Opinion
La farsa de quien promete ir «de pie» mientras la llevan de la mano
Hay ironías políticas que desafían la ficción más audaz. Delcy Rodríguez, ahora presidenta interina de Venezuela tras la extracción de Nicolás Maduro por Estados Unidos, prometió la semana pasada que, si algún día tuviera que ir a Washington lo haría «de pie, no arrastrada», con la bandera tricolor y el himno nacional «marcando el ritmo de su corazón». El problema es que Rodríguez ya está en Washington. No físicamente, pero sí en la realidad más cruda: como una marioneta cuyas decisiones se toman en los despachos de quienes orquestaron la salida del dictador que la colocó donde está.
¿Qué significa caminar «de pie» cuando otros deciden cada uno de tus pasos? ¿Dónde queda la dignidad nacional cuando su presidencia interina existe precisamente porque Washington decidió que el proyecto chavista había llegado a su fin? Rodríguez habla de no «reptar ni arrastrarse», pero su posición actual es el resultado directo de haber sido arrastrada por los acontecimientos.
El contraste con María Corina Machado es demoledor. Mientras Rodríguez pronunciaba su discurso grandilocuente ante una Asamblea sin poder real, Machado se reunía en la Casa Blanca con Donald Trump como la verdadera representante de la voluntad democrática venezolana. Sí, entregó su medalla del Nobel de la Paz en un gesto estratégico, pero al menos refleja autonomía de decisión. Machado no está siendo «manejada» desde Washington; está negociando desde una posición de legitimidad popular ganada en las urnas el 28 de julio.
La situación de Rodríguez evidencia la bancarrota total del chavismo. Durante años se presentaron como el bastión antiimperialista que desafiaría la hegemonía estadounidense. ¿Y cuál es el resultado? Una presidenta interina instalada por el mismo país al que supuestamente combatían, gobernando literalmente de prestado, con un mandato que depende de quienes hasta hace poco eran el «enemigo existencial».
¿Qué bandera puede llevar quien no tiene verdadero control sobre su propio país? ¿Qué himno puede cantar con convicción quien ocupa un cargo no por voluntad popular sino por designio geopolítico? Su retórica patriótica suena tan hueca como un cascarón vacío, un intento desesperado de mantener la apariencia de soberanía cuando la sustancia ha desaparecido.
Lo más revelador es lo que esto dice sobre el fracaso categórico del chavismo. Un proyecto político que se definió por su oposición a Estados Unidos termina dependiendo de Estados Unidos para su supervivencia institucional. Rodríguez puede prometer todas las visitas triunfales que quiera, pero la verdad es que ya es una funcionaria del orden que Washington está construyendo para Venezuela, lo admita o no.
Mientras Rodríguez pronuncia discursos sobre dignidad nacional, millones de venezolanos siguen en el exilio, la economía permanece destruida y las instituciones democráticas continúan desmanteladas. Su presidencia interina no representa un nuevo comienzo sino la administración del desastre que su propio régimen creó. Es una cuidadora temporal de ruinas, no la arquitecta de una reconstrucción.
Delcy Rodríguez puede prometer ir a Washington «de pie», pero la realidad es que Washington ya vino a ella. Ya tomó las decisiones fundamentales sobre el futuro político venezolano. Ya extrajo al dictador que la sostenía. Ya le asignó un rol en una transición que ella no diseñó. Puede caminar erguida todo lo que quiera, pero lo hará en la dirección que otros han trazado, al ritmo que otros marquen.
La verdadera restauración de la dignidad venezolana no vendrá de discursos pomposos ante asambleas sin poder real. Vendrá cuando haya elecciones verdaderamente libres, cuando se respete la voluntad popular, cuando millones de exiliados puedan regresar. Y eso no lo logrará quien llegó al poder como pieza de un ajedrez geopolítico, sino quienes genuinamente representan las aspiraciones democráticas del pueblo venezolano.
Hasta entonces, toda retórica sobre caminar «de pie» será solo el eco vacío de quien descubre, demasiado tarde, que el poder sin legitimidad es apenas una sombra que se desvanece cuando otros deciden apagar la luz.
jpm-am
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