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Opinion

El día que Alone coronó a Manuel del Cabral

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Bajo el seudónimo de Alone, Hernán Díaz Arrieta se erigió como el árbitro indiscutible de las letras chilenas durante el siglo XX. Su pluma, capaz de validar o marginar trayectorias literarias completas, definió el gusto de una época a través de su influyente columna dominical que se publicaba en el prestigioso diario capitalino El Mercurio.

Hurgando en los archivos de mediados del siglo pasado sobre la presencia literaria y diplomática de Manuel del Cabral en Chile, resalta una exquisita crónica de Díaz Arrieta del domingo 2 de junio del año 1963. En ella, el crítico chileno narra lo siguiente:

Manuel del Cabral (1907-1999).

“Pocos países podrían en un buen momento histórico, darse el lujo de la República Dominicana cuyo Presidente, don Juan Bosch  -autor, entre muchos libros notables, de La Muchacha de la Guaira- nos ha distinguido enviándonos como Encargado de Negocios a Manuel del Cabral, puesto entre los “Cuatro Grandes Poetas de América” en un volumen editado el año 1959, junto a Rubén Darío, Vallejo y Neruda, y que trae comentarios de Unamuno, Gabriela Mistral, Mariátegui Y García Lorca”.

Los merecidos elogios y reconocimientos que ese día hace el Sr. Alone, certifican la estatura y madurez de la pluma del poeta dominicano. En su análisis, hace referencia acertada de la Antología Clave, editada por Losada (1930-1956), además de la obra Cabral y Vallejo, antología de  los dos grandes poetas americanos, con estudios de Ernesto A. Morales y Alfredo Cardona Peña (Buenos Aires, 1960).

Hernán Díaz Arrieta

Con gran tino, Alone se hace a un lado en su crónica para elevar las palabras que don Gerardo Diego, destacado poeta y crítico español, dedicara al dominicano:

“Manuel del Cabral, en cuya voz, fundida a la temperatura de alto horno del hombre nuevo, parecen haberse dado cita todos los hombres de América, el Continente que se descubre día a día en la imaginación exploradora del espíritu…”

Entre otras tantas manifestaciones de admiración para el flamante diplomático que recién llegaba a Chile, Hernán Díaz Arrieta, concluía diciendo: “Sería demasiado largo el capítulo de los amores, los ardores, el frenesí y la poesía de este poeta, Encargado de los Negocios de la República Dominicana en Chile. Será para otra vez”.

Sin embargo, esa promesa de dedicar un capítulo más extenso a la obra de Cabral quedaría suspendida en el tiempo por los ruidos de la historia. Apenas meses después  de que estas líneas fueran impresas, el golpe de Estado contra el gobierno de Juan Bosch en septiembre del 1963 obligaría a Manuel del Cabral a un gesto de coherencia superior: su renuncia inmediata al cargo.

Al final, la “imaginación exploradora” que Alone celebró en junio de aquel año no residía únicamente en los versos del dominicano, sino en su inquebrantable compromiso con la dignidad democrática. Cabral se marchaba de la legación, pero se quedaba para siempre en el canon de las letras americanas, validado por la pluma del crítico  más exigente de su tiempo.

jpm-am

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