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POR E. MARGARITA EVE
Vivimos una época en la que millones de personas toman decisiones sobre su salud, sus relaciones, su patrimonio o su bienestar guiadas por lo que consumen en redes sociales. La inmediatez ha convertido a muchos creadores de contenido en referentes de confianza, aun cuando sus credenciales sean desconocidas o imposibles de verificar.
No cuestiono el valor de la experiencia. Al contrario, estoy convencida de que la vida, el trabajo y la perseverancia también forman expertos. Un emprendedor, un agricultor o una persona que ha superado grandes desafíos puede aportar enseñanzas tan valiosas como las adquiridas en un aula.
El problema comienza cuando la experiencia personal se presenta como una verdad absoluta o cuando alguien opina sobre cualquier tema únicamente porque posee una audiencia dispuesta a escucharlo. La popularidad no equivale a preparación y, los seguidores nunca deberían sustituir al conocimiento demostrable.
Las redes sociales democratizaron la comunicación y eso merece celebrarse. Sin embargo, también eliminaron muchos filtros que antes ayudaban a diferenciar entre una opinión, una vivencia personal y una orientación sustentada en evidencia o formación especializada.

Diversas investigaciones reflejan que una proporción importante de los usuarios tiene dificultades para distinguir entre información verificada y contenido engañoso en internet. En consecuencia, recomendaciones sin respaldo técnico pueden adquirir una credibilidad inmerecida y ejercer una influencia desproporcionada.
Las consecuencias trascienden la pantalla. Hay personas que retrasan consultas médicas, siguen rutinas de belleza inadecuadas, toman decisiones financieras precipitadas o adoptan consejos emocionales que no consideran las particularidades de cada caso ni la complejidad de la realidad.
A ello se suma el desafío de la globalización. Un consejo válido en una región puede resultar inapropiado en otra. La intensidad del sol, las condiciones ambientales, la cultura o incluso la situación económica modifican profundamente la utilidad de una recomendación presentada como universal.
Lo mismo ocurre con los consejos sobre relaciones humanas. Incluso un profesional competente puede estar describiendo dinámicas propias de su contexto social o jurídico que no necesariamente se trasladan a otros países o culturas. El conocimiento también necesita contexto.
Me preocupa, además, la construcción artificial de autoridad. Estrategias de mercadeo, campañas de posicionamiento e incluso el uso de escritores fantasma pueden fortalecer una imagen pública que muchos interpretan como prueba de conocimiento, cuando en realidad solo demuestra habilidad para comunicar o vender.
Resulta revelador que incluso la inteligencia artificial, una de las tecnologías más avanzadas de nuestro tiempo, funcione bajo normas éticas, principios de seguridad y criterios de responsabilidad definidos por las personas. Si exigimos esos marcos para sistemas tecnológicos, con mayor razón deberíamos aspirar a estándares similares para quienes influyen diariamente sobre millones de seres humanos.
No propongo censurar voces ni desacreditar a quienes enseñan desde su experiencia. Propongo mayor transparencia. Quien comunica debería dejar claro si habla desde una vivencia personal, una formación profesional o una investigación rigurosa, permitiendo que el público evalúe sus afirmaciones con criterio y responsabilidad.
Quizás haya llegado el momento de debatir mecanismos de verificación o certificación para quienes monetizan asesorías o se presentan como especialistas en materias sensibles.
En un mundo donde la influencia se multiplica por algoritmos, la credibilidad no debería medirse por la cantidad de seguidores, sino por la honestidad, la experiencia demostrable y el compromiso ético con la verdad.
jpm-am
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