica una pérdida de mayoría, en el congreso, las alcaldías, gobernaciones y cada junta distritales de jueces, fiscales, y policías.

Por eso es que debemos preguntarnos: ¿hasta qué punto el endurecimiento migratorio es también una reacción política ante la velocidad del cambio demográfico?

Estados Unidos tiene derecho a controlar sus fronteras, combatir la inmigración ilegal y establecer prioridades migratorias, pero reconocer ese derecho no obliga a ignorar las consecuencias demográficas de esas políticas.

La ley determina quién entra, pero la demografía determina qué sucede después, porque menos inmigración significa menos crecimiento, y menos nacimientos significa menos reemplazo. Pero más envejecimiento significa más presión laboral y un cambio en la composición racial significa un cambio en la estructura política en los distintos distritos a nivel nacional del país.

La discusión migratoria hay que analizarla en dos dimensiones: una jurídico-política y otra la demográfica.

En todo esto la primera pregunta es: ¿quién tiene derecho a estar dentro del territorio? mientras que la segunda sería ¿quiénes constituirán la nación del futuro?

El presidente Donald Trump ha convertido la inmigración en uno de los grandes campos de batalla de la política estadounidense, pero la verdadera batalla está ocurriendo en otro lugar: en las salas de maternidad, en las estadísticas de natalidad, en las fábricas que necesitan trabajadores, en las universidades que gradúan más extranjeros, formando técnicos e ingenieros, en los barrios donde crecen nuevas generaciones y en las urnas donde esos ciudadanos votarán.

La frontera determina quién entra, la política migratoria determina quién se queda, la natalidad determina quién nace y la economía determina quién puede trabajar, pero la demografía determina cuál será la nación.

Por eso la pregunta ya no puede ser solamente “¿A quién dejamos entrar?”, sino también “¿Qué en Estados Unidos estamos construyendo con quienes entran, con quienes nacen y con quienes ya están aquí?”.

Detrás de la batalla migratoria hay una batalla más silenciosa: una batalla por trabajadores, una batalla por ciudadanos, una batalla por generaciones, una batalla por el poder político y, en última instancia, una batalla por el futuro demográfico —entre las distintas etnias— del país.

jpm-am

Compártelo en tus redes:

ALMOMENTO.NET publica los artículos de opinión sin hacerles correcciones de redacción. Se reserva el derecho de rechazar los que estén mal redactados, con errores de sintaxis o faltas ortográficas.

Copyright © 2026 Jacqueline Lamarche