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Alfredo Polonia, embajador de la plena dominicana

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El autor es escritor y periodista. Reside en Estados Unidos

El género de la plena, vibrante y narrativa, encontró un embajador inesperado en la República Dominicana a través de la figura de Alfredo Polonia, nacido el 9 de febrero de 1929 en el Paraje de Arroyo Toro, provincia Monseñor Nouel, donde no solo adoptó un ritmo autóctono de Puerto Rico, sino que lo transformó y lo sembró profundamente en suelo dominicano, dejando un legado imborrable tras su reciente fallecimiento el 24 de noviembre de 2025, por lo que, su historia es un testimonio de cómo la música trasciende fronteras geográficas y culturales.

La plena, conocida como el “periódico cantado” en sus orígenes ponceños, Puerto Rico, servía como un medio para documentar la vida cotidiana y las injusticias sociales de la clase trabajadora a principios del siglo XX. Este género, con sus raíces africanas y su instrumentación de panderetas, poseía una versatilidad rítmica y lírica que atrajo a Alfredo Polonia, el cual vio en la plena un vehículo universal para contar las historias de su propia gente y su entorno en la República Dominicana.

A diferencia de otros géneros dominicanos predominantes como el merengue o la bachata, la plena era una rareza en el país. Alfredo Polonia asumió la tarea de introducirla, y a la vez popularizar, su enfoque, no fue el de un simple imitador, sino el de un innovador que adaptó el sabor y la lírica a la idiosincrasia dominicana. Canciones como “Cosas Increíbles”, “La Minifalda” o “Lo que le pasó a Juan”, no solo eran pegajosas, sino que resonaban con experiencias locales, asegurando su éxito y aceptación en la sociedad nacional e internacional.

Polonia se ganó el respeto y la admiración del público y sus colegas, ya que su estilo distintivo y su habilidad como compositor lo convirtieron en un ícono, mediante una discografía inclusiva de álbumes esenciales, entre los que preciso es destacar: “En Plena Dominicana” (1995) y “Plena Dominicana Vol. 2” (1997), las cuales solidificaron su posición como el “Rey de la Plena Dominicana”. Se podría afirmar, sin menosprecio, que estas grabaciones han servido como cápsulas del tiempo que capturan la esencia de su contribución musical.

Alfredo Polonia

La influencia de la plena en la República Dominicana, gracias a Alfredo (Fello) Polonia, ha abierto las puertas a otros artistas de arraigo nacional e internacional, quienes incursionan en el género de la plana, aunque quizás no con la misma dedicación exclusiva que Polonia, pero sí en reconocimiento a su legado musical. La plena ha sido integrada en el repertorio de orquestas de merengue y agrupaciones folclóricas, demostrando la permeabilidad cultural lograda por el esfuerzo de este ícono de la música nacido de las entrañas de una comunidad rural como Arroyo Toro, Paraje del municipio de Bonao

Una reflexión sobre su carrera revela que la música es un lenguaje vivo que se nutre del intercambio cultural. Fello Polonia demostró que la autenticidad de una expresión artística no reside únicamente en su lugar de origen, sino en la pasión y la verdad con que es interpretada, en esencia, su capacidad para cruzar el Canal de la Mona metafóricamente y arraigar la plena en Quisqueya es un logro notable en la historia musical caribeña.

Otro artista notable que incursionó en la plena puertorriqueña fue Rafael Cortijo, una figura legendaria que modernizó el género en Puerto Rico durante la década de 1950 y 1960, Junto a Ismael Rivera (“Maelo”), Cortijo llevó la plena a un público internacional con un sonido de big band que, si bien diferente al estilo más íntimo de Polonia, compartía la misma raíz y pasión por la narrativa rítmica.

La historia de Cortijo e Ismael Rivera sirve como paralelo para entender cómo la plena ha sido moldeada por grandes personalidades y así como ellos la elevaron en Puerto Rico, Alfredo Polonia hizo lo propio en la República Dominicana, adaptando y personalizando el género, o sea, ambos casos ilustran cómo un ritmo popular puede convertirse en un símbolo de identidad y resistencia cultural.

El legado de Alfredo Polonia no ha quedado únicamente en grabaciones, sus raíces artísticas florecieron en su propia prole. Sus hijos, Tommy y Aldo Polonia, quienes asumieron la responsabilidad de mantener viva la llama de la música dominicana a ritmo de bachata y merengue, en el entendido de que: “Un verdadero artista nunca muere; simplemente cambia de escenario, viviendo eternamente a través de las notas que inspiró en la próxima generación» (MB). 

La llama que encendió Alfredo Polonia en la plena puertorriqueña y la música dominicana, no menguó con su partida; por el contrario, arde con más fuerza en la siguiente generación. Sus hijos, Tommy y Aldo, han asumido el rol de custodios del legado familiar, tejiendo con hilos de bachata y merengue un puente sonoro que conecta el pasado con el presente, por lo que, esta constelación musical asegura que la lumbrera del maestro brille perpetuamente, trascendiendo el tiempo y las fronteras, demostrando que la verdadera herencia no se guarda, sino que se comparte y se hace vibrar en cada nueva melodía.

La partida de Alfredo Polonia a los 96 años deja un vacío considerable, visto que es considerado como un hombre que dedicó su vida a un género que amó profundamente y su muerte en el Distrito Municipal de Arroyo Toro-Bonao, el lugar donde cosechó sus raíces del género plena, cierra un capítulo importante en la música caribeña, que muere pero siempre perdura.

Su trayectoria nos recuerda la importancia de los pioneros culturales, aquellos que se atreven a mezclar tradiciones y crear algo nuevo y vibrante. Alfredo Polonia no solo cantó plenas; las vivió y las hizo parte del tejido cultural dominicano, realmente, su historia es una inspiración para músicos jóvenes que buscan forjar su propio camino.

“La música es el puente invisible que conecta almas, islas y generaciones” (MB). La trayectoria de Alfredo Polonia es un vibrante tapiz tejido con hilos de pasión indomable, perseverancia y una visión innovadora. Este navegante sonoro, logró la hazaña de que un género foráneo echara raíces profundas en suelo nuevo, fusionando el alma de dos islas caribeñas en un solo latir rítmico. Su legado no es una reliquia inerte, sino una celebración viva que seguirá encendiendo fiestas y uniendo corazones y su música es el testimonio perenne de un hombre que creyó fervientemente en el poder unificador de la plena, dejando una huella imborrable en el pentagrama de la identidad caribeña.

“El arte es la única garantía de eternidad” (MB), el maestro Alfredo Polonia ha concluido su travesía terrenal, pero nos deja un tesoro invaluable: su vasto cancionero que resuena como testamento de la universalidad del lenguaje musical, y más allá de las notas, nos hereda una filosofía de vida: la necesidad vital de honrar nuestras raíces mientras nos atrevemos a innovar y adaptarnos.

Alfredo Polonia no solo fue un músico, sino un arquitecto de puentes rítmicos que aseguró su lugar en la memoria colectiva como una figura insustituible y eterna en la vibrante historia de la música popular.

jpm-am

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