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Opinión: Mayoría dominicanos residen en barrios segregados
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La diáspora dominicana no eligió el gueto. El gueto la eligió a ella.
Cuando se revisa el mapa de Nueva York, Boston, Lawrence, Providence o Madrid, el patrón se repite: Washington Heights, El Bronx, Jamaica Plain, South Lawrence, Tetuán. Barrios con códigos postales distintos pero con la misma lógica. Concentración, precios de renta bajos, redes de paisanos, escuelas sobrepobladas y una frontera invisible que separa a la comunidad dominicana del resto de la ciudad.
No es casualidad. Es el resultado de 60 años de migración en cadena, discriminación de vivienda, economía de supervivencia y decisiones políticas que nunca pensaron en integración.
EL COLCHON DE LA NECESIDAD
El primer dominicano que llegó a Nueva York en los años 60 no alquiló en el Upper West Side. Alquiló donde le alcanzaba y donde alguien le traducía el contrato. Ese primer apartamento en Washington Heights se convirtió en base de operaciones. Luego llegó el primo, la hermana, el vecino de Villa Juana.
La migración dominicana no fue de profesionales con visas H-1B. Fue de obreros, amas de casa y jóvenes sin inglés que huían de la represión, el desempleo o la falta de futuro. Llegaron a limpiar, a coser, a manejar taxis, a trabajar en factorías.
Y en esa lógica, el barrio segregado no es una cárcel. Es un salvavidas. Ahí está la bodega que fía, el médico que habla español, el abogado que cobra en cuotas, la iglesia que consigue trabajo, la marquesina que se convierte en colmado. Irse a un suburbio integrado significa perder esa red. Y para quien vive al día, la red es más importante que el código postal.
EL PRECIO DEL SUELO MANDA
Seamos claros: la segregación tiene un precio por metro cuadrado. Un dominicano recién llegado en 1985 no podía pagar renta en Astoria. Podía pagarla en Inwood. En 2025 no puede pagar en Jersey City. Puede pagarla en Paterson.

El mercado inmobiliario estadounidense empuja a las comunidades migrantes recientes hacia los barrios con vivienda vieja, transporte público y dueños dispuestos a no pedir historial crediticio. Esos barrios ya suelen estar segregados porque antes los ocuparon puertorriqueños, afroamericanos o irlandeses pobres.
Así, la diáspora dominicana heredó el gueto que otros dejaron cuando ascendieron. Y repite el ciclo: llega, se estabiliza, ahorra, educa a los hijos y una parte se va. Pero siempre llega alguien nuevo a ocupar el apartamento que queda vacío. El barrio sigue siendo de entrada, no de permanencia para todos.
DISCRIMINACION SILENCIOSA
El redlining formal se acabó en 1968. El informal sigue vivo. Se llama screening de inquilinos, credit score, “no aceptamos Section 8”, “máximo dos personas por habitación”.
Un apellido Rosario con acento y sin crédito en EE.UU. compite contra un Smith con 750 de puntaje. El resultado es predecible. Los corredores “aconsejan” ciertos vecindarios. Los bancos aprueban hipotecas en ciertas zonas. El dominicano termina donde el sistema le permite terminar.
En España pasa igual. Un dominicano en Madrid busca piso y escucha: “el dueño prefiere españoles”. Termina en un piso compartido en Usera o en Parla. No porque quiera, sino porque es lo que hay.
LA POLITICA NO AYUDO A INTEGRAR
Ni República Dominicana ni los países receptores diseñaron políticas de integración. Para RD, la diáspora fue remesa. Punto. Para EE.UU., fue mano de obra barata.
Nunca hubo programas masivos de vivienda, inglés intensivo o colocación laboral fuera del enclave étnico. Las escuelas del Alto Manhattan llevan 40 años con 90% de estudiantes latinos. Eso no es integración. Es contener el problema en un código postal para que no afecte el precio de la vivienda en otro.
Cuando el Estado se desentiende, la comunidad se encierra. Levanta su propia economía, sus propios medios, sus propias escuelas. Y eso refuerza la segregación.
EL COSTO DE SALIR…Y DE QUEDARSE
Quedarse en el barrio segregado tiene un costo: escuelas de bajo rendimiento, mayor exposición a violencia, menos acceso a empleos de calidad, estigma. Los hijos de dominicanos crecen escuchando que “los de Washington Heights” son así o asá.
Pero salir también tiene costo: perder la red, enfrentar racismo sin colchón comunitario, criar hijos sin que abuela hable español, pagar una renta que asfixia. Por eso muchas familias se quedan hasta que la segunda generación, con título universitario y mejor inglés, decide romper el círculo.
El problema es que cuando esa segunda generación se va a Nueva Jersey o a Florida, el barrio no se integra. Se vuelve a llenar con la siguiente ola de recién llegados. La segregación se recicla.
La segregación no se rompe con discursos de “échale ganas”. Se rompe con política pública, como:
-Créditos blandos y programas de primer comprador dirigidos a comunidades migrantes para que puedan salir del alquiler perpetuo en el gueto.
-Educación. Inglés como segunda lengua de calidad y escuelas imán que mezclen códigos postales, no que los aíslen.
-Programas de certificación y colocación que saquen al trabajador dominicano del nicho de bodega, construcción y taxi hacia sectores con movilidad.
-Más dominicanos en juntas de planificación urbana, en bancos, en bienes raíces. Donde se decide quién vive dónde.
Mientras eso no pase, la diáspora seguirá haciendo lo que sabe hacer: sobrevivir. Y la supervivencia, en tierra extranjera, casi siempre empieza en un barrio segregado donde alguien te dice “llegaste, primo. Aquí nos ayudamos”.
El gueto duele. Pero a veces, el gueto salva. La tarea pendiente es que dejarlo sea una opción real, no un salto al vacío.
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