Escuchar artículo
Octubre es el mes dedicado al Rosario, aunque estamos invitados por la Madre a rezarlo siempre. Ya finalizando el mes, optamos por comentar un poco sobre las bondades de esta bellísima devoción.
Lo primero que debemos resaltar es que es mariana, pero sobre todo cristológica. Junto a María recorremos los misterios de la vida de Jesús pidiendo su intercesión por nuestras necesidades. Es oportuno, si hablamos del Rosario, que lo hagamos de la Virgen María. Definitivamente, Ella es un ser especial.
Observando la historia de la Salvación, vemos la importancia tan grande que tiene la intercesión de María Santísima en bien de la humanidad. Solo el haber sido escogida por Dios para ser la Madre de su Hijo y el hecho de haber aceptado su voluntad permitió que nuestro Señor Jesús viniera al mundo y nos redimiera.
A través de su intercesión, Jesús hizo su primer milagro en las Bodas de Caná, e innumerables milagros a través de los tiempos. Consagrarnos a Ella y pedir su intercesión a través del Rosario es gran sabiduría.
Es llamada la omnipotencia suplicante. Ella nos acerca y aproxima a Jesucristo. Y no es para menos, si descubrimos el tesoro de nuestra Madre María: el secreto que encierra su gran humildad y sencillez. Su ejemplo de vida y su silencio. El no querer figurar, sino ser, estar, amar, interceder y servir siempre. Su vida de oración, que se perpetúa desde el cielo sirviéndonos de Abogada ante Dios. Estamos en el mes del Rosario, su oración predilecta.

Así lo pudimos descubrir a través de un librito pequeño pero profundo, porque invita al lector a encontrarse con Ella en la oración del Rosario, escrito por un gran amigo de Ella, San Luis María Grignion de Montfort, y titulado: *El secreto admirable del Santísimo Rosario*.
El santo afirma con rotundidad: «La práctica del Santo Rosario es grande, sublime y divina. El Cielo nos la ha dado para convertir a los pecadores más endurecidos y a los herejes más obstinados». Y añade una promesa que ha consolado a innumerables almas: «Si rezáis el Rosario fielmente hasta la muerte, os aseguro que, a pesar de la gravedad de vuestros pecados, recibiréis una corona de gloria imperecedera».
Montfort no duda en asegurar que quien persevera en esta oración, aunque se encuentre al borde de la condenación, acabará convirtiéndose si reza el Rosario cada día con el deseo de conocer la verdad y obtener el perdón.
María es el medio más seguro, el más fácil, el más corto y el más santo para llegar a Jesucristo. En otras palabras, el mejor atajo. No confundamos esto que nos dice el santo. Es decir, no contradice las palabras de nuestro Señor Jesucristo cuando nos dice: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida». Lo que debemos entender es que María es el mejor atajo para llegar a Jesús.
De hecho, por Ella el Padre nos entregó a Jesús. Por su intercesión, Jesús hizo su primer milagro en las Bodas de Caná de Galilea. Con esta acción, Jesús nos revela su debilidad por su Madre; en la cruz nos la entrega en Juan, queriéndonos mostrar que es nuestra Madre en el Espíritu y que nos cobijemos bajo su manto.
Ella nos ha regalado el Rosario para que meditemos con Ella los misterios y las virtudes de la vida, muerte, pasión y gloria de su Hijo Jesús, a la vez que pedimos su intercesión. Hoy más que nunca se hace urgente que la invoquemos mediante el Rosario e imitemos en nuestros actos, por ser Madre de Dios y madre nuestra.
Testimonios
Los santos de todos los tiempos han experimentado y proclamado con fuerza el poder de esta oración. San Padre Pío de Pietrelcina, que llevaba casi siempre el rosario en sus manos estigmatizadas, lo llamaba «el arma para estos tiempos». Solía decir: «Amen a la Virgen y háganla amar. ¡Reciten siempre el Rosario!».
Y añadía con convicción: «Algunos son tan necios que creen poder pasar por la vida sin la ayuda de la Santísima Virgen. Amen a la Madonna y recen el Rosario, porque su Rosario es el arma contra los males del mundo de hoy. Todas las gracias dadas por Dios pasan a través de la Santísima Madre». Para este gran místico, el Rosario no era una simple repetición de oraciones, sino un verdadero escudo espiritual y el billete de entrada al Paraíso.
Santa Teresita del Niño Jesús, con su estilo sencillo y profundo, nos ofrece una imagen hermosa: «Con el Rosario se puede alcanzar todo. Según una graciosa comparación, es una larga cadena que une el Cielo y la tierra, uno de cuyos extremos está en nuestras manos y el otro en las de la Santísima Virgen.
Mientras el Rosario sea rezado, Dios no puede abandonar al mundo, pues esta oración es muy poderosa sobre su Corazón». Esta cadena de amor que une el cielo y la tierra nos recuerda que cada Ave María que pronunciamos con fe es recogida por María y presentada ante el trono de Dios.
San Pío X, el Papa de la Eucaristía y de la infancia espiritual, no dudó en afirmar: «El Rosario es de todas las oraciones la más bella, la más rica en gracias y la que más complace a la Santísima Virgen». Y añadía un consejo pastoral de gran actualidad: «Si quieren que la paz reine en sus familias y en su patria, recen todos los días el Rosario con todos los suyos».
San Juan Bosco, educador de la juventud, llegó a decir: «Sobre la devoción de la Virgen y el rezo del Rosario se basa toda mi obra educativa. Preferiría renunciar a cualquier otra cosa, antes que al Rosario». Para él, el Rosario no era un complemento opcional, sino el fundamento mismo de la formación cristiana.
San Francisco de Sales, doctor de la Iglesia y maestro de la devoción suave, confesaba: «Rezar mi Rosario es mi más dulce ocupación y una verdadera alegría, porque sé que mientras lo rezo estoy hablando con la más amable y generosa de las madres». Y San Alfonso María de Ligorio, gran devoto de María, enseñaba que el Rosario es uno de los medios más poderosos para aliviar a las almas del Purgatorio y alcanzaba las mejores conversiones de pecadores mediante esta oración.
El mismo Santo Domingo de Guzmán, a quien la tradición atribuye la difusión del Rosario, escuchó de labios de la Virgen estas palabras de aliento: «Estás viendo el fruto que he conseguido con la predicación del Santo Rosario; haz lo mismo, tú y todos los que aman a María, para de ese modo atraer todos los pueblos al pleno conocimiento de las virtudes».
Y San Juan Pablo II, que hizo del Rosario su oración predilecta, escribió: «El Rosario es mi oración predilecta. ¡Plegaria maravillosa! Maravillosa en su sencillez y en su profundidad». Para este santo pontífice, aunque el Rosario es claramente mariano, es en el fondo una oración centrada en Cristo, un compendio del Evangelio.
Todas estas voces de la Iglesia nos invitan a no quedarnos en una devoción superficial. El Rosario no es un acto mecánico ni una mera repetición de palabras. Es contemplación de los misterios de Cristo junto a María, es diálogo filial con la Madre, es arma espiritual en medio de las batallas de la vida y es camino seguro de santidad. Cuando lo rezamos con atención y amor, no solo pedimos favores; nos dejamos transformar por Aquel a quien contemplamos a través de los ojos de su Madre.
Que el rezo perseverante del Rosario sea en nuestras familias y en nuestra patria fuente de paz, de conversión y de esperanza.
Demostremos nuestra devoción no como un acto externo, sino interno y conmovedor, que salga desde lo profundo de nuestras almas. Que cada Ave María sea un acto de amor confiado, cada misterio una escuela de virtudes y cada Rosario un paso más cerca de Jesús por las manos de María.
Porque, como nos enseñan los santos, no hay camino más seguro, más fácil ni más santo para llegar a Cristo que el que pasa por el Corazón Inmaculado de su Madre.
jpm-am
Compártelo en tus redes:

