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Irán no está solo ni debilitado (OPINION)
Mi gran amigo, Gedeón Santos, me envió el artículo: “La salida de Irán sigue abierta. Trump debería aceptarlo”, donde León Hadar, sostiene que Irán se encuentra considerablemente debilitado, citando como pruebas la caída de Bashar al-Assad en Siria, el deterioro del liderazgo de Hezbolá y la presión internacional sobre Hamás y las milicias iraquíes. Además, dice: “Mientras el grupo de ataque del portaaviones USS Abraham Lincoln navega por el mar Arábigo y el líder supremo iraní, Ali Jamenei, advierte que cualquier ataque estadounidense desencadenaría una guerra regional, la crisis actual sigue un guion preocupantemente familiar”.
Desde esta perspectiva, Hadar concluye que Washington debería aceptar una salida negociada con Teherán.
Trump debe recordar que Irán posee la capacidad de bloquear el estrecho de Ormuz, una vía marítima estratégica por donde transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial. Un escenario similar ya fue utilizado como instrumento de presión geopolítica por Rusia cuando restringió el paso de buques de grano en el Mar Negro tras la invasión de Ucrania. En ese caso, solo la mediación de Turquía —bajo el liderazgo de Recep Tayyip Erdoğan— y la ONU permitió la firma del Acuerdo de Granos del Mar Negro, evitando una crisis alimentaria global.
Sin embargo, esta lectura resulta parcial y excesivamente optimista. A pesar de los reveses regionales mencionados, Irán no está aislado: mantiene vínculos estratégicos con Rusia, China y Corea del Norte, tres potencias nucleares con capacidad de respaldo político, militar y tecnológico. Además, Teherán conserva una amplia red de actores no estatales —como los hutíes en Yemen— capaces de desestabilizar rutas comerciales clave y abrir múltiples frentes indirectos.
Trump parece subestimar que una escalada directa con Irán no sería un conflicto bilateral, sino regional y potencialmente global. En un escenario de confrontación abierta, Israel y las bases militares estadounidenses en Medio Oriente quedarían inmediatamente expuestas, con consecuencias imprevisibles para la seguridad energética y la estabilidad internacional. La designación por parte de la Unión Europea del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria de Irán como organización terrorista —retribuida por Teherán que etiqueta así a los ejércitos de la UE— añade otro acelerador a una mezcla ya volátil.(Ibidem).
En este contexto, más que aceptar una supuesta “salida” por debilidad iraní, Estados Unidos enfrenta a un actor aún capaz de disuadir, bloquear y escalar, lo que convierte cualquier acción precipitada en un riesgo estratégico de alto costo.
En suma, asumir que Irán está debilitado y forzado a ceder es una apuesta peligrosa. La historia reciente demuestra que los actores subestimados suelen recurrir a mecanismos asimétricos para compensar desventajas aparentes, y Teherán dispone de suficientes palancas —energéticas, militares y geopolíticas— para convertir una presión mal calculada en una crisis de alcance regional o incluso global.
Trump, y con él Washington, debería advertir que provocar a Irán no implica enfrentar a un Estado aislado, sino activar una red de alianzas, conflictos indirectos y choques estratégicos capaces de desestabilizar mercados, rutas comerciales y equilibrios de seguridad ya frágiles. Ignorar esta realidad no sería una muestra de firmeza, sino una imprudencia estratégica cuyo costo podría superar con creces cualquier ganancia política inmediata.
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