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Opinion

La sala de espera de Donald Trump

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La decisión del presidente Luis Abinader de aceptar el ingreso de deportados extranjeros bajo el mandato de Washington representa una grieta profunda en la dignidad nacional dominicana, pues mientras el pueblo lucha contra la inseguridad interna, el gobierno decide doblar las rodillas ante las exigencias de una potencia que nos mira como su patio trasero y esta política de puertas abiertas para los desechos migratorios de otros países no es más que un acto de sumisión que pone en riesgo nuestra ya frágil estabilidad social, demostrando que para esta gestión la aprobación de la Casa Blanca pesa mucho más que el bienestar y la tranquilidad de las familias que habitan en cada rincón de nuestra amada tierra quisqueyana.

Desde el año 2020 hasta el 2026 la República Dominicana ha tenido que asimilar la llegada masiva de más de 20 mil dominicanos repatriados desde los Estados Unidos por diversos delitos federales, una carga humana y social que el Estado no ha sabido monitorear, mucho menos reintegrar de manera efectiva provocando que muchos de estos individuos regresen a las andanadas delictivas en nuestros barrios.

Mientras eso sucede, se suma al problema la imposición de recibir ciudadanos de terceras naciones bajo un acuerdo que nos convierte en un puente logístico para las políticas de expulsión de Donald Trump, ignorando el gobierno deliberadamente que nuestra capacidad de respuesta institucional está colapsada y que no tenemos por qué cargar con las crisis migratorias que otros provocan.

La realidad de nuestro sistema penitenciario es una bomba de tiempo que el gobierno intenta ocultar bajo una narrativa de modernización que no llega a las celdas donde el hacinamiento supera el 116% de su capacidad real, visto que en la actualidad las cárceles dominicanas albergan a más de 26 mil reclusos que viven en condiciones inhumanas y bajo un control criminal interno que el Estado parece haber perdido hace mucho tiempo, por lo que, pretender gestionar el tránsito o la estancia de más personas, cuando ni siquiera podemos garantizar el orden en La Victoria o Najayo es una irresponsabilidad mayúscula, es simplemente imposible añadir más presión a una infraestructura que ya se encuentra en un estado de emergencia crítica y un abandono descomunal.

Resulta alarmante observar cómo el presidente Abinader se deja seducir por la promesa de financiamientos estadounidenses que solo sirven para cubrir la logística de sus propios intereses de seguridad nacional, mientras tanto nosotros ponemos el territorio y la paz pública a merced de acuerdos opacos que se firman a espaldas del sentimiento popular de un pueblo que ya se siente invadido por diversos frentes migratorios.

No se puede llamar aliado a quien te impone sus problemas sociales y te utiliza como un vertedero de personas que sus propios países de origen muchas veces se niegan a recibir con la misma facilidad, estamos ante un escenario donde la soberanía se vende al mejor postor bajo el disfraz de una cooperación internacional que solo beneficia al que se autodenomina el más fuerte, lo que significa, sin temor a equivocarnos que República Dominicana se ha convertido en “la sala de espera del presidente estadounidense Donald Trump”

El choque de culturas delictivas que se está gestando con la llegada constante de deportados desde USA con antecedentes graves, es un fenómeno que la sociología criminal advierte como un motor de violencia incontrolable para naciones pequeñas, el dominicano que regresa tras cumplir condena por narcotráfico, asesinatos, vandalismo organizado y porte ilegal de armas en Nueva York y otros Estados, trae consigo métodos y redes que superan la capacidad de nuestra Policía Nacional, la cual sigue atrapada en reformas burocráticas sin impacto en las calles, y si a esto le añadimos el flujo de extranjeros en tránsito que el nuevo acuerdo de mayo 2026 permite, pues estamos creando el ecosistema perfecto para que el crimen organizado se diversifique y se fortalezca, todo bajo el silencio cómplice de un palacio que no sabe decir que NO cuando se trata de atrapar al país y sumergirlo en un laberinto del caos.

Es necesario preguntar al presidente Luis Abinader: ¿Por qué no se exige a Estados Unidos que realice esas inversiones millonarias en los países de origen de esos migrantes o que utilice sus propios territorios como Puerto Rico para sus centros de procesamiento?.

La respuesta es evidente y dolorosa porque en República Dominicana han encontrado a un líder que no ofrece resistencia y que prefiere el aplauso diplomático exterior, antes que la defensa firme de proteger los intereses de sus propios ciudadanos dominicanos. Que tristeza me causa, ver cómo nuestro gobierno nos impone una agenda que no se corresponde con la cultura dominicana, cuyas consecuencias pagarán las futuras generaciones cuando la delincuencia se vuelva un monstruo imposible de domesticar por la falta de carácter de quienes hoy dirigen los destinos del país.

La estadística de repatriados entre 2020 y 2026 refleja un flujo constante que ha saturado los mecanismos de migración y control interno sin que se vea una reducción en los índices de criminalidad vinculados a estos grupos específicos, por el contrario vemos cómo el sicariato y las bandas organizadas adoptan nuevas modalidades importadas que antes eran ajenas a nuestra cotidianidad pacífica y trabajadora del día a día dominicano.

Aceptar más personas bajo el esquema de “tránsito”, es abrir una rendija que pronto se convertirá en un boquete por donde se filtrarán problemas que no tenemos la capacidad económica ni militar de contener en un futuro cercano. Creemos que el gobierno está jugando con fuego mientras el pueblo observa con una mezcla de miedo e indignación las consecuencias futuras.

Las nuevas diez cárceles que se prometen son solo una curita para una herida que requiere cirugía profunda y que no se soluciona construyendo muros, ya que si por otro lado se firman acuerdos que invitan a la llegada de más conflictos humanos, la estabilidad de una isla no se negocia ni se pone en subasta por unos cuantos dólares que se diluyen en la logística operativa de los mismos que nos envían a sus deportados sin preguntar antes.

Aunque lean este comentario y no lo alicen, es justo señalar que, llegó la hora de que la diplomacia dominicana recupere su columna vertebral y deje de temblar ante las llamadas que vienen desde el norte exigiendo favores que atentan directamente contra nuestra seguridad nacional y el orden público. La patria exige respeto y no más arrodillamientos innecesarios.

El destino de un país no puede estar sujeto a los caprichos electorales de un presidente extranjero ni a la debilidad de un gobernante local que ha olvidado que su primer deber es proteger su propia frontera y su propia gente. Si el presidente Abinader continúa por el camino de aceptar sin condición e imposiciones migratorias esta camada de indocumentados, sin dudas, terminará entregando no solo las llaves de nuestras cárceles a Donald Trump, sino también el futuro de nuestra identidad nacional completa.

Recuerda presidente Abinader: un líder que no sabe decir NO a tiempo, es un líder que ha comenzado a perder su propia soberanía ante los ojos del mundo, porque, “quien cede por miedo termina siendo esclavo de lo que acepta”, por eso es, que hoy el país camina peligrosamente hacia ese abismo de servidumbre.

Resulta imperativo que la sociedad civil y los sectores productivos despierten ante esta realidad que amenaza con desarticular la paz social que tanto nos ha costado mantener como nación soberana, frente a los retos del siglo XXI, pues no podemos permitir que la sumisión política convierta nuestra isla en un experimento logístico de potencias extranjeras que solo buscan proteger sus fronteras a costa de vulnerar la nuestra con acuerdos de dudosa transparencia.

La historia juzgará con severidad a quienes teniendo el mandato de proteger la Patria prefieren la comodidad del silencio y la obediencia ante los dictámenes de Washington que hoy nos imponen una carga migratoria y delincuencial insostenible, porque un pueblo que tolera el arrodillamiento de sus líderes está condenado a ver cómo su libertad se disuelve en las promesas vacías de quienes nos llaman aliados y que a merced de sus intereses nos quieren tratar como su patio trasero.

jpm-am

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