Politica
Ramón Alburquerque: El último de los robles de la dialéctica
Por Juan (Tomás) Aybar
Conocí a Ramón Alburquerque en el fragor del activismo político de los años ochenta, una época donde la política se forjaba con ideas de hierro y voluntades de roca. Desde aquellos primeros encuentros, fue evidente que me encontraba ante un hombre de una firmeza inquebrantable, cuya integridad rayaba con esa natural flexibilidad que suele definir al ser político.
En ese entonces nació mi respeto hacia él, pero el destino guardaba un escenario mayor para transformar ese respeto en una admiración profunda y duradera que hoy, ante su partida, se convierte en un legado imperecedero.
Esa admiración se consolidó definitivamente en 1999, bajo el estruendo de los acontecimientos de la Liga Municipal Dominicana (LMD). En medio de la tensión y el conflicto, surgió aquel grito de «¡entren to’, coño!», una frase que quedó grabada en el imaginario colectivo nacional.
Sin embargo, más allá de la estridencia del momento, lo que realmente impactó fue el coraje indómito de su acción. Alburquerque demostró ser un hombre de convicciones verticales, alguien capaz de poner el pecho frente a la adversidad con el único fin de defender los intereses del pueblo y la institucionalidad democrática.
Nacido el 5 de junio de 1949 en la tierra de Monte Plata, Ramón no solo fue un hijo de su provincia, sino un arquitecto del Estado moderno.
Su paso por el Senado de la República durante cuatro períodos consecutivos no fue un ejercicio de mera presencia, sino de cátedra legislativa. Como presidente de la Cámara Alta, su voz no solo representaba un voto, sino una brújula técnica y política que guiaba el debate nacional con una lucidez que pocos han logrado igualar en la historia contemporánea de nuestra nación.
Su liderazgo trascendió las paredes del Congreso para cimentarse en la presidencia del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), desde donde ejerció una dirección estratégica marcada por el rigor doctrinal.
En un periodo de transformaciones profundas, Alburquerque se erigió como el guardián de la mística peñagomista, defendiendo la institucionalidad partidaria con una disciplina espartana. Su mérito no radicó solo en la dirección, sino en su capacidad para elevar el nivel del debate interno, exigiendo siempre que la política estuviera subordinada a la preparación intelectual y al servicio ético, consolidándose como el ideólogo de la resistencia y la coherencia.
Su figura se erige hoy como la de un roble que resistió todas las tormentas, manteniéndose fiel a su esencia incluso cuando los vientos del pragmatismo intentaban doblegarlo.
Alburquerque personificó la política entendida como un servicio de alto rigor intelectual, donde la oratoria no era un adorno, sino un arma cargada de verdad y compromiso social. Fue, sin lugar a dudas, un intelectual de la acción, alguien que supo traducir los conocimientos científicos y técnicos al lenguaje del bienestar común y la soberanía popular.
Hoy, con el corazón apretado por la tristeza, lamento profundamente su deceso. Despedimos a un titán, pero su recuerdo permanece vivo en la memoria de quienes fuimos testigos de su verticalidad.
Lo despido con el mayor de los respetos y una admiración que trasciende el tiempo, honrando la vida de un hombre que nunca conoció el miedo cuando se trataba de defender la dignidad dominicana.
Su ausencia deja un vacío inmenso en la dialéctica nacional, pero su ejemplo seguirá siendo el norte para las futuras generaciones de patriotas.
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