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Hay oficios que no exigen resultados. Uno es el de profeta del colapso estadounidense: cada generación tiene los suyos, con el mismo guion y la misma certeza, y todos se han equivocado con idéntico aplomo. Lo llamativo no es el error, sino que nadie les cobre factura.
Los vaticinadores del colapso estadounidense cambian de argumento con cada crisis, pero jamás de conclusión. Y cuando la realidad no coopera, algunos llegan a negar hasta la Luna.
Un disco rayado que se repite desde 1957
Con el Sputnik, la supremacía estadounidense estaba supuestamente sentenciada. En los setenta, Vietnam, Watergate y la crisis petrolera anunciaban el “ocaso americano”. En los ochenta, Japón iba a comprarse el planeta, y Paul Kennedy hablaba de “sobreextensión imperial”. El que se desplomó fue el rival soviético, no Washington. En 2008 tocó anunciar la muerte del dólar. Hoy el turno es de China y los BRICS.
El método no cambia: se toma una debilidad real, se la infla hasta volverla destino y se ignora todo lo demás.

Lo que el panfleto no cuenta
Ser potencia se mide por capacidad, no por simpatía, y la estadounidense sigue siendo abrumadora. El dólar domina las reservas, el comercio de materias primas y los pagos globales. La inteligencia artificial, los semiconductores avanzados y la nube salen en buena medida de su ecosistema. Ningún otro país proyecta fuerza en todos los océanos a la vez. Y de importador vulnerable de energía pasó a ser uno de los mayores productores de petróleo y gas del mundo. Quien niega esto no hace análisis, hace catarsis.
Detrás de la profecía hay un deseo
El profeta del colapso rara vez es un observador neutral. A veces es el resentido ideológico, otras el vendedor de contenido que sabe que “EE.UU. se hunde” genera más clics, y otras el defensor de regímenes autoritarios que necesita creer que su modelo es el futuro. Confunden lo que quisieran que ocurriera con lo que ocurre.
Del declive a la Luna
El colmo llegó cuando el fanatismo dejó de conformarse con vaticinar la caída y empezó a negar los logros: si la potencia no se desploma, su hazaña tiene que ser mentira. Así se alimentó la fábula de que el hombre nunca pisó la Luna. El mito nació en suelo estadounidense, pero el antiamericanismo lo hizo bandera.
La evidencia no deja resquicio. La Unión Soviética, con todos los incentivos para desenmascarar un fraude, siguió las misiones y nunca las cuestionó. Las misiones Apolo trajeron unos 382 kilogramos de material lunar que laboratorios de varios países estudian desde hace décadas. Los reflectores dejados por los astronautas aún se usan para medir con láser la distancia a la Luna. Y sondas posteriores, incluida la india Chandrayaan-2, han fotografiado los sitios de alunizaje. Quien necesita creer en el teatro no defiende la verdad, defiende su antipatía.
Pero sin panegíricos
Estados Unidos arrastra problemas reales: deuda descomunal, polarización paralizante, infraestructura envejecida, desigualdad creciente y desconfianza en sus instituciones. Pero un problema no es una sentencia. Lo que distingue históricamente a Estados Unidos, es su capacidad de corrección: crisis tras crisis, ha reformado y absorbido el golpe.
La lección para nosotros
En República Dominicana y la región importamos relatos masticados: el del imperio omnipotente o el del gigante de barro a punto de caer. Ambos eximen de pensar. La pregunta útil no es cuándo cae Estados Unidos, sino qué hacemos nosotros en un mundo donde seguirá pesando enormemente, aunque otros poderes crezcan a su lado y a pesar de los deseos frustrados de los profetas del ocaso.
En fin, los profetas del colapso seguirán corriendo la fecha con cada crisis, y los que niegan la Luna seguirán diciendo que el piso es de cartón. A unos y a otros hay que responderles igual: con hechos, con paciencia y sin concesiones. Ya es hora de preguntarles cuántas veces pueden equivocarse antes de dejar de ser tomados en serio…
¡Atención articulistas desinformadores y frenéticamente anti Yankis! ¡Tomen nota!
JPM
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