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Un imperio es una unidad política que extiende su poder sobre territorios y pueblos mediante la conquista, la dominación o la influencia. El imperialismo, por su parte, establece relaciones desiguales entre naciones, donde una ejerce poder económico, político o militar sobre las demás.
La ósmosis es el fenómeno mediante el cual una sustancia atraviesa una membrana semipermeable desde una zona de mayor concentración hacia otra de menor concentración, hasta alcanzar un equilibrio. Aplicada como metáfora política, permite comprender cómo una estructura puede deteriorarse desde adentro sin necesidad de que un enemigo la destruya desde afuera.
Estados Unidos no es formalmente un imperio, pero durante más de un siglo ha ejercido una influencia imperial sobre buena parte del mundo mediante su poder militar, económico, financiero, tecnológico y diplomático. Su hegemonía se construyó sobre instituciones fuertes, capacidad económica, alianzas internacionales y, sobre todo, la confianza que inspiraba su sistema.
¿Por qué fracasan los imperios?
La historia confirma que todo imperio que se creyó eterno terminó, tarde o temprano, enterrado bajo su propio peso. No necesariamente caen por enemigos invencibles. Muchas veces comienzan a caer cuando el poder genera exceso de confianza, arrogancia, corrupción y pérdida de cohesión interna.
Ibn Jaldún explicó este proceso mediante la asabiyya, la cohesión que permite a un grupo conquistar y construir poder. Después llega la prosperidad; las generaciones siguientes se acomodan, disminuye la cohesión, aumentan el lujo y las luchas internas y, finalmente, el poder se vuelve vulnerable.
¿Qué está ocurriendo dentro de EE.UU..

La respuesta puede encontrarse en una política que, en lugar de fortalecer sus propias estructuras, las somete progresivamente a una presión interna. La confrontación permanente, la polarización política, el debilitamiento de la confianza institucional, el enfrentamiento entre poderes del Estado y una política exterior basada cada vez más en la imposición están erosionando el mismo capital político que permitió a Estados Unidos ejercer su liderazgo mundial.
La política arancelaria es un ejemplo. El uso de los aranceles como instrumento de presión contra aliados y adversarios puede terminar encareciendo productos, provocando represalias y debilitando las relaciones comerciales. Canadá, por ejemplo, enfrenta la amenaza de nuevos aranceles estadounidenses del 50 % sobre determinados productos a partir del 19 de agosto.
Pérdida de confianza
Cuando un país comienza a utilizar su poder para presionar a sus aliados, desafiar instituciones, dividir a su propia sociedad y convertir cada diferencia política en una batalla existencial, la fortaleza empieza a transformarse en fragilidad.
Eso es la ósmosis política: el deterioro no llega necesariamente desde afuera. Se filtra desde el interior, atraviesa las instituciones y termina afectando la estructura completa.
El peligro para Estados Unidos no es que China, Rusia, Irán u otra potencia puedan destruirlo militarmente. El verdadero peligro es que la política equivocada consiga hacer desde dentro lo que ningún enemigo extranjero ha podido hacer desde fuera: destruir la confianza, dividir a la sociedad, debilitar las instituciones y convertir la hegemonía en aislamiento.
Los imperios no siempre mueren cuando pierden una guerra. A veces comienzan a morir cuando dejan de reconocer sus propios límites. Y cuando el poder confunde la fuerza con la razón, la imposición con el liderazgo y la obediencia con la lealtad, comienza a cavar su propia sepultura.
A veces basta con una política equivocada que, por ósmosis, termine convirtiendo su propia fortaleza en el instrumento de su autodestrucción.
jpm-am
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