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Opinion

El narcisismo de Donald Trump

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EL AUTOR es comunicador. Reside en Santo Domingo.

El narcisismo de Rafael Leónidas Trujillo y Molina no fue un simple rasgo de personalidad: fue un dispositivo político, un método de dominación y una estética del poder. No se trató de vanidad, sino de una arquitectura simbólica diseñada para ocupar todos los espacios —físicos, institucionales y afectivos— de la vida dominicana.

Uno de sus rasgos más notorios fue el culto a la personalidad llevado al extremo. Rebautizó ciudades, avenidas, montañas y provincias con su nombre o el de sus familiares. Su retrato debía presidir oficinas públicas, escuelas, comercios y hogares. En cada casa dominicana se exigía una placa del Partido Dominicano que proclamaba: “En esta casa Trujillo es el Jefe”.

Los discursos oficiales estaban obligados a incluir elogios al “Jefe”, y la propaganda estatal lo presentaba como “el Benefactor” o “el Padre de la Patria Nueva”. Incluso se creó un acróstico con su nombre —“Rectitud, Libertad, Trabajo y Moralidad”— como el lema del Partido Dominicano. La capital fue rebautizada como Ciudad Trujillo, y la moneda nacional de mayor circulación (cenrtavo) llevaba su rostro.

La adulación no era espontánea; era obligatoria. Trujillo ejercía un control obsesivo sobre su imagen pública: vestimenta impecable, postura rígida, censura absoluta y manipulación de estadísticas para proyectar un país “perfecto”. Su narcisismo no era psicológico: era institucional.

Reencarnación simbólica en Trump

En el debate público reciente, algunos observadores han señalado que una de las aspiraciones simbólicas más llamativas atribuidas a Donald Trump es que ordenó que su firma figure en la impresión del dólar estadounidense, junta con la de el Secretario del Tesoro; además, su cara aparece en una moneda oficial. Coloca su nombre en todas sus empresas. La tradición es que, las firmas de los presidentes en el dólar aparezca después de muertos, como un homenaje.

Para estos analistas, el gesto no sería meramente administrativo, sino profundamente identitario: convertir la moneda nacional —el objeto más cotidiano, más intercambiado, más tocado por millones de manos— en un vehículo de presencia personal.

Donald Trump

En la historia política, la firma en la moneda ha sido siempre un acto de autoridad. Para algunos, la idea de reemplazar la rúbrica institucional por la del líder evoca una forma de personalización del Estado que recuerda a los momentos en que el poder busca inscribirse literalmente en el tejido material de la nación.

No es casual que en regímenes del siglo XX, como el de Trujillo, la moneda llevara el rostro del gobernante: era una manera de que el líder circulara, de bolsillo en bolsillo, como un recordatorio permanente de quién mandaba.

Estos elementos han llevado a algunos analistas a explorar paralelos simbólicos entre estilos de liderazgo basados en la centralidad del líder, la retórica de grandeza y la construcción de identidad política alrededor de un nombre propio. Cada caso ocurre, por supuesto, en contextos históricos e institucionales radicalmente distintos, pero la comparación retórica aparece con frecuencia en el discurso público.

La historia tiene una manera curiosa de repetirse, no como copia, sino como eco. A veces, los líderes no necesitan reencarnar para que sus sombras regresen: basta con que alguien aspire a ocupar el mismo espejo. Trujillo quiso que su nombre estuviera en cada esquina de la República Dominicana; otros líderes, en otros tiempos y otros sistemas, buscan que su nombre viaje en cada transacción, en cada billete, en cada símbolo que toque la vida diaria.

El narcisismo político —cuando se vuelve arquitectura— no necesita uniformes blancos ni placas en las casas. A veces basta con una firma. Una firma que pretende decir: “Aquí estoy. Aquí sigo. Aquí mando”. Y es entonces cuando la pregunta deja de ser si un líder reencarna en otro, y pasa a ser algo más inquietante. ¿por qué ciertos estilos de poder encuentran siempre nuevos cuerpos donde alojarse?

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