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El gran reto de la cobertura médica y la salud mental (OPINION)
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POR ANNY MATOS
El sistema de salud en la República Dominicana se encuentra en un punto de inflexión histórico. A pesar de los recientes anuncios gubernamentales sobre la apertura de nuevos hospitales y la ampliación de infraestructuras, la percepción del dominicano común sigue marcada por la inseguridad al momento de enfermarse. No basta con levantar paredes si el acceso real a una atención médica digna sigue condicionado por la capacidad adquisitiva del bolsillo del enfermo.
El reciente debate generado en foros de salud nacional pone sobre la mesa una realidad ineludible: la urgencia de una cobertura universal y sostenible. Los costos de los tratamientos y medicamentos continúan devorando los escasos ingresos de las familias de clase media y baja, creando una brecha alarmante. Proteger al paciente no debería ser una consigna de conferencias, sino un hecho tangible regulado por las (ARS) Administradoras de Riesgos de Salud.
Un aspecto crítico y largamente postergado en nuestra agenda sanitaria es, sin duda, la salud mental. Por años, padecer un trastorno emocional o psiquiátrico en el país ha sido sinónimo de aislamiento y desamparo financiero. El catálogo de la seguridad social tradicionalmente ha ignorado estas patologías, obligando a los ciudadanos a costear consultas privadas y fármacos de alto costo con recursos propios.

Si bien es cierto todo lo anterior, no menos cierto es que el panorama normativo empieza a mostrar tímidos pero importantes signos de cambio en este gobierno. El impulso a la reforma de la Ley de Salud Mental, (LEY NO. 12-06) y la promesa de expandir unidades de intervención en crisis abren una ventana de esperanza. Estas iniciativas buscan transformar un modelo hospitalario que históricamente ha sido reactivo y deficiente ante las crisis psíquicas cotidianas.
Sin embargo, el verdadero éxito de estas reformas dependerá de la descentralización de los servicios médicos en las provincias. El dominicano del interior no puede seguir viéndose obligado a trasladarse a Santo Domingo o Santiago para recibir atención médica especializada. Una red pública resiliente debe garantizar que un ciudadano de Pedernales o Dajabón reciba la misma calidad de respuesta médica que uno que resida en Santo Domingo o Santiago.
Paralelamente, las autoridades deben mantener la guardia en las campañas de promoción de las unidades de intervención en crisis Y la prevención de enfermedades mentales debido al incremento de estas en los últimos años, la cual se atribuye a una combinación de factores estresantes estructurales (pobreza, violencia), secuelas de la pandemia de COVID-19 y el aumento del uso de redes sociales. La medicina preventiva siempre será más humana y económicamente viable que mantener camas hospitalarias ocupadas por causas evitables.
El papel de las sociedades médicas del país también resulta crucial en esta etapa de reestructuración y avance tecnológico. La constante renovación de sus directivas debe traer consigo un compromiso estrecho con la ética y la educación continua de sus miembros. El médico dominicano necesita herramientas modernas, pero también sensibilidad social para entender el entorno vulnerable de sus pacientes.
Asimismo, la reciente estrategia de cooperación firmada con organismos internacionales dibuja una hoja de ruta clara hacia el año 2030. La meta de eliminar enfermedades transmisibles es ambiciosa y requiere una articulación perfecta entre el sector público y el privado. Ningún plan internacional funcionará si persisten las trabas burocráticas locales que retrasan la entrega de medicamentos esenciales, pero eso lo dejaremos para otro tema.
Finalmente, la salud no puede seguir viéndose como un negocio donde el paciente es simplemente un cliente más en el sistema. El bienestar físico y mental es un derecho constitucional que el Estado dominicano está obligado a tutelar con firmeza y transparencia. Cerrar las brechas de cobertura y costo es el verdadero indicador de progreso que la sociedad dominicana espera.
Construir un sistema sanitario verdaderamente preventivo, eficiente y, sobre todo, humano, es el gran desafío de nuestra generación. El camino está trazado con planes prometedores, pero la ejecución impecable es lo único que salvará vidas en el mediano plazo. Es tiempo de que la salud en la República Dominicana deje de ser un privilegio de pocos y sea una realidad para todos.
jpm-am
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