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El trauma de los dominicanos deportados (OPINION)

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Por JHONNY TRINIDAD

La deportación no termina cuando el avión toca tierra en Las Américas. Para miles de dominicanos, ahí empieza el verdadero castigo: uno que no está en ningún código penal, pero marca de por vida.

Muchos deportados se fueron de República Dominicana siendo niños. Hablan inglés, piensan en inglés, soñaron en inglés. Estados Unidos fue su barrio, su escuela, su equipo de pelota. República Dominicana es, en la práctica, un país extranjero. Aterrizan sin cédula, sin cuenta de banco, sin saber tomar una guagua. Los llaman “los de allá” en su propio país.

Ese choque cultural genera lo que los psicólogos llaman “duelo migratorio inverso”: pierdes tu vida de un día para otro, pero nadie te da el pésame porque “al fin estás en tu tierra”.

EL ESTIGMA DE LAS ESPOSAS 

En República Dominicana, “deportado” es sinónimo de “delincuente”. No importa si tu caso fue por una multa de tránsito de hace 15 años, por quedarte fuera de estatus, o por un error de papeleo. La etiqueta te sigue. Buscar trabajo se vuelve una odisea. “¿Tienes papeles de buena conducta? ¿Por qué te sacaron de allá?”

Muchos terminan escondiendo que fueron deportados. Otros caen en lo que el barrio espera de ellos: si ya te tratan como un criminal, algunos deciden serlo. Es una profecía autocumplida que el Estado no atiende.

El autor es periodista, jefe de redacción de Almomento.net. Reside en Nueva York.

FAMILIAS ROTAS 

La deportación no se lleva a una persona. Se lleva a un padre, una madre, el que pagaba el colegio, la renta y las remesas. Del otro lado quedan hijos estadounidenses que ahora crecen por videollamada. En República Dominicana, el deportado llega a una casa donde es un extraño para sus propios sobrinos.

El Banco Central reportó en 2025 que las provincias con más deportaciones tuvieron una caída de 4.2% en remesas. Detrás de ese número hay niños que dejaron la escuela privada, abuelas sin medicina y casas a medio construir.

LA SALUD MENTAL QUE NADIE TRATA

Ansiedad, depresión, insomnio, abuso de alcohol. El 68% de los deportados entrevistados por el Servicio Jesuita a Migrantes en 2024 reportó síntomas de estrés postraumático. Pero en RD no hay un programa oficial de salud mental para retornados. Si tienes dinero, vas a un psicólogo privado. Si no, te “recuperas” en un colmado.

El trauma se agrava porque la deportación es vivida como vergüenza. “Fallaste”, “te lo buscaste”, “no supiste hacer las cosas bien”. El deportado no solo pierde su país adoptivo: pierde su lugar en la narrativa del “sueño americano” que su familia celebró durante años.

¿Y QUE HACE EL ESTADO?

Cada ministro de Interior anuncia un “plan de reinserción”. Pasan los años y el plan sigue en PowerPoint. No hay bolsa de empleo, no hay terapia, no hay capital semilla. El deportado llega con una funda plástica con sus pertenencias y una dirección que a veces ya ni existe.

Mientras EE.UU. invierte millones en deportar, República Dominicana invierte cero en recibir. Y ese desbalance lo paga el más débil: el que regresa esposado.

CERRAR EL DUELO 

No todos los deportados son santos. Algunos cometieron delitos y cumplieron condena. Pero todos son seres humanos. Y un país que se enorgullece de su diáspora no puede tratar como apestados a los hijos que le devuelven a la fuerza.

El trauma de la deportación no se cura con discursos. Se cura con cédula rápida, con empleo, con terapia y con dejar de juzgar. Porque mañana le puede pasar al primo tuyo. Y cuando le pase, vas a entender que el vuelo más largo no es el de 3 horas desde JFK. Es el que empieza cuando se bajan del avión.

Si tú o un familiar fue deportado y necesitas orientación, el Servicio Jesuita a Migrantes y la OIM ofrecen asistencia gratuita en Santo Domingo. No estás solo.

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