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El Consulado, una casa de citas políticas (OPINION)

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Si usted quiere saber dónde termina la meritocracia y empieza el botín político en la República Dominicana, no mire a los ministerios. Mire a los consulados.

El servicio exterior dominicano, y en particular el servicio consular, hace décadas que dejó de ser servicio y dejó de ser exterior. Es simplemente una casa de citas políticas. Una agencia de colocación de amigos, de compañeritos de partido, de recaudadores de campaña, de esposas de, de hijos de, de amantes de, de perdedores de candidaturas que hay que compensar con algo que pague en dólares.

Nadie va a un consulado porque sepa de diplomacia consular. Van porque saben de lealtad partidaria.

LA NÓMINA QUE NADIE SE ATREVE A PUBLICAR

Hagamos un ejercicio simple. Pida usted la nómina real de cualquier consulado grande: Nueva York, Boston, Miami, Madrid.

No la nómina que publican maquillada. La real. La que incluye a los vicecónsules, a los auxiliares consulares, a los «asesores», a los «enlaces comunitarios», a los que están nombrados en Cancillería pero cobran por el consulado.

¿Qué va a encontrar?

Va a encontrar que de 80 empleados, 70 no atienden público. Que 60 no saben hacer un trámite consular sin preguntar. Que 40 viven en República Dominicana y cobran aquí. Que 20 fueron nombrados el mismo día, justo después de las elecciones. Y que apenas 10 son los que de verdad trabajan, los que sostienen la institución mientras los demás cobran.

Va a encontrar periodistas nombrados para que no ataquen, abogados nombrados para que defiendan al partido en los medios de la diáspora, activistas comunitarios comprados para que movilicen gente cuando viene el Presidente, ex candidatos a regidor que perdieron pero que «hay que resolverles».

El autor es periodista, jefe de redacción de ALMOMENTO.NET. Reside en Nueva York

Eso no es un consulado. Eso es una casa de citas políticas donde cada puesto se paga con una relación, no con una capacidad.

EL PRECIO DE LA CITA

En esa casa de citas todo tiene precio, aunque no sea en efectivo.

¿Usted aportó 5 millones a la campaña? Le toca un viceconsulado en Orlando. ¿Usted es la esposa del jefe de campaña de la provincia? Le toca encargada de cultura en Paterson. ¿Usted perdió la alcaldía pero movilizó 200 votos en Nueva Jersey? Le toca cónsul en un lugar pequeño pero con visa diplomática. ¿Usted es locutor y le hizo jingles al candidato? Nombrado como auxiliar con 2,500 dólares mensuales.

Y así se va armando el cuerpo consular dominicano: no por concurso, no por examen, no por carrera diplomática. Por cita.

El resultado lo paga la diáspora. Porque cuando usted, dominicano que trabaja 60 horas a la semana en un factoría en Lawrence o manejando un taxi en Queens, llega al consulado a sacar un pasaporte, no lo atiende un profesional. Lo atiende el primo de un diputado que está ahí porque su primo lo recomendó. Que no habla inglés, que no conoce la ley migratoria americana, que no tiene idea de qué es la protección consular, y que lo mira como si usted le estuviera haciendo un favor por interrumpirle el café.

Usted paga 200 dólares por un pasaporte que a Estados Unidos le cuesta 130 y que a España le cuesta 30 euros, para mantener esa casa de citas.

EL CÓNSUL-GERENTE DE CAMPAÑA

El peor daño de esta prostitución del servicio consular no es económico. Es político.

Como el cónsul sabe que llegó ahí por una cita política, no por mérito, entiende que su trabajo no es servir a la comunidad, sino mantener viva su cita. Y eso significa convertir el consulado en un comité de base en el exterior.

El consulado deja de ser una oficina neutral del Estado dominicano y se convierte en una oficina de campaña permanente del partido de turno.

Los operativos, los reconocimientos, los encuentros, las fotos, todo se hace pensando en las próximas elecciones. Solo se invita a los compañeros. Solo se reconoce a los compañeros. Solo se ayuda a los compañeros. Si usted es de la oposición, si usted critica, si usted es independiente, usted no existe para el consulado. Aunque sea más dominicano que Duarte.

Por eso el consulado nunca une a la diáspora. La divide. Porque es una casa de citas de un solo partido. Cuando cambia el gobierno, botan a todos los del otro partido y meten a los nuevos compañeros. Borran todo. Empiezan de cero. No hay continuidad institucional porque nunca hubo institución. Solo hubo citas.

¿Y LA CARRERA CONSULAR?

Existe en la ley. En el papel. La Ley 630-16 sobre el Ministerio de Relaciones Exteriores habla de carrera diplomática, de concursos, de escalafón, de profesionalización. Es una ley hermosa que nadie cumple.

En la práctica, la carrera consular es una carrera de obstáculos donde gana el que tiene mejor padrino. Tenemos diplomáticos de carrera, formados, con maestrías, con idiomas, pudriéndose en un escritorio en Santo Domingo ganando 50 mil pesos, mientras un bachiller que nunca ha leído la Convención de Viena sobre Relaciones Consulares es cónsul general en una de las ciudades más importantes del mundo porque es amigo del Presidente.

Esa es la burla más grande a la diáspora. A la diáspora que se fajó estudiando, que se hizo profesional en Estados Unidos y Europa, que habla dos y tres idiomas, le mandamos como su representante a alguien que no puede escribir dos párrafos sin faltas ortográficas, pero que sí tiene una foto abrazado con el candidato.

HAY QUE CERRAR LA CASA DE CITAS

La solución no es cambiar al cónsul. Es cerrar la casa de citas.

La diáspora necesita una ley que establezca que al menos el 80% del personal consular sea de carrera, por concurso público. Que se publique cada mes, en línea, quién trabaja en cada consulado, cuánto gana y qué hace. Que el precio de los servicios consulares sea auditado y se explique por qué un dominicano paga tres veces más que un salvadoreño por el mismo documento. Que se prohíba el proselitismo partidario con recursos consulares. Que el cónsul sea evaluado por la comunidad a la que sirve, no solo por el partido que lo nombró.

Mientras eso no ocurra, seguiremos teniendo lo que tenemos: consulados caros, ineficientes, politizados y arrogantes. Oficinas de lujo en dólares para premiar lealtades que nunca sirvieron a la patria, solo al partido.

Y la diáspora seguirá mirándolos desde fuera, como lo que son: una casa de citas políticas que funciona con el dinero de los que nunca fueron invitados a la cita.

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