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Opinion

Periodistas a la venta, camaleones con pluma

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El periodismo no se murió de un tiro. Se fue vendiendo por partes, en cómodas cuotas mensuales.

Hoy, el camaleón con pluma es una especie dominante en las salas de redacción. Cambia de color según quién pague la pauta, quién llame del ministerio, quién amenace con una querella. A la mañana es “independiente”, a la tarde es “analista contratado” y en la noche es “comunicador estratégico” de la misma empresa que debía investigar.

No son todos. Pero son suficientes para que el público ya no distinga entre una nota y un anuncio, entre una investigación y un favor pagado.

LA TARIFA Y LA LINEA EDITORIAL 

Antes, al periodista lo compraban con un sobre marrón. Era burdo, pero al menos clandestino. Ahora se compra con un contrato de “asesoría”, una “colocación publicitaria”, un programa en la emisora del funcionario o la promesa de una botella en diciembre.

La lógica es simple: un medio quiebra si no vende publicidad. El Estado y los grandes grupos económicos son los mayores anunciantes. Si muerdes la mano que te da de comer, te cierran la llave. Resultado: redacciones enteras que saben exactamente de qué temas no se habla, a qué político no se toca y a qué empresario se le hace una “entrevista” de tres páginas sin preguntas incómodas.

El camaleón aprendió que la autocensura paga mejor que el Pulitzer. Y que el silencio cotiza en bolsa.

EL DISFRAZ DEL «COMUNICADOR» 

El paso más cínico fue borrar la línea entre periodista y relacionista público. Hoy el mismo personaje que en la mañana te lee las noticias, en la tarde modera el panel pagado por el banco, y en la noche aparece en la nómina de asesores del senador.

Se hacen llamar “comunicadores 360”. Traducido: cobran por todos lados. Un día destapan un escándalo, al otro día lo entierran por encargo. Un lunes dicen que el contrato es lesivo, el martes explican en televisión “por qué es bueno para el país”.

EL AUTOR es periodista, jefe de redacción de Almomento.net. Reside en Nueva York.

Cambiaron la pluma por la tarifa. Y cuando los descubren, dicen que “es trabajo honesto”. Claro. Como el del sicario: también es un trabajo.

LA NOMINA PUBLICA, EL PEAJE MAS VIEJO

En República Dominicana y en casi toda América Latina, la nómina CB, los “nombramientos de botella” y las asesorías fantasmas han sido el mecanismo clásico para «domesticar plumas».

El funcionario no te pide que mientas. Te pide que no digas. Que mires para otro lado cuando el primo licita, cuando el contrato se sobrevalúa, cuando el hospital no tiene gasas. A cambio, 50, 100, 200 mil pesos mensuales que no requieren ir a la oficina.

Así se construyen ejércitos de voceros disfrazados de prensa. El día que el ministro cae, el “periodista” desaparece del aire. No porque lo censuraron. Porque se acabó el cheque.

EL EMPRESARIO TAMBIEN COMPRA

No solo el Estado. El sector privado entendió el juego. ¿Para qué pagar un lobbyista si puedes tener a un periodista en nómina? Le pagas una “columna semanal”, un “espacio radial”, y de repente tus pleitos legales son “persecución”, tus monopolios son “desarrollo” y tus desfalcos son “errores administrativos”.

El empresario corrupto ya no teme a la prensa. La contrata. Y el camaleón, agradecido, afina el color. Si el que paga es verde, él se vuelve ecologista. Si el que paga es cemento, él odia los árboles.

MATARON LA CREDIBILIDAD 

El problema no es moral. Es práctico. Cuando la gente asume que todos los periodistas están vendidos, deja de creerle a los que no lo están.

Una investigación seria sobre corrupción se despacha con un “eso es porque no le pagaron”. Una denuncia legítima se reduce a “buscando sonido”. El periodista honesto paga el precio del camaleón.

Así se crea el caldo perfecto para el autoritarismo: si nadie cree en la prensa, el poder no tiene contrapeso. Y si el poder no tiene contrapeso, el camaleón es el primero en aplaudir, porque su tarifa sube cuando no hay nadie que pregunte.

¿Hay salida?

Sí, pero duele.

Todo periodista con acceso a medios masivos debería publicar sus fuentes de ingreso. Si le paga el Estado, una empresa o una ONG, que lo diga al aire. El público decide si le cree.

O eres periodista o eres asesor. Las dos cosas a la vez es conflicto de interés, no “versatilidad”.

Mientras un medio dependa 80% de la publicidad estatal, su línea editorial es del Estado. Se necesita suscripción, membresía, cooperación internacional, fundaciones. Difícil, pero no imposible.

El gremio (CDP) y la audiencia tienen que dejar de normalizar al camaleón. Llamarlo por su nombre: vendedor. No colega.

El periodismo vendido no es periodismo. Es mercadería. Y una sociedad que confunde a sus periodistas con sus anunciantes termina comprando mentiras al precio de verdades.

El camaleón seguirá cambiando de color. La pregunta es si nosotros seguimos aplaudiendo el espectáculo, o si por fin exigimos que la pluma muerda, aunque no pague la renta.

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