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Opinion

Potencia que solo produce guerra no puede subsistir

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Hay imperios que nacen con una vocación civilizadora, otros con una misión espiritual o cultural. Pero hay uno que se construyó —y se sostuvo— con la guerra como columna vertebral, como negocio, como narrativa y como obsesión: Estados Unidos.

EE.UU. desde su fundación, ha sustituido la diplomacia por la amenaza, la cooperación por la intervención, y la producción nacional por la industria armamentista.

Hoy, cuando el mundo transita hacia una nueva arquitectura multipolar, la nación que enarboló la libertad como estandarte se encuentra atrapada en una contradicción mortal: se ha convertido en una fábrica de guerras, desmontado su capacidad productiva siendo incapaz de producir siquiera lo esencial para su propia subsistencia. Mientras construye portaaviones, importa jeringuillas. Mientras diseña misiles hipersónicos, no fabrica sus medicamentos.

Este artículo no busca una provocación gratuita, sino una radiografía moral, política y económica de un modelo imperial que se descompone desde adentro. Un imperio que exporta guerras e importa productos básicos es una paradoja destinada al colapso.

La historia no perdona a los imperios sin alma.

La génesis

Estados Unidos no fue simplemente una república emergente, sino un proyecto fundacional marcado por la conquista, la expulsión de pueblos originarios y la guerra como mecanismo de expansión.

Desde la Guerra de Independencia hasta la anexión de Texas, California y otras tierras arrebatadas a México, compra de Alaska e isla en el Pacifico usando la fuerza bélica o financiera como recurso legítimo para abrazar cada territorio que luego convirtió en su derecho sagrado. Sumo “La Doctrina Monroe de 1823” no como manifiesto de soberanía continental, sino como advertencia imperial a Europa: América es para los estadounidenses. A partir de allí, el intervencionismo se transformó en costumbre.

La ocupación de Cuba, Puerto Rico, Panamá, Nicaragua, Haití, República Dominicana, etc… demostró que la guerra era parte de la respiración geopolítica del nuevo imperio.

La Segunda Guerra Mundial solo consolidó ese patrón. Mientras Europa se desangraba, Estados Unidos se fortalecía, convirtiendo la destrucción ajena en oportunidad industrial y hegemonía moral. Pero una vez finalizada la contienda, no desmontó su maquinaria bélica: la extendió. Así nació el complejo militar-industrial, la verdadera médula del poder estadounidense.

La guerra como motor

En Estados Unidos, la guerra no es un fracaso: es un negocio. La nación invierte anualmente más en su presupuesto militar que las siguientes diez potencias combinadas. Desde Boeing hasta Lockheed Martin, los grandes contratistas viven de la guerra, y tienen el poder de influir en elecciones, en congresistas y en la narrativa mediática.

Hollywood ha hecho su parte: ha embellecido la guerra, ha convertido al soldado estadounidense en héroe universal y ha transformado los bombardeos en entretenimiento. Los videojuegos siguen la misma lógica: el enemigo es difuso, lejano, muchas veces racializado; pero el americano, armado hasta los dientes, es siempre el salvador.

Esta glorificación de la violencia tiene un precio. Mientras se invierten billones en tecnología bélica, millones de ciudadanos carecen de acceso digno a salud, educación o vivienda. El país que predica libertad ha sido secuestrado por una economía basada en el miedo y la destrucción.

Guerra perpetua

Vietnam fue el primer espejo roto. Estados Unidos no pudo ganar, no pudo convencer, y no pudo reconstruir. Aun así, persistió en la guerra como solución. Irak fue invadido con mentiras, Afganistán estuvo ocupado durante veinte años sin victoria ni estabilidad. En Libia destruyeron el Estado. En Siria apoyaron bandos contradictorios.

Pero hoy, Washington financia la guerra en Ucrania como antes lo hizo con los muyahidines en Afganistán: por intereses estratégicos, no por principios. Rusia y China son los nuevos enemigos necesarios para mantener el negocio vivo. Se fabrican conflictos, se prolongan guerras, se evitan las salidas diplomáticas.

No se trata de defender al mundo libre. Se trata de sostener una maquinaria que no sabe funcionar sin enemigos. El imperialismo del siglo XXI se viste de derechos humanos, pero sigue oliendo a petróleo, armas y deudas.

El precio interno

Cada misil lanzado en Medio Oriente es un hospital que no se construye en Detroit. Cada intervención en África es un aula cerrada en Mississippi. La guerra tiene consecuencias internas que se niegan, pero que gritan desde las estadísticas: millones de veteranos con traumas, adicciones, suicidios y millones durmiendo en las calles.

La violencia interna refleja la violencia exterior. Estados Unidos es el único país desarrollado donde las armas circulan como caramelos, donde las masacres escolares son comunes, y donde la muerte por bala supera a muchas causas naturales. El país exporta guerras y vive atrapado en su propia guerra civil emocional.

La desigualdad, el racismo estructural, la polarización política y el colapso de confianza en las instituciones son síntomas de un sistema que ha priorizado el conflicto sobre el consenso, la fuerza sobre la justicia.

Potencia que no fabrica

Mientras expandía su poderío militar, Estados Unidos desmanteló su aparato productivo. En nombre del libre comercio, envió sus fábricas a Asia. Lo que antes se producía en Ohio y Michigan ahora se importa de China, Vietnam o India.

Hoy el país depende del extranjero para medicamentos, acero, fertilizantes, textiles, calzado, ropas, perfume, juguetes, bicicletas, alimentos procesados, etcétera. No puede garantizar su autosuficiencia ni siquiera en tiempos de crisis.

La pandemia expuso esta fragilidad con brutal claridad.

¿Cómo sostener un imperio que no produce sus herramientas, sus alimentos, ni sus medicinas?

Un imperio que externaliza todo salvo la guerra es una estructura hueca, una fachada militar con pies de barro.

Un imperio sin moral

La autoridad moral de Estados Unidos se ha erosionado. Las palabras “libertad” y “democracia” ya no conmueven a muchos pueblos del mundo, que ven en sus intervenciones solo destrucción y caos.

El mundo avanza hacia una nueva configuración donde potencias emergentes —China, Rusia, India, Brasil, Sudáfrica— demandan un orden más justo, más equilibrado. El dominio unilateral se desvanece.

Y mientras el mundo multipolar nace, Estados Unidos insiste en un modelo agotado. Pero los imperios no caen de golpe: se desgastan. La decadencia no es una explosión, es una descomposición progresiva, casi imperceptible. Y ya comenzó.

Conclusión

Estados Unidos es una potencia que eligió producir guerras en vez de pan, misiles en vez de medicinas, enemigos en vez de aliados. Una nación que ha hecho de la destrucción su principal exportación, y está inevitablemente, construyendo su propia ruina.

¿Porque si no hay guerra de qué vivirá ?

No se trata solo de geopolítica. Se trata de humanidad.

Ningún imperio puede subsistir eternamente si ha perdido el alma, la moral y la capacidad de cuidar de los suyos. Y eso es, precisamente, lo que Estados Unidos ha dejado atrás en su obsesión por mantener la guerra y dominar el mundo.

Es por ello que los ciudadanos sensatos tenemos que trabajar por la paz. Dado que por las arterias de la élite —enferma— solo corren dinero y guerra.

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