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El Partido Revolucionario Moderno no puede equivocarse con la escogencia de su próximo liderazgo presidencial, porque no está decidiendo solamente por un candidato, sino también definiendo qué tipo de partido quiere ser en el futuro y cuál concepción pretende representar ante el pueblo dominicano. A toda organización política le llega un momento en el que debe decidir si preserva su esencia o si termina absorbida por fuerzas ajenas a su génesis.
Ese es, precisamente, el conflicto existencial —el dilema— actual del PRM: decidir si será igual a los otros partidos.
Partiendo de aquí, razonamos que sería bueno recordarles a los dirigentes y a la militancia que el PRM no nació ideológicamente desde los sectores empresariales ni de laboratorios tecnocráticos. Su raíz histórica —para que no lo olviden— proviene de la tradición de lucha contra la opresión de la dictadura, las manifestaciones populares para mejorar la situación económica de los pobres y de la doctrina socialdemócrata que predicaba el humanista doctor José Francisco Peña Gómez.
Sin entrar, por ahora, en las razones históricas y políticas que llevaron al PRD a dar origen al PRM —tema que analizaré más adelante, de forma sucinta, en varios artículos y ensayos—, es importante no recordar que el liderazgo de Peña Gómez no se edificó sobre campañas de imagen ni estrategias digitales, sino en medio de la persecución y la represión política, del sufrimiento personal y de la identificación emocional con las grandes masas populares excluidas del país.
El Dr. Peña Gómez, por consiguiente, convirtió la política en un vínculo espiritual y sacerdotal entre el dirigente y el pueblo.
Por eso, dentro del imaginario político dominicano, el peñagomismo no representa simplemente un partido; representa una cultura política y un modo de vida que moldea el estilo y la conducta del dirigente accesible, del hombre que escucha, del líder que comparte las angustias del barrio, del enfermo, del profesional, del obrero, del trabajador agrícola, de la viuda y del huérfano; de quien entiende la pobreza porque la ha vivido o, al menos, porque observa diariamente torres con apartamentos de millones de dólares a un kilómetro de familias en casuchas hechas de trozos de zinc, con cinturones de letrinas a orillas de los ríos Ozama e Isabela, donde, desde un carro cruzando el puente, se observa la ponchera de orines lanzada al agua. Y ese mismo drama se extiende a las provincias del país.

¿Es esa la verdadera “cara del país” o, más bien, el reflejo de una deuda social generacional que este partido no puede ignorar?
La pregunta obliga a mirar más allá de la propaganda y de las campañas publicitarias. Porque, mientras se construyen avenidas, hoteles de lujo y vitrinas para el visitante extranjero, miles de ciudadanos siguen viviendo en condiciones precarias, atrapados entre salarios insuficientes, servicios deficientes y oportunidades limitadas. El contraste es el resultado de décadas de desarrollo desigual. Esa es una de las razones por las que este partido se fundó.
Esa tradición de lucha contra la miseria creó un modelo de liderazgo profundamente popular, democrático y solidario, del cual nació la consigna que hoy es un himno: “Primero la gente”, y que todavía sobrevive dentro de las bases del PRD-PRM y de un pueblo irredento.
Tú no puedes, como dirigente del PRD-PRM, olvidar esa tradición de lucha por querer hacer negocios o mantener un empleo. Porque, sin querer, entraríamos teológicamente en lo que dijo el apóstol Pablo: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe”.
Si Peña no vivió, entonces no debió nacer el PRM. Quítele a Peña Gómez al PRM, y no va a sobrevivir mucho tiempo. Y cuando digo Peña Gómez, no me refiero únicamente a la doctrina, sino también a sus sentimientos de amor, honradez, honestidad y sensibilidad por el desprovisto de riquezas materiales.
Pensar en él hoy, al recordar que se cumplió un año más de su fallecimiento en este mes de mayo, y no ver a la dirección nacional, ni a un solo comité provincial, municipal o de seccionales del exterior hacer aunque sea un breve recordatorio… es triste… Waoooo…
Y duele…
Banalidad
En este contexto de banalidad digital es que aparecen varias figuras como precandidatos del PRM; pero no vean solamente a las personas, sino lo que está detrás, lo que encarnan, lo que representan: una visión distinta al peñagomismo, en alianza con los sectores más reaccionarios del país.
Que no es la misma, ni remotamente, que la del político formado en la lucha por las masas —algo que no le vamos a pedir, pero sí exigir— desde la estructura del partido.
Sabemos que algunos de ellos representan más bien el modelo “gerencial mediático”, “corporativo”, respaldado por sectores económicos poderosos. Su perfil responde mejor al lenguaje “empresarial” y de “eficiencia” que a la vieja tradición emocional y comunitaria del peñagomismo.
Esa diferencia no es superficial; es también ideológica. Porque la política siempre ha estado dividida entre dos grandes concepciones del poder. Por un lado, la visión popular, que entiende la política como cercanía humana y representación afectiva de los sectores humildes. Y, por el otro, la visión oligárquica y administrativa, que concibe el Estado como un gestor y, asimismo, como un botín de guerra: un espacio para administrar y garantizar intereses particulares sin importar el sufrimiento ajeno.
Es bueno subrayar que, aunque ambas corrientes han coexistido en el país, nunca, nunca, pero nunca han sido iguales…
Por último, el asunto actual del PRM es que una parte importante de su militancia todavía se identifica con la primera concepción ideológica. Muchos dirigentes sienten que el partido nació para representar al pueblo llano, no para convertirse en una extensión política de un grupo empresarial tradicional.
Ahí surge el temor silencioso que comienza a crecer dentro de ciertos sectores: que el PRM termine perdiendo su identidad histórica y se convierta en un instrumento políticamente frío, alejado de las bases y dominado por intereses oligárquicos y financieros, sin sentimiento ni solidaridad, que imponga candidatos.
La historia política ofrece ejemplos suficientes sobre ese tipo de contradicción. Juan Bosch advirtió muchas veces sobre el divorcio entre las élites económicas y las aspiraciones populares. Peña Gómez también comprendía que un partido de masas no puede sobrevivir desconectado emocionalmente de su base social.
Incluso figuras conservadoras como Joaquín Balaguer entendieron que el poder en República Dominicana requiere contacto humano permanente y conocimiento profundo del comportamiento social.
Por eso, el debate actual dentro del PRM no es simplemente “quién gana las encuestas”. El verdadero debate es qué representa cada aspirante para el futuro del país y para la memoria política del partido y sus fundadores.
Porque hay candidatos que representan continuidad histórica, mientras otros representan una transformación completa del modelo político que dio origen a la organización.
Elegir un liderazgo excesivamente identificado con las élites económicas podría provocar una fractura emocional entre la cúpula y su base popular. Y cuando un partido pierde su identidad emocional, comienza lentamente su deterioro. Las organizaciones políticas no mueren solamente por perder elecciones —¿el PRD cuántas perdió?—; mueren cuando dejan de parecerse a las razones que les dieron origen.
El PRM todavía está a tiempo de reflexionar profundamente sobre eso. Porque en política no basta con “administrar” bien ni proyectar “eficiencia”. También hay que representar los sentimientos, las luchas y la memoria colectiva de un pueblo que cubrió las siglas —PRD-PRM— con su cuerpo. Y ningún partido sobrevive negando la esencia por la que nació.
No se puede traicionar lo que se construyó con sacrificio, dolor y sangre…
Continuará…
JPM
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