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Opinion

Abinader y las diferencias con sus antecesores

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Durante 27 años ininterrumpidos cubrí la fuente presidencial para el periódico Hoy, básicamente desde 1982 hasta parte de 2009. Esa experiencia me permitió conocer de cerca el comportamiento de Salvador Jorge Blanco, Joaquín Balaguer, Leonel Fernández e Hipólito Mejía, y observar posteriormente parte del ejercicio de Danilo Medina.

Podría escribir extensamente sobre la conducta personal de cada uno, sus temperamentos y la forma en que enfrentaron las responsabilidades del poder. Sin embargo, el interés de esta columna no es evaluar integralmente sus gobiernos, sino comparar sus respectivos estilos de ejercer la Presidencia con la intensa y particular agenda desarrollada por el actual mandatario, Luis Abinader.

Se dice que cada gobernante llega con su propio librito, aunque en República Dominicana ese manual parece guardarse en una gaveta del despacho presidencial para desempolvarlo según las conveniencias políticas del momento. Lo evidente es que existen diferencias notables entre la manera en que cada uno ha desempeñado sus funciones.

Jorge Blanco

Llegué al Palacio Nacional en agosto de 1982, coincidiendo con el inicio del gobierno de Salvador Jorge Blanco. Era un mandatario sobrio, de hablar pausado, que desde el principio mostró interés en mantener una relación cercana y respetuosa con los periodistas asignados a la fuente.

Llegaba temprano a sus oficinas, que trasladó del segundo al tercer piso del Palacio Nacional. Sus actividades fuera de la casa de gobierno estaban previamente programadas y concentraba buena parte de su trabajo en el despacho. Realizó numerosos viajes internacionales, pero estos respondían, generalmente, a una agenda oficial claramente definida.

Luis Abinader

Balaguer

Joaquín Balaguer encarnó un ejercicio mucho más formal de la Presidencia. Era, en el sentido clásico, un hombre de Estado, extremadamente cuidadoso del simbolismo y la solemnidad del poder. Sus principales salidas del Palacio estaban vinculadas con el inicio o la inauguración de obras públicas. Sus viajes al exterior fueron muy contados.

Leonel Fernández mantuvo, en buena medida, ese estilo institucional y protocolar. Fue un presidente muy apegado a los cánones oficiales, aunque impuso récords en materia de viajes internacionales. Su agenda interior podía resultar un poco más elástica, pero conservó siempre una imagen de formalidad y un ejercicio del poder ajustado al protocolo de Estado.

Mejía

Hipólito Mejía rompió significativamente con esa tradición. Entre los periodistas comentábamos que Hipólito no se sentaba en su despacho. Recuerdo que, en una ocasión, cerca del mediodía, entré a su oficina y todo permanecía rigurosamente organizado: los documentos estaban cuidadosamente colocados y los periódicos parecían no haber sido tocados.

Cuando salía de su casa nunca existía absoluta certeza de que se dirigiera al Palacio Nacional. Podía aparecer en cualquier lugar, participando en actividades que, en algunos casos, tenían poco que ver con el ejercicio formal de la Presidencia, incluido un juego de dominó. Ese comportamiento reflejaba su personalidad espontánea, informal e impredecible.

Luis Abinader guarda cierto parecido con Hipólito Mejía en su resistencia a permanecer detrás del escritorio, pero existen diferencias fundamentales. Abinader desarrolla una agenda intensa, planificada y políticamente calculada. Está en las calles de domingo a domingo, inaugurando obras, encabezando reuniones, anunciando inversiones, supervisando proyectos y trasladándose constantemente por todo el país.

Ese dinamismo tiene aspectos positivos. Un presidente activo puede conocer directamente los problemas, presionar a sus funcionarios y transmitir una sensación de cercanía. Abinader no proyecta la imagen de un gobernante aislado en el Palacio Nacional. Su presencia frecuente en las comunidades también contribuye a colocar determinados problemas en el centro de la atención pública.

Pero su agenda no es solamente trabajo. Es también una herramienta de comunicación, promoción y posicionamiento político. Tiene una naturaleza populista y mediática, concebida para mantener al presidente como figura central de la vida nacional.

No es casual que la popularidad personal de Abinader se mantenga generalmente por encima de la valoración de su gobierno. Esa diferencia demuestra que su estrategia ha resultado eficaz para preservar su imagen, incluso cuando la población cuestiona servicios públicos, seguridad, costo de la vida, apagones, tránsito o calidad del gasto.

Abinader no será candidato nuevamente, pero parece decidido a dejar abonado el terreno para quien finalmente lo sustituya como opción presidencial del oficialismo. Por eso exhibe ahora un activismo y una presencia en las calles que, en ocasiones, superan los de su primer período.

Gobernar exige cercanía, pero también resultados. Una agenda repleta puede proyectar eficiencia, aunque no necesariamente garantiza que los problemas estén siendo solucionados. Al final, la historia no juzga a los presidentes por la cantidad de kilómetros recorridos, actos encabezados o promesas anunciadas, sino por las transformaciones reales que dejaron al concluir su mandato.

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