Politica
El vaivén del poder y la prensa (OPINION)
La relación entre los presidentes dominicanos y la prensa, desde la caída de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo en 1961, ha sido una montaña rusa. No ha existido un patrón definido, pero sí una constante: el interés del poder político en controlar, dirigir o, al menos, influir en la narrativa pública.
En cada gestión presidencial, la comunicación con los medios ha respondido más a momentos políticos y cálculos estratégicos que a una convicción democrática de rendición de cuentas.
Empezando con el período de los llamados “Doce Años” de Joaquín Balaguer, la prensa jugó un papel crucial como voz de denuncia en un ambiente cargado de represión, violaciones a los derechos humanos y persecución política.
Balaguer rara vez ofrecía ruedas de prensa, aunque en contadas ocasiones se enfrentó a preguntas directas de periodistas como Juan Bolívar Díaz, Silvio Herasme Peña y Miguel Ángel Prestol Castillo. En esos encuentros, se mostraba desafiante, poco dado a la autocrítica, pero dispuesto a medir fuerzas verbales.
Con la llegada de Antonio Guzmán al poder en 1978, se vivió un aire de apertura democrática. Sin embargo, el trato con la prensa no cambió mucho en términos de institucionalidad. Guzmán no realizaba ruedas de prensa formales, pero mantenía buenas relaciones personales con periodistas, a quienes respondía preguntas ocasionales. Era más accesible en lo personal que en lo institucional.
Salvador Jorge Blanco, también del PRD, fue más abierto. No solo ofrecía ruedas de prensa, sino que mantenía una relación cercana con periodistas del Palacio. Cuando salía del país, era usual que ofreciera cócteles informativos con los medios para presentar informes de sus viajes oficiales. Ese gesto de cortesía comunicacional, aunque no lo eximía de críticas, marcaba una diferencia notable.
Cuando Balaguer volvió al poder en 1986, encontró un país distinto. Desde la oposición, había desarrollado cierta habilidad con la prensa a través de sus caminatas por el Mirador Sur. Ya en el gobierno, instauró ruedas de prensa semanales cada jueves, al final de una inauguración. Este ejercicio de comunicación directa fue inédito, pero duró poco: solo el primer período. Luego, el silencio volvió a imponerse.
Hipólito Mejía, electo en 2000, rompió moldes. No creía en protocolos. Hablaba con la prensa a cualquier hora y en cualquier lugar. Su espontaneidad, a veces excesiva, lo mantenía siempre en el centro de la conversación pública. Los periodistas lo seguían cada mañana desde su casa más que desde el Palacio. Incluso tuvo su propio programa de televisión para hablar al país a su manera.
Leonel Fernández, en cambio, representó el modelo del intelectual en el poder. Profesor de Comunicación antes de ser presidente, mantuvo una relación educada y cercana con los medios. Sin embargo, era selectivo: a veces desaparecía por largos periodos sin responder preguntas. Aunque solía dar declaraciones, evitaba las ruedas de prensa sistemáticas.
Danilo Medina fue mucho más reservado. Hablaba poco y rara vez atendía a la prensa de forma directa. Su estilo era más de acciones que de palabras, aunque esa falta de comunicación le costó críticas en momentos clave.
Luis Abinader rompió el molde al instituir “La Semanal con la Prensa”, un espacio fijo para hablar de todo y responder preguntas. El país valoró ese gesto, pero ahora está en pausa, sin claridad sobre si se retomará. Esa pausa genera dudas sobre la sostenibilidad del compromiso con la transparencia.
Lo que está claro es que, en la historia reciente, la relación entre los presidentes y la prensa ha dependido más del carácter de cada mandatario que de una política de Estado. Y eso, en una democracia, sigue siendo una deuda pendiente.
jpm-am
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