Connect with us

Opinion

Ortega y Gasset: la libertad y sus límites

Published

on

Escuchar artículo

Por Demí Félix Domínguez

Hay libros cuya grandeza no reside únicamente en la repercusión que tuvieron en la época en que fueron escritos, sino en la sorprendente vigencia de su diagnóstico. La rebelión de las masas, publicada por José Ortega y Gasset en 1930, pertenece a esa categoría de obras que parecen explicar mejor nuestro presente que el tiempo en que nacieron. Leerla hoy produce la sensación de descubrir que muchas de las patologías que atribuimos a la era digital habían sido diagnosticadas casi un siglo atrás.

Su lectura atenta revela una preocupación: la degradación de las sociedades cuando el hombre abdica de la obligación de pensar, de cultivarse y de exigirse a sí mismo, mientras reclama derechos cada vez más amplios —derechos ilimitados, diría Ortega— sin asumir las responsabilidades que necesariamente los acompañan. Su crítica se dirige al hombre-masa: aquel individuo que, satisfecho con la comodidad de la opinión dominante, renuncia a la autocrítica, a la exigencia intelectual y a la responsabilidad moral.

Conviene aclarar que Ortega nunca identificó la masa con una clase social ni con el número de personas. El hombre-masa no es quien forma parte de una multitud, sino quien renuncia a la disciplina del pensamiento y a la obligación de superarse. Se trata de una actitud frente a la vida.

Frente a ello, Ortega defendía la excelencia como una permanente exigencia hacia uno mismo. No el privilegio, sino el esfuerzo; no una aristocracia de sangre, sino una aristocracia del mérito. Esa dinámica saludable entre quienes elevan el nivel intelectual de una sociedad y quienes aspiran a alcanzarlo constituye, para el filósofo español, uno de los motores del progreso de la civilización.

Hoy vivimos una paradoja inédita. Nunca antes había sido tan sencillo acceder al conocimiento y, sin embargo, con frecuencia confundimos la gimnasia con la magnesia: equiparamos información con conocimiento, opinión con criterio y popularidad con autoridad. Ortega describe, además, el fenómeno de la aglomeración del lleno: la ocupación de todos los espacios por la masa. Hoy esa aglomeración ya no ocurre únicamente en las calles o en la vida pública; también invade el espacio digital.

La abundancia de información y la facilidad de acceso no siempre se traducen en una comprensión más profunda. Con frecuencia sucede lo contrario: la saturación favorece un consumo acelerado, descontextualizado y emocional de los contenidos. La velocidad con la que circulan las ideas termina sustituyendo el tiempo indispensable para comprenderlas.

Ortega advertía, precisamente, contra la tentación de hacer tabla rasa de aquello que ha requerido siglos de construcción. Las instituciones, las garantías procesales y las normas de convivencia no surgieron por generación espontánea. Son el resultado de una larga experiencia histórica destinada a contener tanto los excesos del poder como los excesos de la multitud.

Es precisamente al reflexionar sobre esa “plenitud de los tiempos” cuando Ortega recuerda la célebre respuesta del emperador Trajano a Plinio, quien le consultó cómo debía proceder frente a las denuncias formuladas contra los cristianos:

Sine auctore vero propositi libelli in nullo crimine locum habere debent; nam et pessimi exempli nec nostri saeculi est.

Es decir:

Las denuncias sin autor no deben tener cabida en ningún proceso, porque constituyen un pésimo precedente y no son propias de una sociedad civilizada.

Resulta llamativo que una práctica considerada indigna para el Imperio romano hace casi dos mil años siga planteando hoy los mismos dilemas. Trajano comprendió que admitir acusaciones sin un denunciante identificable no fortalecía la justicia; debilitaba sus propios fundamentos.

Conviene hacer aquí una distinción: no es lo mismo anonimato que confidencialidad. La confidencialidad protege la identidad del denunciante frente a posibles represalias, preservando al mismo tiempo la posibilidad de verificar su existencia y exigir responsabilidad por sus afirmaciones. El anonimato, por el contrario, elimina esa posibilidad. Son conceptos distintos y moralmente incompatibles.

No se trata de desalentar la denuncia ni de debilitar los mecanismos de control ciudadano. Todo lo contrario. Una sociedad libre necesita ciudadanos que denuncien cuando corresponde, pero también ciudadanos capaces de responder por aquello que afirman. Porque ningún derecho puede sobrevivir cuando se divorcia de la responsabilidad que legitima su ejercicio.

A ese riesgo se suma otro, quizá de consecuencias aún más profundas: el inmenso poder de quien logra controlar la narrativa. Maurice Joly lo advirtió en Diálogo en el Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu, al poner en boca de Maquiavelo una de las descripciones sobre la manipulación de la opinión pública:

“Como el Dios Vishnú, mi prensa tendrá cien brazos; y esos brazos se darán la mano con todos los matices de la opinión, cualquiera que sea, sobre la superficie entera del país. Quienes crean hablar su lengua hablarán la mía; quienes crean marchar bajo su propia bandera, estarán marchando bajo la mía”.

La advertencia describe cómo opera la manipulación de la opinión, mediante instrumentos capaces de amplificar emociones, fabricar consensos aparentes y conducir a las personas sin que estas adviertan que han dejado de pensar por sí mismas. Si ayer el instrumento privilegiado era la prensa, hoy lo son también la tecnología, las redes sociales y los algoritmos.

Volviendo al protagonista de este artículo y a esa extraordinaria capacidad con la que Ortega anatomiza los fenómenos sociales, en Meditaciones del Quijote afirma: “Toda ética que ordene la reclusión perpetua de nuestro albedrío dentro de un sistema cerrado de valoraciones es, ipso facto, perversa”.

Quizá ese sea el verdadero peligro de las masas: la facilidad con que la responsabilidad individual puede disolverse en ellas. Allí donde cada uno deja de responder por sus propios actos, la opinión sustituye al juicio, la emoción reemplaza a la razón y la multitud comienza a ocupar el lugar de la conciencia. Es entonces cuando una sociedad corre el riesgo de convertir la justicia en una guillotina o en una horca, que pretenda erigirse en un arco triunfal.

Las libertades públicas, las garantías procesales y la responsabilidad individual forman parte de un delicado equilibrio construido durante siglos. Derribar esas barreras en nombre de una aparente eficacia equivale a desmontar, pieza por pieza, los cimientos que hicieron posible la civilización del derecho.

Tal vez esa sea la mayor enseñanza que Ortega nos lega. Las sociedades comienzan a deteriorarse cuando olvidan que cada derecho exige una responsabilidad equivalente. La libertad sin límites y sin responsabilidad termina convirtiéndose, lentamente, en una de las formas más eficaces de su propia destrucción.

jpm-am

Compártelo en tus redes:

ALMOMENTO.NET publica los artículos de opinión sin hacerles correcciones de redacción. Se reserva el derecho de rechazar los que estén mal redactados, con errores de sintaxis o faltas ortográficas.

Copyright © 2026 Jacqueline Lamarche