Opinion
Más que enseñar contenidos: educar con humanidad
POR ELIANA RAMOS
Ser docente, para mí, va mucho más allá de enseñar contenidos o seguir un plan de estudios académico. No lo vivo como un simple trabajo, sino como una vocación profunda que nace del corazón. Enseñar no es solo impartir conocimientos; es acompañar procesos, cuidar emociones y creer en mis estudiantes incluso cuando ellos todavía no creen en sí mismos.
Me gusta ser maestra. Me gusta de verdad. Disfruto la conexión que se construye día a día con mis alumnos, una relación basada en el respeto, la escucha y el cariño. Esa conexión se fortalece con cada palabra de aliento, con cada explicación paciente y con cada gesto de comprensión. Por eso me duele cuando alguien los menosprecia, les habla mal o los trata con indiferencia, olvidando que son niños y niñas en formación, no simples receptores de información.
Cada estudiante que llega a mi aula trae consigo una historia distinta, una realidad familiar particular, miedos, sueños y esperanzas. La forma en que les hablamos y los tratamos deja huellas profundas. Como docente, siento una responsabilidad ética y humana: protegerlos, ser una adulta que cuida, que orienta y que alza la voz cuando es necesario.
A veces siento que la educación se ha ido reduciendo a cumplir contenidos, a llenar registros y a alcanzar resultados, dejando en segundo plano la dimensión humana del aprendizaje. Pero para mí, enseñar no es una tarea mecánica ni una función que termina cuando suena el timbre. Incluso en vacaciones o días festivos, cuando el calendario escolar se detiene, mi corazón docente permanece inquieto. Extraño las risas, las preguntas inesperadas y esos pequeños avances que significan tanto. Porque enseñar es una relación humana que se construye con el tiempo y la cercanía.
Cuando enseño, lo hago desde el corazón. Intento que el aprendizaje sea lo más sencillo y accesible posible. Creo firmemente que aprender no debería ser una experiencia cargada de miedo o presión, sino un proceso amable, donde equivocarse sea parte natural del camino y no un motivo de castigo o vergüenza.
Para mí, educar es un acto de amor cotidiano. Es elegir cuidar incluso en los días difíciles, es hablar con respeto cuando el cansancio pesa, es mirar a cada estudiante y recordarle, con palabras y con gestos, que importa. Cada día en el aula deja huellas, y soy consciente de que una palabra puede sanar o herir, motivar o apagar.
Conclusión
Ser docente me transforma. Me enseña a ser más paciente, más humana, más sensible. Por eso creo que, aun en medio de tantos desafíos, no podemos perder lo esencial: la humanidad en la educación. Porque cuando enseñamos desde el corazón, no solo dejamos aprendizajes académicos; dejamos recuerdos, confianza y la certeza de que alguien creyó en ellos. Y eso, muchas veces, marca la diferencia para toda la vida.
jpm-am
Compártelo en tus redes:
ALMOMENTO.NET publica los artículos de opinión sin hacerles correcciones de redacción. Se reserva el derecho de rechazar los que estén mal redactados, con errores de sintaxis o faltas ortográficas.

