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Opinion

Cuba: una crisis que ya no admite disfraces

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Todo el que ha estado de visita en Cuba regresa con algo que contar. Algunos hablan de la hospitalidad de su gente, de la seguridad que todavía se percibe en sus calles o de las playas que continúan siendo un privilegio natural del Caribe.

Otros recuerdan el peculiar acento cubano, la música que brota en cualquier esquina y esa permanente inclinación hacia la rumba y la diversión, una especie de refugio emocional frente a las limitaciones de una realidad económica y social que ha marcado a varias generaciones.

Sin embargo, detrás de esa imagen que cautiva al visitante existe una realidad mucho más compleja. Cuba lleva más de seis décadas viviendo bajo un sistema político y económico que atribuye gran parte de sus dificultades al embargo impuesto por Estados Unidos.

Y aunque resulta imposible ignorar el impacto que han tenido las sanciones norteamericanas sobre la isla, también es cierto que el paso del tiempo obliga a realizar evaluaciones más profundas sobre las causas reales del deterioro que hoy experimenta el país.

Los cubanos ya conocen lo que significa enfrentar tiempos difíciles. La generación que vivió el llamado «Período Especial» sabe perfectamente de qué se trata. Aquella etapa comenzó a principios de los años noventa tras el colapso de la Unión Soviética, principal sostén económico de Cuba.

De la noche a la mañana desaparecieron los subsidios, el suministro de petróleo se redujo drásticamente, el transporte prácticamente colapsó y la escasez de alimentos alcanzó niveles alarmantes. Fueron años de enormes sacrificios para la población.

Pero la crisis actual parece superar incluso aquellos difíciles momentos. La diferencia es que ahora ocurre en un contexto regional y global completamente distinto. El mundo ha cambiado, la economía internacional funciona bajo nuevas reglas y la competencia por atraer inversiones, turismo y financiamiento es mucho más intensa.

La Cuba de hoy enfrenta una situación extremadamente delicada. Los apagones de largas horas se han convertido en parte de la rutina diaria de millones de ciudadanos. La escasez de alimentos afecta prácticamente todos los sectores de la población. Los combustibles son insuficientes no solo para alimentar las deterioradas plantas de generación eléctrica, sino también para mantener en funcionamiento el transporte público y gran parte de las actividades productivas.

A esto se suma un golpe particularmente doloroso para una economía que durante años apostó al turismo como principal fuente de ingresos. Diversas cadenas hoteleras españolas han comenzado a reducir o abandonar operaciones en la isla, una señal preocupante para un sector que ya venía registrando una significativa caída en la llegada de visitantes internacionales.

Las dificultades para realizar pagos internacionales, las restricciones financieras y las limitaciones derivadas de las sanciones estadounidenses han complicado aún más el panorama.

La situación se agravó con las medidas recientes adoptadas por la administración de Donald Trump . El endurecimiento de las restricciones financieras, las limitaciones a las remesas y los obstáculos para las transacciones internacionales han profundizado el aislamiento económico de la isla. Hoy, buena parte de los suministros que llegan a Cuba dependen de mecanismos excepcionales o de la ayuda humanitaria procedente de países como España, México y algunos otros aliados.

Nadie puede alegrarse por el sufrimiento de un pueblo que históricamente ha demostrado una enorme capacidad de resistencia. Cuba merece un futuro mejor. Pero también resulta evidente que el modelo que prometió prosperidad, igualdad y desarrollo no ha logrado cumplir esos objetivos. La realidad termina imponiéndose sobre los discursos.

Por eso, más que aferrarse a esquemas agotados o alimentar confrontaciones ideológicas que nada resuelven, lo que conviene es pensar en una transición ordenada, pacífica y participativa. Un proceso que permita abrir espacios para la inversión, la iniciativa privada, las libertades ciudadanas y el crecimiento económico sin traumas ni sobresaltos.

Porque al final de cuentas, más allá de las ideologías y de los conflictos geopolíticos, lo verdaderamente importante son los millones de cubanos que cada día luchan por vivir mejor en una isla que parece haber agotado la paciencia de la historia.

JPM

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