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POR BLAS RAFAEL FERNANDEZ
Todavía a estas alturas hay quienes tratan de etiquetar en el país a trujillistas y antitrujillistas.
En su tiempo, hubo quien, a modo de sabiduría y sentir del ideario popular dijo: «en el país, el 30 de mayo de 1961 existían 3 millones de trujillistas y pocos días después 3 millones de antitrujillistas».
Debemos admitir guste o no que con Trujillo estuvo lo peor, pero también lo mejor. Con el indiscutible olfato político que tenía, a pesar de no poseer una formación intelectual, es muy probable que ahora fuera un gran demócrata.
Rafael Leónidas Trujillo Molina no fue una planta silvestre que aparece en cualquier camino, resultó el producto de las condiciones políticas, sociales, materiales y jurídicas que imperaban en la República Dominicana en ese momento histórico.
Monseñor Adolfo Alejandro Nouel al abdicar la Presidencia en el año 1913 fue profético al afirmar: “Este país no lo puede gobernar el báculo de un pastor de almas, sino la mano dura de un soldado”.

Después de la intervención norteamericana de 1916, que dirigió nuestro acontecer por un gobernador militar y órdenes ejecutivas con carácter de ley, fue elegido en 1924 un gobierno nacional y se aprobó una Constitución que le dio uniformidad al Estado Dominicano.
Sin embargo, esas condiciones y sentimientos que subyacían en la psiquis de nuestro pueblo salieron a flote y generaron inestabilidad, incoherencia, desasosiego y divisiones.
Es recurrente en la historia de la humanidad que un extremo atrae otro: la anarquía trae el despotismo y el despotismo la anarquía. La anarquía es la dictadura de todos y el despotismo la anarquía de uno solo. Por suerte, no pasamos de un gobierno unipersonal absoluto a otro igual o peor.
En un intervalo (1961-1965) existió inestabilidad, desorden, rupturas legales, violencia fratricida y otra intervención extranjera.
Desde 1966 tenemos la elección, con sus altas y bajas, de mandatos por la vía electoral y democrática sin interrupciones. Hoy ya no impera el criterio de que “abajo el que suba”.
En esta circunstancia que nos ofrece La Providencia se requiere seguir fortaleciendo la constitucionalidad y la institucionalidad. Es una buena oportunidad para continuar nutriendo el respeto al derecho ajeno, la tolerancia al pensamiento de cada cual dentro del orden legal, y la promoción del consenso dentro del disenso en beneficio de la nación.
JPM
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