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Opinion

El rugido de bombas y misiles

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EL AUTOR es abogado. Reside en Santo Domingo.

En toda guerra siempre está presente el arte de la simulación. Además, se ha dicho que la primera víctima de un conflicto es la verdad. Los ataques con bombas, misiles y drones (cargados de explosivos, granadas, etc.) que están ocurriendo en estos momentos en diferentes lugares de la tierra tienen el agravante de que son ordenados por farsantes con categoría de mentirosos patológicos.

Continuamente ha habido acciones bélicas en el mundo, por motivos muy variados. En la más remota antigüedad fueron famosas las tres guerras púnicas entre Roma y Cartago. En la Edad Media el acontecimiento de mayor impacto militar se centró en Las Cruzadas, ocho guerras libradas durante casi doscientos años entre cristianos europeos y musulmanes del Medio Oriente.  Todas fueron de infantería, con algunos episodios navales.

Durante el siglo XX hubo varias guerras, incluyendo dos con alcance mundial, que causaron cientos de millones de víctimas humanas entre muertos, heridos y mutilados. Los días 6 y 9 de agosto de 1945, respectivamente, los EE.UU. lanzaron dos bombas atómicas que provocaron una hecatombe en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.

Pero este siglo XXl, con apenas dos décadas y media en su calendario, ya registra más de cuarenta conflictos armados esparcidos en todos los continentes. La humanidad contempla un baño de sangre televisado.

Lo anterior significa que esta centuria comenzó con guerras o ataques entre países, así como conflictos armados de grupos beligerantes dentro de un mismo territorio. Esas hostilidades han sacado a flote, una vez más, lo peor del ser humano.

El inmediatismo rampante de ciertos gobernantes de estos tiempos turbulentos demuestra que acometen acciones bélicas por codicias particulares. Por sus hechos parecen una especie de mastodontes y mamuts con ropaje humano, convertidos en verdugos de millones de personas inocentes.

Por eso el mundo ve ahora con indignación e impotencia algunas guerras de elección (como se dice en el lenguaje militar). Dos ejemplos: La que sufren desde el 24 de febrero del 2022 los eslavos ucranianos de parte de Rusia y la que padece Irán desde el 28 de este febrero de este 2026 de parte de EE. UU. e Israel; agravando así la crisis humanitaria impuesta durante décadas por los malvados ayatolas contra ese pueblo mayoritariamente de musulmanes chiitas.

Ninguna de esas dos guerras, ni por asomo, tiene su origen en lo que describió en la obra Leviatán un filósofo inglés del siglo XVII (inspirado evocando al monstruo bíblico que era “rey sobre todos los soberbios”), como causales principales de las guerras: a) la competencia, con claras intenciones de ganar; b) la desconfianza, para procurar u obtener seguridad y c) la gloria, como fuente de lograr o aumentar la reputación. (Leviatán. Edición londinense de 1957.P64. Thomas Hobbes).

Lo que se observa ahora son guerras asimétricas y de cuarta generación, con claros objetivos de negocios petroleros. Obviamente que eso desborda las premisas planteadas por el referido pensador Hobbes, enunciadas en el párrafo anterior.

El surrealismo político-económico que está viviendo Venezuela (aunque allí no hubo guerra) es otra prueba de la voltereta de las transacciones políticas-económicas que estremecen el mundo.

Lo que está ocurriendo en varios puntos de la tierra se parece (por las reiteradas violaciones a la Carta de las Naciones Unidas y al derecho internacional) a lo anotado por Nicolás Maquiavelo sobre las concesiones y trampas que un duque florentino hacía a quienes quería doblegar.

El referido sabio del Renacimiento escribió sobre el aludido caudillo de la Toscana lo siguiente: “ha puesto el cerebro patas arriba”. (Legaciones y Comisarías. Editorial Feltrineli, Italia, 1964.NM).

Es oportuno señalar que el influyente filósofo prusiano-alemán Immanuel Kant, cónsono con su ética del deber, escribió: “Actúa de manera que la máxima de tu conducta pueda servir de legislación universal”. Sin embargo, algunos señores que gobiernan países poderosos, inclinados al lucro y la maldad, le han dado a ese concepto una interpretación acomodaticia a sus intereses, y se han arrogado potestades que no tienen.

El derecho internacional, que en su versión moderna comenzó en 1648 al producirse la Paz de Westfalia, debe ser aplicado por tratados o acuerdos, nunca unilateralmente. Su núcleo central es mantener la paz entre las naciones. Sin embargo, las guerras que desangran una parte de Europa del Este y del Medio Oriente se desarrollan pisoteando dicho derecho y los responsables de eso, para justificarse, esparcen por el mundo alilayas que no resisten ningún análisis lógico-legal.

El mundo actual no está viviendo un ambiente propicio para lo que el filósofo católico francés Jacques Maritain definió en el siglo pasado como la exigencia de imponer “la verdadera caballería de la justicia” a la “caballería de la degradación humana y del cinismo”. Esta última es la que predomina en ciertos núcleos de poder mundial.

La realidad es que el derecho internacional, y particularmente la Carta de las Naciones Unidas, son simples papeles mojados, cargados de palabras que ciertos presidentes y primeros ministros no las quieren leer. Para sus intereses particulares están borrosas y difuminadas.

Ahora es más difícil entender el significado clásico de la geopolítica, porque impera en el escenario mundial una suerte de tiovivo sin asiento para la aplicación del derecho internacional, especialmente por culpa de mandones, así como por el silencio de la mayoría de los llamados a plantarles cara. Así de enrarecido está hoy el mundo.

jpm-am

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