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Opinion

La democracia del algoritmo aplicada a RD

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POR LUIS M. GUZMAN

La próxima elección dominicana no comenzará cuando la JCE abra oficialmente la campaña ni terminará únicamente cuando el ciudadano marque una casilla. Mucho antes de 2028 ya habrá otra competencia en marcha, la lucha por nuestra atención. TikTok, Instagram, YouTube, Facebook, X, WhatsApp, encuestas, comunicadores e influencers participan en un espacio donde un dirigente puede comenzar a parecer presidenciable antes incluso de convertirse formalmente en candidato.

El cambio parece pequeño, pero altera la lógica tradicional de la política. Antes, el recorrido habitual era partido, militancia, estructura, candidatura y posteriormente exposición pública. Hoy puede invertirse, audiencia, notoriedad, influencia, presencia en encuestas y finalmente aspiración política. Eso no convierte en ilegítimo al dirigente surgido de las redes; demuestra que ahora es posible acumular primero atención y después transformar parte de ella en capital político.

El dinero ocupa un lugar decisivo dentro de ese nuevo ecosistema. La propaganda tradicional permitía identificar con relativa facilidad una valla, una cuña radial o un anuncio televisivo. En internet la frontera puede ser menos visible. Un ciudadano puede opinar libremente, un militante defender a su partido y un influencer hablar favorablemente de un dirigente después de recibir una compensación. Para quien mira los tres videos desde su teléfono, las diferencias pueden no resultar evidentes.

Aquí aparece el algoritmo. Las plataformas no necesitan tener preferencias por partidos políticos, o ningún candidato. Su negocio consiste principalmente en mantener nuestra atención. Por eso el conflicto, la indignación, el miedo, el humor y el espectáculo pueden recibir una distribución extraordinaria.

Una explicación económica de cinco minutos compite con una polémica de quince segundos. El político aprende entonces que para permanecer visible no siempre necesita ser más profundo, necesita ser más compartido.

Riesgos

La propia JCE reconoce que ese nuevo terreno plantea riesgos. En julio de 2026 reunió, junto con IDEA Internacional, autoridades electorales de 21 países para debatir inteligencia artificial, desinformación, campañas automatizadas y transparencia electoral. No estamos hablando, por tanto, de una fantasía futurista. Deepfakes, clonación de voces, producción masiva de contenido y nuevas formas de manipulación ya forman parte de las preocupaciones institucionales sobre las próximas elecciones.

Las encuestas agregan otra dimensión. La JCE intentó impedir su publicación fuera de los períodos de precampaña y campaña mediante el artículo 13 del Reglamento 14-2026, pero el 20 de agosto suspendió provisionalmente esa restricción mientras se resuelve la controversia jurídica. Por tanto, las mediciones podrán seguir formando parte de la conversación mucho antes de 2028, y eso obliga a distinguir entre una encuesta que mide opinión y el uso propagandístico posterior de sus resultados.

Porque una encuesta no necesita ser falsa para convertirse en propaganda. Basta extraer una cifra, eliminar margen de error, metodología, indecisos y fecha del levantamiento, colocar una flecha hacia arriba y anunciar: “Fulano sigue creciendo”. Entonces comienza el circuito, encuesta, titular, redes, influencers, programas de opinión, memes, conversación y nuevamente encuesta. La medición puede terminar participando en la misma realidad política que originalmente pretendía solamente observar.

Ese proceso puede fabricar algo electoralmente poderoso, la percepción de inevitabilidad. Cuando durante meses se repite que alguien “ya ganó”, que otro “no despega” o que determinada candidatura “no tiene posibilidades”, algunos electores pueden sentirse estimulados a acompañar al supuesto ganador y otros pueden reaccionar movilizándose contra él.

Abstención

Pero también existe una tercera posibilidad, que una parte concluya simplemente que no vale la pena votar. Ahí el algoritmo se encuentra con la abstención.

Los números dominicanos obligan a observar esa conexión con seriedad. Entre 2004 y 2016 la abstención presidencial aumentó gradualmente, desde alrededor de 27% hasta 30%. En 2020 saltó cerca del 45%, aunque aquella elección estuvo marcada por la pandemia. Lo verdaderamente significativo ocurrió en 2024, desaparecida aquella circunstancia excepcional, la participación no regresó a sus niveles anteriores. La abstención volvió a situarse alrededor del 46%. La JCE conserva la serie histórica oficial.

El propio PRM reconoció después de las elecciones de 2024 que estaba analizando las razones del aumento de la abstención “desde el 2016”. Y tras las municipales, Luis Abinader explicó que su partido había conseguido llevar a sus electores a votar y planteó que correspondía preguntar a las demás organizaciones qué había ocurrido con los suyos.

Eso no demuestra una estrategia oficialista para producir abstención; demuestra algo diferente y electoralmente importante, movilizar la base propia puede resultar decisivo cuando otros electores permanecen en casa.

La distinción es fundamental. No existe evidencia suficiente para afirmar que un partido dominicano esté utilizando algoritmos deliberadamente para impedir que sus adversarios voten. Pero sí tiene sentido preguntar si determinadas narrativas digitales pueden producir efectos desmovilizadores, “todos son iguales”, “esto ya está decidido”, “ninguno sirve”, “tu candidato no puede ganar”.

El nuevo estudio de IIDH/CAPEL solicitado por la JCE confirma que la abstención es multicausal y está vinculada a factores políticos, socioculturales y logísticos.

Ahí está quizá el verdadero desafío de la democracia algorítmica dominicana. El algoritmo no entra al colegio electoral, no marca la boleta ni cuenta los votos. Su poder puede ser más sutil, ayudar a decidir a quién vemos, de quién hablamos, quién parece importante, quién parece viable y si sentimos que participar todavía vale la pena.

Antes de preguntarnos quién ganará en 2028, convendría hacer otra pregunta, ¿quién está decidiendo, durante los años anteriores, cuáles candidatos miraremos y cuántos ciudadanos llegarán finalmente a las urnas?

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