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Opinion

La arquitectura de la República (1)

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POR VICTOR GARRIDO PERALTA

¿Por qué ningún país logra desarrollarse por encima de la calidad de sus instituciones?

En cirugía de trasplante existe una paradoja que nunca deja de impresionar.

Dos pacientes pueden recibir exactamente el mismo órgano, operados por el mismo equipo quirúrgico y bajo idénticos protocolos. Sin embargo, uno recupera la vida y el otro rechaza el injerto.

La diferencia no siempre está en el órgano. Está en el organismo que debe recibirlo.

Ningún órgano, por perfecto que sea, puede sobrevivir dentro de un cuerpo incapaz de integrarlo.

Con los años comprendí que esta no es solo una lección de la medicina. Es también una lección sobre las naciones.

Las grandes reformas del Estado suelen fracasar por la misma razón.

No porque las leyes sean necesariamente malas. No porque falte talento. Ni siquiera porque escaseen los recursos. Fracasan porque el tejido institucional termina rechazando aquello que intenta transformarlo.

Durante décadas hemos discutido apasionadamente quién debe gobernar la República Dominicana. Cambian los presidentes, los partidos y las promesas. Sin embargo, demasiados problemas permanecen sorprendentemente intactos.

La explicación quizá sea más profunda de lo que imaginamos.

Hemos concentrado nuestra atención en los administradores del Estado cuando el verdadero desafío reside en la arquitectura del Estado mismo.

La economía institucional contemporánea lleva décadas llegando a una conclusión que hoy resulta difícil ignorar. Desde Douglass North hasta Daron Acemoglu, James A. Robinson, Simon Johnson y Francis Fukuyama, pasando por múltiples investigaciones del Banco Mundial y la OCDE, la evidencia converge en una misma dirección: ninguna nación logra un desarrollo sostenido superior a la calidad de sus instituciones.

Esa afirmación transforma por completo la forma de entender el progreso.

Durante mucho tiempo, creímos que la riqueza dependía principalmente de los recursos naturales, de la geografía o del tamaño de la economía. Después pensamos que bastaba con atraer inversión, mejorar la educación o industrializar la producción.

Todo ello importa.

Pero ninguno de esos factores explica, por sí solo, por qué algunas naciones prosperan durante generaciones mientras otras permanecen atrapadas en un ciclo permanente de oportunidades desperdiciadas.

La diferencia decisiva no está únicamente en lo que poseen. Está en las reglas bajo las cuales utilizan lo que poseen.

Aquí aparece una de las contribuciones más importantes de Douglass North.

Cuando habla de instituciones, no se refiere a edificios públicos, ministerios ni tribunales. Mucho menos a quienes los ocupan temporalmente.

Las instituciones son las reglas del juego.

Son los incentivos que premian determinadas conductas y desalientan otras. Son los límites que impiden que el poder sustituya al derecho.

Son los mecanismos mediante los cuales una sociedad convierte el conflicto en cooperación y la incertidumbre en confianza.

Los ministerios son organizaciones. Las instituciones son las reglas que determinan cómo esas organizaciones funcionan.

La diferencia parece académica. En realidad, es decisiva.

Porque un país puede inaugurar nuevos ministerios sin fortalecer una sola institución. Puede aumentar el presupuesto público sin reducir la arbitrariedad. Puede promulgar leyes modernas sin modificar los incentivos que perpetúan viejas prácticas.

Puede cambiar la anatomía visible del Estado sin transformar la fisiología que mantiene vivo al organismo.

Esa es la tesis central de este editorial:

Las instituciones constituyen la fisiología invisible mediante la cual una sociedad convierte libertad en orden, talento en prosperidad y poder en bien común.

Como la circulación sanguínea, el metabolismo o el sistema nervioso, rara vez pensamos en ellas cuando funcionan correctamente.

Simplemente hacen posible la vida. Solo advertimos su existencia cuando dejan de hacerlo.

Una institución sólida protege la propiedad, garantiza la igualdad ante la ley, hace predecible el cumplimiento de los contratos, limita la arbitrariedad del poder y genera confianza entre personas que nunca se han visto.

Y pocas riquezas resultan tan valiosas para una economía como la confianza.

Donde existe confianza, disminuyen los costos de hacer negocios, aumenta la inversión, florece la innovación y el mérito desplaza al privilegio.

Cuando desaparece, ocurre exactamente lo contrario.

Los ciudadanos buscan conexiones antes que reglas. Los empresarios invierten menos de lo que podrían. Los jóvenes concluyen que el esfuerzo ya no basta.

La creatividad cede espacio a la incertidumbre.

La economía termina dedicando más energía a protegerse que a producir.

Ese es el verdadero costo de una institucionalidad débil.

No aparece únicamente en los indicadores internacionales.

Se manifiesta en el talento desperdiciado, en las oportunidades perdidas y en la lenta erosión de la esperanza colectiva.

Durante años hemos diagnosticado los síntomas.

La deuda creciente. La burocracia. La corrupción. La lentitud de la justicia. La fragilidad de los servicios públicos. La desconfianza ciudadana.

Cada uno merece atención.

Pero todos plantean una pregunta más profunda.

¿Qué estructura produce simultáneamente tantas patologías distintas?

La respuesta no comienza en un partido político. Ni en un gobierno. Ni en una administración específica.

Comienza en la calidad de las instituciones que organizan la vida colectiva.

Por eso esta serie no pretende discutir únicamente políticas públicas.

Pretende explorar la arquitectura de la República.

Porque las carreteras pueden construirse en pocos años. Los hospitales pueden levantarse en meses. Las leyes pueden aprobarse en una legislatura.

Las instituciones, en cambio, requieren generaciones para consolidarse y apenas unos pocos años para deteriorarse.

Durante demasiado tiempo hemos preguntado quién debe gobernar la República Dominicana.

Esa seguirá siendo una discusión necesaria. Pero ya no basta.

La verdadera pregunta es otra.

¿Qué instituciones queremos construir para que la República funcione incluso cuando quienes la gobiernen no estén a la altura de ella?

Porque los gobiernos administran un período. Las instituciones moldean generaciones.

Y al final, la grandeza de una nación nunca será superior a la calidad de las reglas con las que decide organizar su libertad.

jpm-am

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