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Opinion

Crepúsculo de un amigo sancristobero

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Conocí a mi amigo Fello en el umbral de 1958, al iniciar el cuarto año de la instrucción primaria. Ambos compartíamos el aula en una escuela que entonces ostentaba el nombre de Presidente Trujillo, como casi todo en aquel país bajo sombra.

Había llegado él recientemente a San Cristóbal, hijo único de una mujer humilde pero de espíritu inquebrantable. La geografía de nuestras vidas coincidía en la misma calle, apenas separados por cien metros, lo que convertía el regreso a casa tras las clases en un rito cotidiano de complicidad y pasos compartidos

Inquietudes tempranas y el destino esquivo

En aquel trayecto, nuestras conversaciones abarcaban el universo entero. A menudo, Fello exponía temas que desbordaban mi entendimiento de niño; era un lector asiduo de la «Revista de Sexología Luz», ejemplares que obtenía mediante la intercesión de adultos. Aquella precoz curiosidad por los laberintos de la psique me llevó a vaticinar que su destino estaría en la psicología o en la terapia matrimonial.

Y el presagio no carecía de fundamento. Tras graduarse de médico, partió hacia España para especializarse en psiquiatría. Sin embargo, el retorno fue prematuro: sus maestros le sugirieron cambiar de rumbo, pues Fello poseía una empatía tan honda que terminaba habitando el padecimiento de sus pacientes. Le advirtieron que para ser un buen psiquiatra debía erigir una muralla emocional, algo que su sensibilidad no pudo superar.

El escenario y la historia compartida

Rafael Herrera Morillo, izquierda, y el autor: 2015

Al finalizar el sexto curso, el destino nos unió en las tablas de un drama escolar. Fello encarnó su personaje con una naturalidad y soltura asombrosas. Esta faceta actoral se repetiría en el segundo año de bachillerato, donde solo él y yo regresamos al escenario. Recuerdo vivamente la estampa histórica: él interpretaba a Nicolás de Ovando y yo a Caonabo; Olguita Domínguez prestaba su gracia a Anacaona y el recordado Javier Darío García Jáquez vestía los hábitos del Padre Las Casas.

El ardor patriótico y la fragua del carácter

Hacia el ocaso del séptimo curso, el tiranicidio sacudió los cimientos del país. Fello, movido por un ardor patriótico que ignoraba su minoría de edad, se enroló en el Movimiento 1J4. Junto a otros compañeros, como Moncito, se congregaban en el Parque Piedras Vivas; allí, el clamor de los pitos y las güiras exigía una «Navidad con Libertad».

Aquel fervor político alarmó a su madre, pues las consignas ganaban terreno a los deberes académicos. Ante el reproche materno, Fello, herido en su orgullo juvenil, emprendió una huida silenciosa hacia la capital por la antigua y angosta Carretera Sánchez. A mitad del camino, el azar quiso que un chofer de San Cristóbal lo reconociera, devolviéndolo al regazo del hogar.

Soldado de la revolución y líder estudiantil

Cursábamos el tercer año de bachillerato cuando estalló la gesta de Abril de 1965. Con apenas diecisiete años, Fello fue de los primeros en acudir a Ciudad Nueva para inscribir su nombre como soldado constitucionalista.

Aún se evoca aquella hazaña donde, con temple de veterano, detuvo a dos soldados norteamericanos que se habían adentrado por error en la zona constitucionalista a través de la avenida Bolívar. Bajo su custodia, los condujo con todo y su vehículo hasta el edificio Copelo, sede del gobierno del coronel Francisco Caamaño Deñó.

Años después, ya en las aulas de la Escuela de Medicina de la UASD, cuando el eco trágico de la matanza de Tlatelolco sacudió el continente en 1968, Fello lideró la indignación estudiantil. Encabezó una marcha desde el campus hasta la Embajada de México, situada entonces frente al antiguo zoológico. Armados de piedras y justa rabia, arremetieron contra la estructura de cristales de la sede diplomática de tal forma que la misión se vio obligada a mudarse de recinto.

Luces y sombras: familia y ejercicio profesional

El amor también llegó temprano; se casó con Rosa, su novia de los años universitarios. El fruto de aquella unión fueron dos hijos, pero el matrimonio resultó ser un puerto transitorio, desmoronándose ante las primeras dificultades de la vida adulta. Nunca indagué en las razones de su separación, pero intuí que la inmadurez de los amores juveniles suele resquebrajarse ante los primeros embates de la realidad, desmoronando el ideal de una eternidad compartida.

Consagró su carrera a la Salud Pública, sirviendo en el Estado y en el Seguro Social hasta su jubilación. No obstante, en sus años de ímpetu, fundó una clínica en un sector popular de la capital. El proyecto sucumbió a la quiebra: Fello poseía una nobleza tal que nunca aprendió el arte de cobrar a los enfermos.

El crepúsculo de una mente brillante

Nuestra comunicación fue un puente inquebrantable, incluso durante los doce años que pasé formándome en México. A principios de este año, me confesó el diagnóstico de su destino: el Alzheimer empezaba a desdibujar sus días.

En las llamadas posteriores, su voz se tornó un murmullo pausado y gris, cargado de una nota de derrota. Finalmente, recibí la noticia de su ingreso en una residencia geriátrica.

El encuentro con el silencio

Una tarde reciente acudí a visitarlo. Lo encontré con la mirada náufraga, perdida en el horizonte.

Toqué su hombro izquierdo y su saludo fue un acto reflejo, un eco sin consciencia de quién tenía enfrente. Permanecí a su lado más de una hora, observando su titánico pero infructuoso esfuerzo por rescatar mi imagen de las sombras de su memoria. Intentó aferrarse a mi voz, a mis relatos, pero el reconocimiento nunca llegó. Le pregunté por viejos compañeros y vi cómo intentaba detener las imágenes que huían de su mente, pero la neblina era ya demasiado espesa.

Resulta incomprensible cómo una mente tan brillante, capaz de publicar tres novelas de notable imaginación, pueda hoy ser incapaz de descifrar la realidad inmediata. Aquella voz rotunda hoy solo produce balbuceos.

Una lealtad más allá del olvido

La vida, en su misterio, suele ser cruel os reserva estaciones de una injusticia inmerecida. Desconozco cuánto tiempo más caminará Fello Herrera Morillo por este mundo, o cuál de los dos cruzará primero el umbral definitivo. Pero mientras mis fuerzas lo permitan, lo buscaré en cualquier rincón donde el destino lo ubique.

Porque la amistad verdadera, esa que se forja en el tiempo y se prueba en la adversidad, está muy por encima de las sombras de la mente; ella no se marchita, ni conoce el olvido.

JPM

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