Opinion
Viajes presidenciales: entre el escepticismo y los resultados
El 16 de agosto de 1982 marcó no solo el inicio del gobierno de Salvador Jorge Blanco, sino también el comienzo de una experiencia profesional que me permitió observar, desde dentro, una de las prácticas más cuestionadas —y a la vez necesarias— de la gestión pública: los viajes internacionales de los jefes de Estado.
Asignado a cubrir el Palacio Nacional para el periódico Hoy, bajo la dirección entonces de Virgilio Alcántara, pasé 27 años siguiendo de cerca a los presidentes dominicanos, acompañándolos dentro y fuera del país. Esa trayectoria me permitió ver más allá de los titulares y entender la lógica —y también las debilidades— de esas giras.
Durante décadas, la opinión pública dominicana ha sido profundamente escéptica frente a los resultados de los viajes presidenciales. Y no sin razones.
En muchos casos, los anuncios que se hacían al cierre de cada visita eran grandilocuentes: promesas de inversión, acuerdos estratégicos, iniciativas de cooperación. Sin embargo, con frecuencia esos compromisos no se materializaban o tardaban demasiado en hacerlo.
A esto se sumaban factores que alimentaban la crítica: comitivas numerosas, estancias prolongadas y una percepción de desconexión entre lo anunciado y lo ejecutado. No solo los ciudadanos cuestionaban estas giras; también líderes políticos, muchos de ellos aspirantes presidenciales, se convertían en duros críticos… hasta que les tocaba gobernar.
El caso de Hipólito Mejía es ilustrativo. Fue un fuerte cuestionador de los viajes de Leonel Fernández, pero al llegar al poder no solo mantuvo la práctica, sino que la superó en número de salidas.

La diferencia, sin embargo, no estaba en la cantidad, sino en el enfoque. Fernández tenía una agenda claramente orientada a la promoción del país como destino de inversión, con encuentros estructurados con empresarios y líderes internacionales. Mejía, en cambio, proyectaba un estilo más espontáneo, menos centrado en ese objetivo específico.
Son detalles que parecen menores, pero que reflejan estilos de gestión. Recuerdo, por ejemplo, cómo Leonel Fernández no dejaba de visitar librerías en cada ciudad, mientras Mejía encontraba espacio para recorrer centros comerciales. Son símbolos, si se quiere, de formas distintas de ejercer el poder, incluso en el exterior.
Pero sería injusto reducir el análisis a anécdotas o críticas. Incluso en los años de Joaquín Balaguer, quien viajaba poco, existía una estrategia de representación internacional. Delegaba en su vicepresidente, Jacinto Peynado, quien asumía la tarea de promover al país en escenarios externos. Fui testigo de varias de esas misiones.
Danilo
Con la llegada de Danilo Medina en 2012, se produjo un cambio importante: viajes más cortos, comitivas reducidas y una agenda más concreta. Ese estilo contribuyó a modificar la percepción pública. La idea de viajes más austeros y enfocados comenzó a generar mayor aceptación. Esa línea ha sido mantenida por el actual presidente Luis Abinader.
Hoy, cuando se observan los niveles de inversión extranjera que recibe República Dominicana, es necesario mirar el proceso en perspectiva. No se trata de resultados aislados ni de una gestión en particular. Es el fruto de años de promoción, de discursos reiterados, de presencia constante en escenarios internacionales.
La estabilidad política y económica ha sido clave, sin duda. Pero también lo ha sido esa labor persistente de mostrar al país, de vender sus ventajas, de generar confianza. Durante años se insistió en turismo y zonas francas. Hoy, el panorama comienza a ampliarse.
El anuncio reciente de un proyecto aeroespacial en Oviedo, Pedernales, fue recibido con escepticismo, como tantas otras iniciativas en el pasado. Pero esta vez, los inversionistas han dado la cara, han hablado de cifras y plazos. Falta lo más importante: que se ejecute.
Al final, los viajes presidenciales no son el problema. El problema ha sido, muchas veces, la falta de seguimiento. Porque en política, como en la vida, no basta con anunciar; hay que cumplir. Y cuando eso ocurre, el tiempo —y los resultados— terminan cambiando la percepción.
jpm-am
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