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Opinion

Drenaje pluvial y sanitario: obra que nadie quiere hacer

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Cada vez que llueve en Santo Domingo, la ciudad colapsa. Calles convertidas en ríos, vehículos varados, viviendas anegadas, tránsito paralizado. La escena se repite una y otra vez, como si fuera un fenómeno inevitable. Pero no lo es.

Es la consecuencia directa de una rezago histórico, la ausencia de un sistema moderno y eficiente de drenaje pluvial y sanitario en la ciudad capital.

Y lo más preocupante no es solo el rezago acumulado. Es que no se vislumbra, con la firmeza que la situación exige, una decisión para resolverlo.

Una ciudad que creció sin drenaje. Santo Domingo ha experimentado un crecimiento urbano acelerado durante décadas, muchas veces sin planificación adecuada.

Se han construido avenidas, elevados, túneles, torres empresariales y familiares y múltiples proyectos habitacionales.

Sin embargo, debajo de esa ciudad visible, la infraestructura esencial, el drenaje pluvial y sanitario, ha quedado rezagada.

El resultado es una capital moderna en apariencia, pero vulnerable en su funcionamiento.

El problema consiste en que un sistema de drenaje pluvial no se ve, un colector sanitario no se exhibe y una red subterránea no genera titulares.

Mientras se priorizan obras visibles que pueden inaugurarse y exhibirse, las inversiones estructurales, complejas y costosas —como el drenaje urbano— siguen postergándose.

No porque no se conozca el problema. Sino porque no genera rentabilidad política inmediata.

Lo preocupante es que este patrón no es exclusivo de un gobierno. Es un modelo que se ha repetido históricamente en distintos países y administraciones.

En América Latina, y la República Dominicana no es la excepción, existe una lógica silenciosa que ha guiado durante décadas la inversión pública. Se invierte en lo que se ve, mientras se posterga lo que realmente sostiene el desarrollo.

Es la política del aplauso inmediato frente a la obra invisible pero útil.

El costo de la inacción

Cada inundación en Santo Domingo tiene un costo, pérdidas económicas millonarias, deterioro de la infraestructura vial, afectación al comercio y al transporte y riesgos sanitarios por aguas contaminadas.

Y el otro costo es, el mayor de todos, que nos hemos acostumbrado a que la ciudad se inunde, a que llover sea sinónimo de caos, y eso contribuye a anular la presión social para exigir soluciones definitivas.

El asunto no es que ahora llueva más que antes o que el cambio climático lo haya trastocado todo, lo cual es verdad. Pero el problema real y lamentable a que tenemos que enfrentarnos es que la ciudad no está preparada para manejar el agua.

Un sistema adecuado de drenaje pluvial capta, canaliza y evacua el agua de lluvia eficientemente. Sin él, cualquier evento climático —incluso moderado— puede generar inundaciones.

Lo mismo ocurre con el drenaje sanitario, su rezago en construirlo implica contaminación de ríos, filtraciones a los depósitos de agua potable en las ciudades y riesgos a la salud pública.

Si hay una obra verdaderamente transformadora para Santo Domingo, no es un elevado ni una avenida adicional, es la construcción de un sistema integral de drenaje pluvial y sanitario.

La obra es costosa, compleja y de largo plazo, pero absolutamente necesaria e impostergable.

La pregunta clave es: ¿Existe la voluntad real de acometer esta obra?

¿Se está planificando con la urgencia que el problema requiere?

¿O seguiremos reaccionando cada vez que la ciudad se inunde?

Santo Domingo no necesita más explicaciones. Necesita soluciones. La capital no puede seguir siendo una ciudad que colapsa cada vez que llueve.

Porque el verdadero desarrollo no se mide por lo que se ve en la superficie,

sino por lo que funciona debajo de ella y por el bienestar de su gente.

jpm-am

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